miércoles, 16 de abril de 2014

CAPITULO 45



Me la pongo sobre mi suéter y la camiseta más o menos me traga. Es cómoda aunque me siento menos… informal en ella. Una voz suena por el altavoz, haciéndome saltar ligeramente.
―Señoras y señores, la última pelea de esta noche está a punto de comenzar. ―Un escalofrío rueda por mi espina dorsal.a MMAC, procedente de Seattle, Washington, ¡Pedro Aaallfonsooooo!  
En el momento justo, la multitud se pone de pie y mis oídos golpean mientras sus gritos rasgan alrededor de la arena. Me las arreglo para mantenerme en mi asiento, pero no ayuda con la corriente eléctrica que fluye a través de mí. Mi corazón se acelera, bombeando sangre de forma demasiado rápida. Mi cabeza gira un poco y no estoy segura, si es miedo o adrenalina. No puedo verlo, pero a través de los altavoces, escucho su canción tocando. Nunca la he oído antes… Cierro los ojos y trato de escucharla por encima del ruido.


Nunca he temido a la muerte o morir 
Sólo temo nunca tratar
Yo soy lo que soy,
Sólo Dios puede juzgarme, ahora
        Una oportunidad, todo comienza esta noche Incluso si consigo tres strikes
Voy a ir por ello
Este momento, nos pertenece
Y no soy con quien jugar
Porque puede ser peligroso
Ver a estas personas con las que ando
Este momento, nos pertenece


Puedo sentir una pequeña sonrisa en los labios por su canción de introducción. Es un tipo de canción tan Pedro. Abro los ojos mientras Pedro rodea la esquina. Todo el calor de mi cuerpo parece estar moviéndose al sur y aprieto mis muslos juntos, el deseo flota. Su sudadera con capucha negra cubre la mayor parte de su rostro, pero puedo ver sus labios carnosos que sobresalen ligeramente debido a su protector bucal. Su sudadera con capucha descansa abierta sobre su pecho, dejando al descubierto esa deliciosa sección media y los guantes negros que no cubren el final de sus dedos adornan sus manos. Flexiona sus dedos a su lado y cada vez que se aprietan, también lo hace mi sexo. Damian y otros tres del equipo de Pedro lo siguen hasta la puerta de la jaula, pero sólo Damian pasa dentro con Pedro. Pedro se quita la sudadera con capucha de un tirón, exponiendo toda la fuerza de sus músculos y noto que el tatuaje a través de su cadera dice: "Si puedes atravesar la noche hay un día más brillante".  
Interesante.

