martes, 15 de abril de 2014

CAPITULO 41


Estoy bien cuando les damos nuestras entradas a las chicas en los cortísimos shorts y bikinis y estoy bien cuando entramos en la habitación en la que Pedro estará peleando. Es enorme, casi como un estadio. La última vez que estuve aquí, fue para una feria del libro y estaba sosa y vacía, llena sólo de mesas y libros baratos. Ahora, tiene una grada temporal alrededor de toda la habitación, proporcionando un montón de asientos. El ruido atronador de la risa y la charla llena mis oídos y apenas puedo oír mis pensamientos. Siento la sangre drenarse de mi cara cuando mi mirada se posa en una jaula sin techo en el centro de la sala, es circular y cubierta de anuncios y logotipos de los patrocinadores. Vanesa engancha su codo a través del mío y me arrastra por el pasillo hacia el frente de la plataforma.
―¡Paula! ―Apenas distingo la voz de mi padre.
Dirijo mi atención hacia la izquierda y veo su cara feliz y sonrisa amplia. Sacude una mano hacia mí y nos apretujamos para pasar un par de hombres de traje. Los reconozco de la sala de entrenamiento en el gimnasio.
Detrás de mí, oigo a Vanesa reír y decir hola. Cuando me arrastro más cerca de papá, agarra mi muñeca y me jala el resto del camino. Él apenas puede contener su emoción. Lleva puesta una camiseta de color negro con “PEDRO” escrito en la frente y un par de pantalones de mezclilla, metidos dentro de un par de botas de trabajo de color marrón.
―Esto es lo más cerca que he estado en un ring de la MMA ―grita en mi oído.
Miro hacia la estructura intimidante. Aquí es donde Pedro luchará y yo estoy justo aquí. Estoy lo suficientemente cerca como para conseguir sangre y sudor sobre mí y no me gusta. Ni un poco.
El pulgar de papá corre sobre la parte superior de mi mano. ―Estoy muy orgulloso de ti.  
―¿De mí? ¿Qué hice?  
―Estás aquí y sé el gran problema que las peleas son para ti. ―Sus labios delgados se curvan en una sonrisa cálida―. Él debe ser muy especial para ti.  
―Papá, Pedro y yo no somo…  
Alguien me golpea ligeramente mi hombro y me giro para ver a Damian, el entrenador de Pedro. Hay una arruga tallada en su frente y sus labios llenos y oscuros se presionan firmemente juntos.  
Pedro quiere verte ―dice por encima de la charla de los espectadores.
Abro la boca para preguntar para qué, pero no me molesto. Las decisiones de Pedro no suelen venir con razones comprensibles.
―Voy a estar de vuelta ―le grito a papá y Vanesa.

CAPITULO 40



Me deslizo en un par de jeans ajustados negros, tiro de una camiseta blanca y un suéter crema encima de eso. Me enfundo un par de tacones blancos pequeños y cuando estoy a punto de pasar mi cepillo por el cabello,hay un golpe en la puerta. Vanesa saca la cabeza en el cuarto de baño. Su cabello está atado en una bola desordenada en la parte de arriba de su cabeza y la mitad de su rostro está cubierto de maquillaje. Me encojo de hombros mientras camino junto a ella y abro la puerta. Mis ojos se encuentran con un cronómetro familiar. Es el entrenador de Pedro, Damian.  
Lleva puesta una camiseta de color negro con la palabra "coach" cosido en el pecho y sus pantalones son de un extraño color caqui.
―¿Hola? ―pregunto cautelosamente.
―Srta. Chaves, aquí están sus entradas para esta noche. El lugar está en el reverso.
―¿El entrenador hace diligencias personales? ―le pregunto, aceptando las entradas.
Él se burla y sus manos encuentran sus caderas.  
―Síp. Será mejor que él consiga un asistente personal cuando llegue a profesionales porque no firmé por esto. ―Hay una sonrisa en sus labios mientras habla―. Te veré en la pelea. ―Se gira y se dirige a las escaleras. En la parte posterior de la camisa está el apellido de Pedro en grandes letras blancas y sonrío. ¿Cómo conseguí estar tan involucrada en su mundo?
Apenas la semana pasada hubiera afirmado que éramos enemigos.
―¿Quién era? ―grita Vanesa desde la habitación. Cierro la puerta y voy dentro. Muestro rápidamente los dos boletos y ella hace un ruido agudo en su garganta―. Sabía que ser amiga tuya me compensaría un día. ―Me guiña un ojo y yo le saco la lengua.
Pongo las entradas de forma segura en mi mesita de noche y vuelvo al cuarto de baño. Me quedo mirando mi apariencia. Mi cabello es liso y cuelga por mis pechos. Parece tan… simple y sin vida. Necesito volumen esta noche. Agarro mi rizador de un cajón y me ondulo el cabello. No lo hice demasiado loco, lo suficiente para darle un poco de cuerpo y un pequeño giro. Aseguro las partes delanteras de mi cabello hacia atrás y aplique el mínimo maquillaje. Doy un paso atrás para admirar mi trabajo. Me veo sencilla. Me veo bien y eso es exactamente lo que buscaba.
Vanesa se lleva un poco más de lo que esperaba en prepararse. Tenemos que salir dos horas antes de la pelea para evitar el tráfico y las masas de gente. En vez de ello, nos vamos una hora antes de la pelea. Por suerte, no hay pesaje para la clasificación amateur de esta noche de lo contrario sin duda nos la hubiéramos perdido. Conduzco sobre el límite de velocidad para llegar al centro de exposiciones lo más rápido posible. A mi lado,Vanesa cierra de golpe pequeñas botellas de vino. Afirma estar muy nerviosa,pero veo la gran sonrisa en su cara y apenas puede mantener sus piernas quietas. Está más emocionada y está confundiendo la adrenalina corriendo por sus venas como nerviosismo. Yo estoy nerviosa. Me siento enferma y el volante está húmedo por el sudor que se filtra de mis palmas. Cada intersección que paso contemplo hacer una vuelta en U y dirigirme de regreso a casa. Conduzco debajo del centro de exposiciones y encuentro un lugar de estacionamiento justo mientras alguien más está dando marcha atrás. ¡Me encanta cuando eso sucede!
Entro en el lugar y apago el coche. Me tomo un poco de tiempo para sacar las llaves del contacto.
―Paula, las peleas no son un problema tan grande. Es como el sexo, es entre dos adultos que consienten. ¡Es bestial y es divertido! Relájate un poco.  
¿Las peleas no son un gran problema? ¿Soy el único bicho raro que las encuentra terribles? Vanesa cae sobre sí misma mientras se arrastra desde mi coche, exhibiéndome su ropa interior blanca.
―¿Cómo puedes estar ya achispada? ―Me río de ella―. Sólo tomaste dos wine coolers .
―No he comido hoy. ―Endereza su corto vestido blanco y chasquea sus rubios rizos por encima del hombro―. Hagamos esto.  
Inhalo una gran bocanada de aire y lo dejó escapar.  
―Hagamos esto.

