domingo, 20 de abril de 2014

CAPITULO 58



Sorpresivamente, Pedro no se lanzó sobre Carlos y de alguna manera logré colocarme en medio de los dos hombres, presionando mis manos firmemente contra el pecho de Pedro. Bajo mis manos, sus músculos estaban enrollados, a la espera de saltar contra Carlos… pero por suerte, nunca lo hicieron.
―No vales la pena para que tire por la borda la competición ―gruñe Pedro―. Pero si hablas con tu ex esposa otra vez, dile que le mando saludos.
Se vuelve y sale enojado de la oficina, vuelvo mi atención a Carlos.
―¿Su padre? ¿En serio? Eso es bajo, Carlos.
―No, salir con alguien como Pedro es bajo. ―Carlos camina hacia su oficina y cierra la puerta. No pierdo tiempo en perseguir a Pedro. Está fuera caminando por la acera con las manos en su cabello. Su cara está enrojecida,casi como si estuviera demasiado caliente al tacto. Unas pocas personas paseando pasan a su alrededor esquivándolo con cautela, como si se fuera a quebrar en cualquier momento.
―¿Pedro? ―Mi voz sale más tranquila de lo que me propongo―.Podemos almorzar en mi casa… lejos de la gente.
Me lanza las llaves de su auto y lo sigo hasta él sin decir nada más. En el auto, Pedro mantiene sus ojos por la ventana.  
Pedro ―le digo, rompiendo el silencio.
No me responde.
―No me gustó eso. Nunca más me uses contra otra persona.
Todavía no responde y no me importa, siempre y cuando sepa que no estoy de acuerdo con lo que acaba de suceder. Miro a Pedro de soslayo. Su pecho sube y baja más rápido de lo normal, sus puños se mantienen apretados. Lo que Carlos dijo realmente lo ha afectado y no estoy segura si puedo ayudar esta vez.
Cuando llegamos a mi casa, hay una nota en la puerta de Vanesa diciendo que su padre la llamó para que fuera a trabajar y que tomó prestada un poco de ropa. Busco debajo de la maceta rota de la planta y recupero la copia de la llave. Está marcada con tierra, porque no la he utilizado en mucho tiempo. Abro la puerta y pongo la llave sucia en el bolsillo. Mientras me dirijo a la cocina para hacer sándwiches Pedro se sienta en el sofá, apoyando su cabeza hacia atrás. Sus ojos están cerrados, dándole un borde vulnerable. Saco mis zapatos en medio de la cocina y camino hacia él. Mientras permanezco encima de él, muerde su labio inferior, pensando.
Todavía está enojado… y tengo miedo de que tome su auto y vuelva allí.
―Lo que dijo… no le hagas caso ―le digo.
―Tiene razón ―responde Pedro sin abrir los ojos―. Mi padre estaba decepcionado de mí. ―Sus ojos se abren y mi corazón se aprieta ante su brillo triste―. No podía hacer nada bien… así que hice de mi misión todo mal. No soy una buena persona, Pau.
Agarro su cara entre mis manos, obligándolo a mirarme.
―Pienso que eres buena persona.
―Una chica de las millones de personas que he conocido piensa que soy bueno. ―Sacude la cabeza―. Esas probabilidades no son reconfortantes.
―Pero al menos es algo.
Saca la cara de mis manos.
―No tengas una idea equivocada de mí. No dejes que te seduzca pensando que soy bueno, porque no lo soy.
Me niego a ceder.
―Lo eres.
Hace un ruido frustrado en la base de su garganta y se inclina hacia adelante.  
―Me acosté con la esposa de Carlos cuando vivía en Seattle, años atrás. Es por eso que se divorciaron. Fui con mi padre a una de sus sesiones y entré en la oficina de Carlos para ver si estaba allí, pero estaba su esposa en su lugar. Ella me provocó, se burló de mí hasta que cedí. Estaba follando a su mujer sobre su escritorio cuando Carlos y mi papá entraron. ―Sacude la cabeza, disgustado consigo mismo―. No soy una buena persona, Paula.
Destruí un matrimonio… cientos de matrimonios, probablemente.