CAPITULO 44



Me hundo más bajo en mi silla usando una mano para escudar mi cara y la otra está curvada en mi estómago. Delante de mí dos hombres están peleando. Oigo puños chocando contra carne y oigo los combatientes jadear mientras el viento se ve forzado de sus pulmones. El olor salado del sudor y la esencia cobriza de la sangre me envuelve. No sé cuánto tiempo más podré sentarme aquí. Esta es la tercera pelea por la que me he sentado. Vanesa desapareció de su asiento un rato para ir en busca de un carro de botanas, Dios sabe cómo puede comer en estos momentos. Mi estómago está amenazando con vomitar la tostada de jamón y queso que tuve para la cena. La adrenalina, así como miedo,desgarran por mis venas cada vez que oigo la piel conectar con piel. A mi alrededor, la multitud se enloquece, pidiendo más. La tribuna tiembla bajo mis pies y la  multitud ruge. Por curiosidad, me asomo a través de mis dedos. El árbitro, con el traje negro completo, empuja la mano del ganador en el aire.
―¡El ganador de este combate, damas y caballeros, Dominic Russeeeeelllllll!  
Mientras la multitud grita, miro hacia el perdedor, aunque víctima parece más apropiado. Está fuera de combate. Su ojo izquierdo está cerrado por la hinchazón y la sangre brota de su frente, irritando más sus ojos.
Incluso estando golpeado la decepción es evidente en su rostro. Sus ojos revolotean abiertos y con inquietud tira de él mismo para descansar sobre sus rodillas y el personal médico llega para revisarlo. Una bola de algodón grande en un palo es presionada contra la frente para detener el flujo y me encojo mientras mis costillas aprietan mi corazón. El combate de Pedro es el próximo… ¿y si termina con él en el piso? El pensamiento por sí solo es suficiente para enviar mis nervios ya hechos polvo a través del techo. Esto es malo. A mi lado, papá está de pie, gritando y saltando. Mi silla de plástico vibra mientras pisotea en su lugar.
―Pedro es el siguiente. ―Él me sonríe
La sonrisa que le doy se siente falsa. Ojalá pudiera estar tan emocionada como papá… pero no lo estoy. Tengo miedo. Miro al ganador,Dominic Russell, dar una entrevista. Su calva cabeza se adapta a su rostro fuerte,angular y hay una sombra de barba de tres días a lo largo de la línea de su mandíbula cincelada. Pasa la parte de atrás de su mano a través de la ligera capa de sudor que brilla en su frente. Las marcadas líneas gruesas y negras de su tatuaje de dragón se envuelven alrededor de su bíceps abultado y se contraen mientras clava sus puños en el aire en la celebración. Él me molesta y no tengo ni idea de por qué. A juzgar su apariencia y la forma en que se comporta, voy a suponer que es arrogante y orgulloso, pero es sólo para enmascarar su propio trauma como Pedro. Tal vez todos los combatientes tienen una historia triste que los fuerza a luchar. Una tela oscura abarca mi vista. Tiro de ella lejos y miro a Vanesa que se sienta en el asiento de al lado. ―Te traje algo. ―Ella mete un hot dog en su boca y una gota de salsa cátsup se derrama sobre el borde y en su vestido blanco. Ella boquea hacia mí con los ojos muy abiertos, como si fuera mi culpa―. ¡Este es blanco ―resopla―. Nunca voy a conseguir sacar esto. Me entrega el hot dog y lo sostengo lejos de mí. La última cosa que quiero es conseguirlo en mi suéter limpio. De su bolso, saca otro pedazo negro de tela y tira de ella sobre su cabeza. Es una camiseta, una grande. Cubre todo el vestido y “PEDRO” está impreso en grandes letras blancas a través del centro. Toma su hot dog de regreso.  
―Te conseguí una. Sólo tenían grandes. Abro la camisa en frente de mí y no puedo pretender que no me encanta. ―Póntela ―dice papá, animándome.



CAPITULO 43




Mientras salen, mis ojos permanecen en Pedro y donde han estado desde que entré en la habitación. Su enorme cuerpo se desliza fuera de la mesa y él sacude sus brazos y tira la cabeza hacia cada lado. Trato de no mirar, o babear, por los músculos entre sus hombros y su cuello.
―Damian dijo que me necesitas… ―Mi voz es tranquila y segura. Toda esta situación definitivamente me ha puesto fuera de mi zona de confort. La multitud y la pelea… simplemente no es mi tipo de lugar.
―Lo hago. ―La forma en que su lengua se envuelve alrededor de las palabras hacen que el vello en la parte de atrás de mi cuello se levante.
Es íntimo… es tan íntimo y me hace querer cerrar los ojos. A medida que se para más cerca, mi corazón se abre camino en mi garganta y mis pulmones han disminuido en tamaño, haciendo la respiración más difícil. Él se ve intenso e intimidante con la cabeza inclinada hacia abajo hacia mí. No hay líneas profundas o frustración notable en sus rasgos, pero su respiración es irregular.
―No estaba seguro de si ibas a venir.  
Mis húmedos dedos se encuentran y los tuerzo juntos en un jugueteo nervioso.  
―Dije que vendría así que aquí estoy.  
―¿Damian te hablo de mí?  
Él se está refiriendo a la ansiedad "leve". La rigidez supera la parte de atrás de mi cuello mientras me doy cuenta de que podría estar entrometiéndome. Me las arreglé para asentir. Pedro cierra los ojos y toma mis manos entre las suyas. Mis manos se sienten pequeñas en comparación con las suyas grandes y callosas. Las envuelve alrededor de su cuello y eleva su cabeza hacia el techo. Su piel está caliente, haciendo que mi sangre hierva.
Sus manos encuentran mis caderas y su respiración se ralentiza. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué es esto exactamente? Baja la cabeza y abre los ojos. Ellos buscan los míos y sé que está haciéndose las mismas preguntas. Sé que debería alejarme ahora, pero estoy absolutamente impotente frente a él. Es como si tan pronto como me mira, o me toca fuera envuelta en un hechizo…y extrañamente, quiero estarlo. “Si te lastimas, está en ti. No en mí". Sus palabras fluyen a través de mi mente y alejo mis manos. Sus cejas se entretejen juntas y doy un paso atrás justo cuando se abre la puerta.
De mala gana, Pedro arrastra su mirada lejos de mí.
―Tiempo de calentarte, amigo ―le informa Damian. Cierra la puerta y nos quedamos solos otra vez.
―Debería irme… ―Me aparto de él, sintiendo sus ojos en la parte posterior de mi cabeza.
―¿Estás lista? ―Él me llama y puedo oír su habitual tono seguro de regreso.
Lo enfrento.  
―¿Para qué?  
Los labios de Pedro se sacuden en las esquinas antes de curvarse en una sonrisa por completo. Todos los rastros de la relación extrañamente íntima que acabamos de compartir, se fueron, sustituidos por su actitud arrogante.  
―Para el viaje de tu vida.  
Me burlo de él y abro la puerta.
―Buena suerte ―digo por encima de mi hombro.