CAPITULO 57



―Ha pasado un largo tiempo. ―Carlos se aclara la garganta.
El aire está tan tenso aquí que se podía cortar con un cuchillo. Pedro asiente secamente antes de volver su oscura mirada a mí.
―¿Estás lista?
Doy un paso hacia Pedro pero la voz de Carlos me detiene de hacer todo el camino a él.
―Pedro Alfonso ―escupe el nombre de Pedro como si fuera veneno en su lengua y me asusta―. ¿Este es el tipo que estás viendo?
―Eso no es asunto tuyo ―Pedro corta por mí. Todas sus facciones se dibujan en líneas apretadas y lo veo trabajando la mandíbula.
Pedro, no ―murmuro, dando un paso más cerca de él.
Dejo que mis dedos rocen con dulzura su muñeca. Carlos ignora la agresividad de Pedro y sus ojos azules se cuadran en mí. 
Pedro es la razón por la que me mudé a Portland ―me dice.
Mis cejas se juntan cuando recuerdo que Carlos me dijo que se mudó a Portland después del divorcio con su esposa de doce años.
―Vamos, Paula ―exige Pedro cuando me toma por la muñeca y se vuelve hacia la puerta.
―Paula―Carlos me llama. Nunca he oído que su voz tomara un filo tan peligroso antes. Es escalofriante, profunda y me detiene en seco. Pedro deja caer mi muñeca y le espeta a Carlos.
―¿Cuál es tu maldito problema?
Carlos se destaca unos cinco centímetros más alto que Pedro, pero he visto a Pedro en acción. Carlos no tendría ninguna oportunidad.
―Estoy cuidándola.
―¿Por qué?
Los ojos azules de Carlos se disparan a mi cara aterrorizada y Pedro sigue su vista. Pedro sonríe su sonrisa confiada antes de volverse hacia Carlos y yo trago saliva.
―¿La quieres? ―asume Pedro y cuando la dura mirada de Carlos se tambalea ante su presunción, la sonrisa de Pedro se ensancha en una sonrisa
lobuna y su enorme cuerpo se desliza detrás de mí.
La parte delantera de su cuerpo duro presiona contra mi espalda. Las manos de Pedro se deslizan por mi cintura hasta mis caderas y las agarra con fuerza, tirando de mí con más fuerza contra él. Mi mirada se desliza a mi mesa de trabajo, a través de la lisa pared blanca y luego a un pequeño reloj de plata por encima de la puerta de Carlos. Miro a todas partes, excepto directamente a los ojos azules de Carlos.
―No te culpo ―comienza Pedro cuando sus manos se deslizan hasta mi cintura.
Mi cuerpo salta con atención cuando el calor empieza a estancarse entre mis piernas. Me estremezco. Ahora no es momento de excitarse por su toque. Pedro se ríe oscuramente contra mi oído cuando se da cuenta de que mi respiración se hace poco profunda.
―Ella sí que es algo.
Pedro―espeto en un susurro apremiante, pero él me ignora sumerge su cara en mi cabello mientras sus manos se deslizan hacia el norte hasta que sus pulgares fluyen sobre la base de mi pecho. Él inhala y gime, enviando ondas calientes de deseo a través de mí, así como inclina mi medidor de ira al punto de ebullición.
―Confía en mí cuando digo que ella sabe tan bien como huele.
Carlos arranca furioso hacia delante y Pedro tira de mí, metiéndome con seguridad detrás de su espalda.
―¿Qué vas a hacer, Carlitos? ¿Luchar conmigo? ―Puedo oír la sonrisa sarcástica en la voz de Pedro―. Hazlo. Te reto.  
Pedro y Carlos están cara a cara y no parece que vayan a dar marcha atrás en el corto plazo. Mi corazón golpea incómodo en mi pecho cuando una sonrisa tira de la esquina de los labios de Pedro y dice:   
―Sabes, una de las ventajas de ser un psicólogo es aprender cómo conseguir meterse dentro de las cabezas de la gente y averiguar lo que los motiva.
Siento que Pedro se vuelve de piedra.  
―¿Quieres saber lo que motivaba a tu padre? ¿Cuál era su mayor decepción?
Mi corazón se vuelve frío. ¿Carlos era el psicólogo del padre de Pedro en Seattle? Seguro que parece que sí. Hablar sobre el padre de Pedro es un gran no-no para Pedro. Él casi no me habló de él a mí y confía en mí. Sólo puedo
imaginar lo que le está haciendo, escuchar a Carlos mencionarlo.
Pedro, vamos ―digo, tirando de su camisa. Da un paso hacia atrás.
Ahora todo lo que necesito es tres o cuatro más de ellos y estaremos fuera de la puerta. Sigo tirando de él, y cuando llego a la puerta. marcos lo dice, las palabras que he estado orando para que las mantenga para sí mismo.
―Tú. Su mayor decepción eras tú.