CAPITULO 42



Ella se mueve a mi asiento para hacerle compañía mientras la mano de Damian se envuelve alrededor de mi muñeca y me guía fuera de la plataforma, por el pasillo y por cuatro guardias de seguridad que no había notado cuando entré.
―Ella está con Pedro ―dice Damian, mostrando su pase “backstage”. Los guardias se separan como el mar rojo para dejarnos pasar. Él tira de mí a través de dos grandes puertas dobles blancas y suelta mi brazo.
―Pedro está teniendo un poco de problemas… ―La voz de Damian rebota en las paredes del amplio pasillo central. Es mucho más tranquilo aquí―. No sé si lo sabes, pero sufre de ansiedad leve. Normalmente, le doy una bolsa de boxeo y trabaja a través de ella de esa manera, pero últimamente parece que prefiere otro método.  
¿Pedro tiene ansiedad? Nunca hubiera imaginado esa. Quiero decir, a veces me doy cuenta de que se pone un poco alterado, pero por lo general no dura mucho tiempo. No como la que yo tuve la primera vez que Ramiro me engañó. Fue horrible. No podía respirar con mi estómago enrollado y torcido. Sentí ganas de vomitar por todas partes y lo peor de todo, se sentía como que no iba a terminar y me iba a morir.
La forma en que Damian me mira lo dice todo.  
―¿Yo? ¿Yo soy el otro método?
―Supongo que sí.  
Mi pulso está latiendo en mis oídos mientras pasamos un montón de puertas más pequeñas cerradas. Nombres están escritos en pedazos de papel con marcador permanente y pegados en el centro de la madera. Sonne. Jacobs. Russell. Smith. Donskov. Pino. Kennedy y luego Alfonso.
El mango de la puerta de Pedro encaja perfectamente en la palma de la mano de Damian mientras lo gira. La puerta se abre y doy un paso dentro. Mi mirada cae en los anuncios de batidos de proteínas y otros suplementos en la pared de atrás. Tenían nombres que ni siquiera podía pronunciar.
Finalmente, arrastro mis ojos de la pared hacia Pedro y algo en mi estómago aletea. Está sentado en el banco, sin camisa y rígido. Sus músculos del muslo sobresalen de las ranuras en sus pantalones cortos negros. Mi garganta se seca de inmediato y no hay humedad en mi boca que pueda tragar para arreglarlo. No hay falta de humedad “ahí abajo”, sin embargo. Dos hombres están ante Pedro, uno es un hombre regordete con el cabello largo y blanco atado en una cola de caballo en la base de su cuello y está envolviendo las manos de Pedro. La gasa envuelve la palma, soporta la muñeca y se extiende entre los dedos.
El otro hombre, con el cabello negro de punta y enormes ojos azules está observando. Los ojos de Pedro están ocultos por sus largas pestañas. Su pecho se mueve fuerte y profundo, como si estuviera tratando de calmarse.
Sus párpados giran abiertos y sus ojos oscuros color chocolate me rastrillan.
Obligo a mis piernas rígidas a pararse más cerca. Los dos hombres evalúan la envoltura de manos y en susurros y palabras bajas deciden que es suficiente. El hombre de cabello blanco empaca su pequeña caja de herramientas, le desea a Pedro suerte y pasea por la habitación. Pedro flexiona los dedos y los aprieta en puños frente a él.
―Déjennos solos. ―La voz de Pedro es suave, pero lo suficientemente alta para que todos oyeran.

martes, 15 de abril de 2014

CAPITULO 41


Estoy bien cuando les damos nuestras entradas a las chicas en los cortísimos shorts y bikinis y estoy bien cuando entramos en la habitación en la que Pedro estará peleando. Es enorme, casi como un estadio. La última vez que estuve aquí, fue para una feria del libro y estaba sosa y vacía, llena sólo de mesas y libros baratos. Ahora, tiene una grada temporal alrededor de toda la habitación, proporcionando un montón de asientos. El ruido atronador de la risa y la charla llena mis oídos y apenas puedo oír mis pensamientos. Siento la sangre drenarse de mi cara cuando mi mirada se posa en una jaula sin techo en el centro de la sala, es circular y cubierta de anuncios y logotipos de los patrocinadores. Vanesa engancha su codo a través del mío y me arrastra por el pasillo hacia el frente de la plataforma.
―¡Paula! ―Apenas distingo la voz de mi padre.
Dirijo mi atención hacia la izquierda y veo su cara feliz y sonrisa amplia. Sacude una mano hacia mí y nos apretujamos para pasar un par de hombres de traje. Los reconozco de la sala de entrenamiento en el gimnasio.
Detrás de mí, oigo a Vanesa reír y decir hola. Cuando me arrastro más cerca de papá, agarra mi muñeca y me jala el resto del camino. Él apenas puede contener su emoción. Lleva puesta una camiseta de color negro con “PEDRO” escrito en la frente y un par de pantalones de mezclilla, metidos dentro de un par de botas de trabajo de color marrón.
―Esto es lo más cerca que he estado en un ring de la MMA ―grita en mi oído.
Miro hacia la estructura intimidante. Aquí es donde Pedro luchará y yo estoy justo aquí. Estoy lo suficientemente cerca como para conseguir sangre y sudor sobre mí y no me gusta. Ni un poco.
El pulgar de papá corre sobre la parte superior de mi mano. ―Estoy muy orgulloso de ti.  
―¿De mí? ¿Qué hice?  
―Estás aquí y sé el gran problema que las peleas son para ti. ―Sus labios delgados se curvan en una sonrisa cálida―. Él debe ser muy especial para ti.  
―Papá, Pedro y yo no somo…  
Alguien me golpea ligeramente mi hombro y me giro para ver a Damian, el entrenador de Pedro. Hay una arruga tallada en su frente y sus labios llenos y oscuros se presionan firmemente juntos.  
―Pedro quiere verte ―dice por encima de la charla de los espectadores.
Abro la boca para preguntar para qué, pero no me molesto. Las decisiones de Pedro no suelen venir con razones comprensibles.
―Voy a estar de vuelta ―le grito a papá y Vanesa.