CAPITULO 56



Desaparece de nuevo en su oficina y yo pongo mi cabeza en mis manos antes de rastrillar los dedos a través de mi cabello largo y suave. ¿Qué demonios voy a hacer? No me siento cómoda sacando este tema con Pedro. Saco mi teléfono del bolsillo y busco al nombre de Pedro. Mi pulgar se cierne sobre botón de “llamada”, pero no me atrevo a presionarlo. Toda esta situación podría haberse evitado si Pedro dormía conmigo cuando yo quería y luego me dejaba sola. En su lugar, enterramos nuestro camino bajo la piel del otro… y  se desarrollaron sentimientos. Esos mismos sentimientos están actualmente heridos porque Pedro besó a alguien más. Niego. No sé eso a ciencia cierta.  
Ramiro juega sucio y está celoso. Si hago suposiciones y Ramiro mintió, voy a quedar como una idiota. Mi teléfono vibra en mis manos y el nombre de Pedro aparece en mi pantalla.
 
DE: PEDRO. HORA: 8:37 A.M.  
¿Almuerzo?


PARA: PEDRO. HORA: 8:38 A.M.
No puedo. El auto no arranca, y estoy en el trabajo.
 
DE: PEDRO. HORA: 8:38 A.M.
¿Cuándo es tu descanso? Voy por ti.
Vamos a almorzar.
 
Me siento como una tonta cuando una sonrisa tira de mis labios.
 
PARA: PEDRO. HORA: 8:39 A.M.
El descanso es a las 11.
Te veo entonces.
 
Antes de regresar mi teléfono a mi bolsillo, vibra de nuevo.

DE: PEDRO. HORA: 08:39 A.M
No puedo esperar. :)
 
No puedo esperar…
No puede esperar a verme. Me siento aturdida y emocionada a su vez  lo que me hace sentir estúpida. Pedro me afecta. En cuestión de segundos,puede hacer que me enfade cuando estoy contenta y feliz cuando estoy enojada. Pongo mi teléfono de nuevo en mi bolsillo y tomo una respiración por la nariz. Le preguntaré a Pedro directamente lo de anoche y actuaré como si no fuera gran cosa.
Esperar para que lleguen las once fue una tortura, pero cuando finalmente llegaron me gustaría tener más tiempo para pensar cómo voy a abordar el tema.
―Voy a estar de vuelta en una hora,Carlos ―digo desde mi escritorio.
Me levanto de mi silla mientras Carlos pasea fuera de su oficina con un bonito traje marrón con una bonita corbata amarilla que se apoya contra su camisa blanca. Su atuendo combina muy bien con su cabello dorado y ojos claros. En su mano, mueve nerviosamente las llaves de la oficina.
―¿Vas a comer? ―pregunta, apoyándose en mi escritorio. Su largo dedo índice acaricia la esquina de una hoja suelta de papel.
―Sí.
―Genial, iré contigo.
―Oh ―le digo, poniéndome de pie―. En realidad me estoy encontrando con alguien. ―Las palabras son torpes en mi lengua.
―¿Vanesa? Estoy seguro de que no le importaría si me uno a los dos.
―No, no es Vanesa. ―Enderecé el fondo de mi vestido―. Estoy almorzando con…
Dejo de hablar cuando la puerta se abre y Pedro entra luciendo tan guapo como siempre con una camiseta negra que se aferra a su pecho y brazos, como una segunda piel. Su cabello oscuro está húmedo y rebelde,como si acabara de pasar sus dedos a través de él.
Pedro ―afirma Carlos, terminando la frase por mí.
La mandíbula de Pedro se aprieta.  
―Carlos.
Mi mirada se desplaza de Carlos a Pedro, de Pedro a Carlos. Esto no esta ocurriendo en estos momentos. Ellos no se conocen entre sí.