CAPITULO 40



Me deslizo en un par de jeans ajustados negros, tiro de una camiseta blanca y un suéter crema encima de eso. Me enfundo un par de tacones blancos pequeños y cuando estoy a punto de pasar mi cepillo por el cabello,hay un golpe en la puerta. Vanesa saca la cabeza en el cuarto de baño. Su cabello está atado en una bola desordenada en la parte de arriba de su cabeza y la mitad de su rostro está cubierto de maquillaje. Me encojo de hombros mientras camino junto a ella y abro la puerta. Mis ojos se encuentran con un cronómetro familiar. Es el entrenador de Pedro, Damian.  
Lleva puesta una camiseta de color negro con la palabra "coach" cosido en el pecho y sus pantalones son de un extraño color caqui.
―¿Hola? ―pregunto cautelosamente.
―Srta. Chaves, aquí están sus entradas para esta noche. El lugar está en el reverso.
―¿El entrenador hace diligencias personales? ―le pregunto, aceptando las entradas.
Él se burla y sus manos encuentran sus caderas.  
―Síp. Será mejor que él consiga un asistente personal cuando llegue a profesionales porque no firmé por esto. ―Hay una sonrisa en sus labios mientras habla―. Te veré en la pelea. ―Se gira y se dirige a las escaleras. En la parte posterior de la camisa está el apellido de Pedro en grandes letras blancas y sonrío. ¿Cómo conseguí estar tan involucrada en su mundo?
Apenas la semana pasada hubiera afirmado que éramos enemigos.
―¿Quién era? ―grita Vanesa desde la habitación. Cierro la puerta y voy dentro. Muestro rápidamente los dos boletos y ella hace un ruido agudo en su garganta―. Sabía que ser amiga tuya me compensaría un día. ―Me guiña un ojo y yo le saco la lengua.
Pongo las entradas de forma segura en mi mesita de noche y vuelvo al cuarto de baño. Me quedo mirando mi apariencia. Mi cabello es liso y cuelga por mis pechos. Parece tan… simple y sin vida. Necesito volumen esta noche. Agarro mi rizador de un cajón y me ondulo el cabello. No lo hice demasiado loco, lo suficiente para darle un poco de cuerpo y un pequeño giro. Aseguro las partes delanteras de mi cabello hacia atrás y aplique el mínimo maquillaje. Doy un paso atrás para admirar mi trabajo. Me veo sencilla. Me veo bien y eso es exactamente lo que buscaba.
Vanesa se lleva un poco más de lo que esperaba en prepararse. Tenemos que salir dos horas antes de la pelea para evitar el tráfico y las masas de gente. En vez de ello, nos vamos una hora antes de la pelea. Por suerte, no hay pesaje para la clasificación amateur de esta noche de lo contrario sin duda nos la hubiéramos perdido. Conduzco sobre el límite de velocidad para llegar al centro de exposiciones lo más rápido posible. A mi lado,Vanesa cierra de golpe pequeñas botellas de vino. Afirma estar muy nerviosa,pero veo la gran sonrisa en su cara y apenas puede mantener sus piernas quietas. Está más emocionada y está confundiendo la adrenalina corriendo por sus venas como nerviosismo. Yo estoy nerviosa. Me siento enferma y el volante está húmedo por el sudor que se filtra de mis palmas. Cada intersección que paso contemplo hacer una vuelta en U y dirigirme de regreso a casa. Conduzco debajo del centro de exposiciones y encuentro un lugar de estacionamiento justo mientras alguien más está dando marcha atrás. ¡Me encanta cuando eso sucede!
Entro en el lugar y apago el coche. Me tomo un poco de tiempo para sacar las llaves del contacto.
―Paula, las peleas no son un problema tan grande. Es como el sexo, es entre dos adultos que consienten. ¡Es bestial y es divertido! Relájate un poco.  
¿Las peleas no son un gran problema? ¿Soy el único bicho raro que las encuentra terribles? Vanesa cae sobre sí misma mientras se arrastra desde mi coche, exhibiéndome su ropa interior blanca.
―¿Cómo puedes estar ya achispada? ―Me río de ella―. Sólo tomaste dos wine coolers .
―No he comido hoy. ―Endereza su corto vestido blanco y chasquea sus rubios rizos por encima del hombro―. Hagamos esto.  
Inhalo una gran bocanada de aire y lo dejó escapar.  
―Hagamos esto.