sábado, 19 de abril de 2014

CAPITULO 55




Él recita toda la mierda que Vanesa le dijo: el roofie, el estacionamiento con Jose, Pedro y que él contrató a mi papá. Me quedo mirando la consola central, escuchando cada palabra. No estoy sorprendida de que Vanesa le haya contado, eso es lo que se esperaba. Ella tiende a abrir la boca… mucho.
Estoy un poco sorprendida de que Pedro besara a la chica morena. Frunzo el ceño, sin saber si debería creer en Ramiro o no. No es conocido precisamente por su honestidad. Vanesa me dijo que la morena apareció, pero nunca mencionó nada acerca de un beso. Ella me habría dicho que si lo hubiera visto… Sé que lo hubiera hecho. Mi única opción es confrontar a Pedro, pero incluso entonces, ¿tengo derecho a hacerlo? Él dijo claramente ayer por la noche que no está listo para una relación y eso está bien porque no estoy segura si yo lo estoy, tampoco. Me dijo que no me haría daño… y le creo.
Creo. Frente a Ramiro trato de jugarlo como si no fuera gran cosa. No quiero que vea que me ha molestado.
―Me has descubierto. Así que no estoy saliendo con Pedro. Lo inventé para sacarte de mi espalda hasta que pueda aclarar mi cabeza y puesto que Pedro y yo no estamos juntos realmente, puede meter la lengua en quien quiera.
Por delante, veo la señal de mi trabajo y suelto mi cinturón de seguridad.
―No quería molestarte. Sólo quería que supieras que él es igual que yo… y mereces algo mejor.
Mi frustración alcanza el pico máximo. Su única misión esta mañana era “romper” mi corazón.
―Ve a tirar tu mierda en otro lugar, Ramiro. No soy tonta. Apuesto a que no podías esperar para traerme la noticia de que Pedro se besó con otra chica anoche. Te has levantado temprano, ¿cuándo te has levantado temprano alguna vez? ―En los últimos seis años, Ramiro nunca se levantó de la cama antes de las nueve. Me duele saber que la única motivación que tuvo para salir de la cama temprano fue para herir mis sentimientos.
Salgo del auto, mientras él dice mi nombre. Cierro la puerta de un golpe y mis tacones bajos suenan rápidamente contra el hormigón. Cuando mi mano se pone en contacto con la fría puerta metálica de la oficina, él se va. Dentro, no hay pacientes (esperado para un sábado) y la cabeza de Carlos se asoma alrededor de la puerta de su oficina. Su enorme y amplia sonrisa se desvanece cuando ve mi expresión. Supongo que no me veo feliz.
―¿Mañana dura?
No hago contacto visual con él mientras enciendo la computadora.
―Algo por el estilo ―contesto.
―¿No quieres hablar de ello?
―Nop.
―Estoy aquí si lo necesitas.

CAPITULO 54



Mi coche hace un ruido extraño de golpeteo cuando giro la llave. Es como si el motor quisiera girar, pero no puede.
―¡Genial! ―grito, golpeando mi cabeza contra el volante con fuerza―¿Cómo demonios se supone que voy a llegar al trabajo ahora?
Un sedán blanco se detiene frente a mi casa y no sé si es un regalo de Dios o del Diablo en sí mismo cuando Ramiro sale del auto y ajusta el cuello de su camisa de polo verde. Me descubre en mi auto y sonríe, destellando esos hoyuelos juveniles. No puedo dejar de sonreír cuando salgo de mi auto.
―Te ves bien.
Miro mi vestido color violeta oscuro. Es uno de mis favoritos. ―¿Estás a punto de ir a trabajar?
Cierro de un golpe la puerta de mi coche y me apoyo contra ella.
―Lo estaba, pero mi auto no enciende.
Sus zapatillas de deporte rozan el hormigón a medida que camina cerca de mí.
―Te puedo llevar, si quieres.
Muerdo mi labio inferior. No sé si ir con Ramiro es una buena idea, pero miro a mi alrededor, no creo que tengo opción en este momento. He hecho mucha mierda para Carlos en las últimas dos semanas y no puedo permitirme el lujo de no llegar a tiempo.
―Um...M ―me planteo la idea de conducir con Ramiro―. Me llevarás directamente a trabajar, ¿no?
―Lo prometo.
Deslizo mi teléfono en el bolsillo de mi vestido y camino hacia él.
―Está bien, pero tenemos que irnos ahora si quiero llegar a tiempo.
Es como una rutina. Ramiro y yo nos metemos en el auto e incluso bajo el freno de mano por él, como siempre lo hacía. Él lo nota también y me sonríe.
Es una sonrisa tan dulce y mi corazón se aprieta en mi pecho. No tenía ni idea de lo mucho que echaba de menos a Ramiro. Su aroma familiar llena mi nariz e inhalo. Esta es una estúpida idea. Todavía es Ramiro, me digo. Él te hizo daño.
―Tu madre me ha dicho que fuiste a una pelea anoche ―dice,haciendo charla trivial. Odio que él y mi mamá estén hablando―. Eso algo bastante grande para ti. Pedro debe ser un buen tipo.
―Lo es ―respondo automáticamente.
Miro mis dedos mientras los froto con nerviosismo. Entonces, la mano de Ramiro cubre la mía
―Te extraño, Paupy.
―Ramiro…
―Sólo escúchame. Estuvimos juntos durante seis años, Paupy, seis años.Eso es mucho tiempo.
Tiro mis manos de debajo de la suya, pero él deja la suya en mi regazo.
―Y los tiraste por la ventana por sexo, mucho sexo. Lo que has hecho no es algo que pueda ser olvidado o perdonado. ―Lo siento, la jodí.
―Dijiste eso después de la primera vez… y la segunda y la…
―Está bien lo arruiné un montón de veces, pero créeme cuando digo que he cambiado y no va a volver a ocurrir.
¿Cuántas veces he oído eso? Innumerables.
―No puedo… No te creo.
Retira su mano y la pasa a través de su cabello rubio.
―¿Cómo puedo probártelo? ¿Cómo puedo compensarte?
―No hay vuelta atrás, Ramiro. Te di todo y tú elegiste darlo por sentado.
―¿Así que eso es todo? ¿Seis años, tirados, así como así?
Mi pecho se contrae, llevando un bulto enorme a mi garganta.
―Sí. ―Me estremezco con la finalidad de mi voz.
―No voy a parar, Paupy. Te necesito.
Cierro los ojos por un momento, tratando de frenar mi corazón latiendo rápido.
―Lo dije en serio cuando dije que no te amo más ―digo cuando abro los ojos.
―Y lo llamo mierda. Sé que estás tratando de asustarme y está funcionando, pero te amo… nunca dejaré de amarte.
―No importa, estoy con Pedro ahora ―contesto, jugando la carta de Pedro de nuevo―. Él no hará nada para hacerme daño.
―Paula―Miro hacia él. Su tono grave me da náuseas―. Me encontré con él y Vanesa en Heaven’s anoche. Tenía la lengua tan adentro de la garganta de la chica morena que me sorprende que no hiciera arcadas, y sabes lo habladora que es Vanesa cuando está borracha. Me dijo lo mucho que me odia y que tú no estás realmente con Pedro. 