CAPITULO 39



Cuando salgo de trabajar al día siguiente, me siento con náuseas y preocupada. En tres horas estaré asistiendo a mi primera pelea y no estoy segura de qué va a suceder. Hazlo por papá. Hazlo por Pedro, me dije todo el día,pero todavía no ayudó a sacudir mis nervios.
Pedro terminó quedándose anoche y la expresión de su cara en la mañana cuando se dio cuenta que nos habíamos acurrucado toda la noche no tenía precio. Se fue temprano y luego volvió con mi coche.
Afortunadamente, la ventana no estaba agrietada.
Después de eso, se fue para ir a su sesión de entrenamiento. Me enteré que entrena dos veces al día durante tres horas cada vez. Cuando llegue a los profesionales va a entrenar tres veces al día a su límite máximo para poder mantenerse al día con todos los demás. Qué horrendo. Le ofrecí una barra de desayuno, pero se rió y dijo que necesitaba algo un poco más sustancial antes de salir corriendo por la puerta.
Conduzco a casa desde el trabajo, mordiéndome las uñas todo el camino. Cuando llego, Vanesa está sentada en mis escalones de la entrada. Le rogué a Pedro que me dejara llevar a Vanesa esta noche. Al principio estaba un poco frustrado porque la culpa por completo de lo que pasó anoche, pero finalmente cedió. La agitación llena mi estómago cuando me doy cuenta que no le he dicho a Vanesa lo de anoche. Necesito hacerlo. Tiene que avisarle a su amiga que Jose no es el tipo de chico con el que se debe estar pasando el rato. Salgo del coche y enderezo mi falda. Las cejas de Vanesa se arrastran frunciendo el ceño y sus labios se tuercen en un puchero. Uh-oh. Conozco esa
mirada.
―Sé que no llego tarde ―digo, subiendo los escalones―. Así que puedes borrar esa mueca de tu cara. ―Ella no se mueve mientras abro la puerta. Cuando está abierta, me sigue dentro.
―¿Qué diablos pasó anoche? ―Chasquea, cerrando de golpe la puerta detrás de ella.
Mi pecho se aprieta mientras un gran nudo se forma en mi garganta.  
―Tengo que hablar contigo acerca de eso. ―Me las arreglo para decir.
―¿Pedro le dio una paliza a Jose porque te acompañó hasta tu coche?¿Qué demonios, Paula?  
Retrocedo por su enfoque interesante, y sin embargo, completamente confuso de la historia.  
―Bueno, primero que todo…
―¿Por qué estaba Pedro allí en primer lugar? Mi amiga me asegura que Jose es un alma caritativa que no quiso hacer nada para provocar a nadie.¡Pedro es un maldito psicópata!  
Yo colapso. No sé qué pasó, pero de repente mi ira voló fuera de las gráficas.
―¡Cómo te atreves! ¡Eres mi mejor amiga! ¡Se supone que tienes que preguntar mi lado de la historia, no entrar arrojando acusaciones! ―le grito
y la cara de Vanesa se drena de color. Da un paso atrás y una lágrima se derrama por su mejilla―. ¡Pedro me salvó de ese mugriento pedazo de mierda quien prácticamente me atacó en el estacionamiento!  
Sus labios tiemblan y sus ojos verdes se ensanchan.
―Sí, eso es correcto. ―Mi voz es todavía fuerte y enojada―. Jose, él no-tan-caritativa-alma estaba demasiado bebido en la cena y me acompañó hasta mi coche. ¡Luego consideró oportuno poner sus manos y su boca sobre mí!  
―Paula, lo siento...
Yo inconscientemente cuento hasta diez… ocho... nueve... diez.  
―No es tu culpa. Me advertiste... después de sobornarme, pero aun así.Puedes decirle a tu amiga que Pedro no fue el problema.
Vanesa se lanza hacia mí y me tira en un abrazo. Le cuento toda la historia. Le digo que estaba un poco demasiado al máximo en la cena y que le envié un mensaje a Pedro en lugar de a ella.
―Pau… Siento que te haya pasado. No pensé que sería tan agresivo…  
―Dile a tu amiga que no debería pasar el rato con él. ―Sacudo la cabeza―. Él continuaba diciéndome que no iba a hacerme daño, pero nunca se puede estar demasiado segura.
Ella tira de un billete de cien dólares de su bolsillo trasero y lo extiende hacia mí, pero me niego a aceptarlo.
Algo no ajusta bien. Tomar el dinero por lo que pasó… se siente mal.
―Me haría sentir mejor si lo tomaras.  
―No lo quiero… No puedo tomarlo.
Discutimos sobre el dinero hasta que lo mete de nuevo en sus pantalones vaqueros.  
―¿Qué hacemos? ¿Se lo decimos a la policía?
Niego.  
―No puedo. Pedro lo lastimó… perdería todo. ―Tragué saliva―. La noche pasada ha terminado. Vamos a nunca hablar de ello y alistarnos para la pelea.  
Vanesa se precipita desde mi sala de estar hasta su coche. Arrastra la misma maleta que trajo cuando nos fuimos de fiesta.  
―Voy a hacerte el maquillaje.  
―No quiero exagerar esta noche, así que haré el mío.  
Ella me mira como si estuviera loca.  
―¿Eres conscientes de que vamos a una pelea, no?  
―Sí.
―Y va a ser grabada y pegada por todo Internet.  
―Sí.
Se encoge de hombros.  
―Haz lo que quieras, pero yo voy a verme bien.