CAPITULO 53



Paseo fuera de la cocina y voy a la ducha. Me paso más tiempo allí pensando… sobre Pedro en su mayoría. Quiero que seas mía y planeo hacerte mía,pero en este momento no estoy listo. ¿Entonces tiene sentimientos por mí,también? Yo diría que sí. Una sensación de vértigo se eleva en mi pecho y no puedo dejar de sonreír. Puedo ver la borrosa cabeza de Vanesa asomándose a través de la puerta del baño. De alguna manera, el aire frío se abrió camino
hacia la ducha, enviando un escalofrío por mi espalda.
―¿Paula?
―Entra y cierra la puerta.
Ella entra, cierra la puerta y se desliza por la pared. Sus dedos presionan contra el cristal de la ducha.
―¿Ya has tenido sexo con Pedro?  
Frunzo el ceño y fuerzo mis oídos para oírla sobre el agua torrencial.
―No ―respondo con curiosidad―. ¿Por qué?
―Mira, sé que recientemente rompiste con Ramiro y te estás divirtiendo y todo eso, pero creo que Pedro es la última persona con la que debes pasar tiempo.
Estoy sorprendida por sus palabras.
―¿Qué te hace pensar eso?
―Bueno, estoy recordando retazos de ayer por la noche…
Sus palabras envían zarcillos de miedo a través de mi pecho.
―¿Sí?
―Esta chica se acercó a él. Ella afirmaba que durmieron juntos hace unas semanas, cosa que él no negó, y ella estaba realmente tratando de volver, pero él la rechazó fríamente.
Enjabono mi esponja rosa de exfoliación y comienzo a limpiar mis senos y axilas, escuchando cada palabra de lo que dice.
―Fue brutal, Pau. La chica dejó el club llorando.
―¿Sí? ―Poco sabía ella, he sido testigo de dos chicas yendo por Pedro en el gimnasio. Me había ido demasiado temprano para ver lo que sucedió con la morena, pero la rubia dejó el gimnasio llorando. Pedro dijo que no quiere herirme así y le creo. No confío en él, pero le creo―. No tienes que preocuparte, Vane. Sé qué clase de persona es Pedro y tenemos un entendimiento mutuo.  
―Es sólo que no quiero verlo tirarte a un lado como basura si decides que quieres dormir con él, eso es todo.
―Gracias, Vanesa, pero creo que lo tengo cubierto.
Ella sube perezosamente sobre sus pies y sale del cuarto de baño.
Termino de frotar la esponja áspera sobre mi cuerpo,incapaz de librarme de sus palabras en mi mente. No debería molestarme porque ya sé cómo es Pedro, pero qué pasa si ella tiene razón. ¿Qué pasa si no me quiere después de tener sexo? No importa, yo mantengo todo el poder. Me niego a tener sexo con él hasta que esté segura de que es exactamente lo que quiero… si él es exactamente lo que quiero.

viernes, 18 de abril de 2014

CAPITULO 52



Mis ojos revolotean hasta abrirse y toma un tiempo adaptarse a la luz del sol que se filtra a través de la brecha en mi cortina. Cierro los ojos y me doy la vuelta. Extiendo mi brazo al otro lado de la cama, pero mi piel sólo encuentra el colchón frío. Me siento y me restriego el sueño de mis ojos pesados. En la almohada hay una carta con mi nombre escrito en rotulador color rosa. La letra de Pedro es horrible y escribió mal mi nombre la primera vez y lo garabateó. Lo consiguió en su segundo intento, sin embargo. En la mesita de noche hay un bloc de notas vacío abierto con una página arrancada.
La abro y no puedo evitar la sonrisa tonta que se extiende sobre mi cara. Toda la carta está escrita en rotulador color rosa. Pobre chico, supongo que no pudo encontrar una pluma.
 
Pau 
Me fui a entrenar.
Te envío un mensaje más tarde.
Pedro :)



Mi corazón palpita ante el apodo “Pau”. Estoy tan contenta de que eligiera ese en lugar de “Paupy”. Me deslizo fuera de la cama y pongo la nota en el cajón de mi mesita de noche. Miro el reloj. Son sólo las 7 a.m. Todavía tengo un hora y media antes de tener que estar en el trabajo. Odio trabajar los sábados. Gracias a Dios, hoy es mi última jornada de trabajo hasta el martes. Saco mi bata de seda del gancho de detrás de la puerta y me deslizo en ella. En la sala de estar, Vanesa sigue durmiendo en el sofá. Su rostro está arrugado en una mueca agria y me río mientras me dirijo a la cocina. Uno de sus ojos se abre y está enrojecido e hinchado.
―¿Dónde estoy? ―gime, tratando de incorporarse. A mitad de camino,se da por vencida y se vuelve a recostar.
―Estás en mi casa. Pedro te trajo anoche.  
Vanesa arroja un brazo sobre sus ojos, protegiéndose de la luz de la mañana. Hombre, no la envidio justo ahora.
―No recuerdo nada después de que llegamos a Heaven’s y Luciano pidió una ronda de tragos para todo el mundo.
―Festejas muy duro ―le digo, encendiendo el hervidor. Saco un frasco de café instantáneo de mi alacena. Siempre tengo algo aquí. Siempre que Vanesa tiene una borrachera de una noche exige café a la mañana siguiente.
Si no lo tiene, no funciona y cuando no funciona, es el fin del mundo. Todo es una molestia para ella.
―¿Café? ―ofrezco cuando el hervidor comienza a burbujear hasta hervir.
―Buen Dios, sí.
Se levanta del sofá y arrastra a su lamentable ser a la cocina. Saca la leche de la nevera y me la entrega. Sus manos tiemblan cuando camina al cuenco sobre el banco de la cocina. Es el lugar donde guardo todas mis cosas médicas como tiritas, Betadine y Advil. Vanesa saca dos calmantes de su envoltorio y los arroja en su boca. Se inclina sobre el lavabo y ávidamente traga agua directamente del grifo. Cuando se endereza y se vuelve hacia mí,no puedo evitar el estallido de risa que viene de mi boca mientras agito la leche en su café. Se ve como la mierda. Su maquillaje está manchado y corrido y sus ojos están muy pesados. Sus habituales mansos rizos rubios están envueltos en un gran lío complicado y hay un gran chupetón en su cuello.
―Así que… Luciano, ¿eh? ―insinúo, entregándole su café. Me doy la vuelta y saco una barra del armario y la desenvuelvo. Ella bebe con avidez el café.
―No lo hiciste lo suficientemente caliente ―se queja.
―De acuerdo. ―Me encojo de hombros. No hago cafés a menudo―. Y no cambies el tema.
―Luciano es un amor ―dice, evitando el contacto visual.
Entrecierro mi mirada abiertamente hacia el mordisco de amor púrpura en su cuello y me quedo mirando hasta que ella comenta.
―No he dicho que fuera un santo. ―Se ríe―. Es diferente a los chicos por los que usualmente voy. Vamos a ir a cenar en algún momento pronto para llegar a conocernos mejor antes de que nosotros… ya sabes.
Casi me ahogo con mi barra de granola.
―Jesús, Vanesa se está tomando el tiempo para llegar a conocer a un chico antes de dormir con él. Nunca pensé que vería ese día.
―Cállate. No todos vivimos en un camino estrecho, ¿sabes? A algunos de nosotros nos gusta explorar el entorno.
Le sonrío. Tirar de sus cuerdas mientras tiene una resaca es uno de mis pasatiempos favoritos.
―Tengo que ir trabajar pronto, así que me voy duchar y prepararme. ¿Necesitas que te deje en tu casa? ―pregunto. ―No, probablemente voy a relajarme aquí hasta que regreses.  
―Está bien, pero no vayas a revisar mi armario de nuevo. No necesito ropa nueva. Me gusta la que tengo.