CAPITULO 39



Cuando salgo de trabajar al día siguiente, me siento con náuseas y preocupada. En tres horas estaré asistiendo a mi primera pelea y no estoy segura de qué va a suceder. Hazlo por papá. Hazlo por Pedro, me dije todo el día,pero todavía no ayudó a sacudir mis nervios.
Pedro terminó quedándose anoche y la expresión de su cara en la mañana cuando se dio cuenta que nos habíamos acurrucado toda la noche no tenía precio. Se fue temprano y luego volvió con mi coche.
Afortunadamente, la ventana no estaba agrietada.
Después de eso, se fue para ir a su sesión de entrenamiento. Me enteré que entrena dos veces al día durante tres horas cada vez. Cuando llegue a los profesionales va a entrenar tres veces al día a su límite máximo para poder mantenerse al día con todos los demás. Qué horrendo. Le ofrecí una barra de desayuno, pero se rió y dijo que necesitaba algo un poco más sustancial antes de salir corriendo por la puerta.
Conduzco a casa desde el trabajo, mordiéndome las uñas todo el camino. Cuando llego, Vanesa está sentada en mis escalones de la entrada. Le rogué a Pedro que me dejara llevar a Vanesa esta noche. Al principio estaba un poco frustrado porque la culpa por completo de lo que pasó anoche, pero finalmente cedió. La agitación llena mi estómago cuando me doy cuenta que no le he dicho a Vanesa lo de anoche. Necesito hacerlo. Tiene que avisarle a su amiga que Jose no es el tipo de chico con el que se debe estar pasando el rato. Salgo del coche y enderezo mi falda. Las cejas de Vanesa se arrastran frunciendo el ceño y sus labios se tuercen en un puchero. Uh-oh. Conozco esa
mirada.
―Sé que no llego tarde ―digo, subiendo los escalones―. Así que puedes borrar esa mueca de tu cara. ―Ella no se mueve mientras abro la puerta. Cuando está abierta, me sigue dentro.
―¿Qué diablos pasó anoche? ―Chasquea, cerrando de golpe la puerta detrás de ella.
Mi pecho se aprieta mientras un gran nudo se forma en mi garganta.  
―Tengo que hablar contigo acerca de eso. ―Me las arreglo para decir.
―¿Pedro le dio una paliza a Jose porque te acompañó hasta tu coche?¿Qué demonios, Paula?  
Retrocedo por su enfoque interesante, y sin embargo, completamente confuso de la historia.  
―Bueno, primero que todo…
―¿Por qué estaba Pedro allí en primer lugar? Mi amiga me asegura que Jose es un alma caritativa que no quiso hacer nada para provocar a nadie.¡Pedro es un maldito psicópata!  
Yo colapso. No sé qué pasó, pero de repente mi ira voló fuera de las gráficas.
―¡Cómo te atreves! ¡Eres mi mejor amiga! ¡Se supone que tienes que preguntar mi lado de la historia, no entrar arrojando acusaciones! ―le grito
y la cara de Vanesa se drena de color. Da un paso atrás y una lágrima se derrama por su mejilla―. ¡Pedro me salvó de ese mugriento pedazo de mierda quien prácticamente me atacó en el estacionamiento!  
Sus labios tiemblan y sus ojos verdes se ensanchan.
―Sí, eso es correcto. ―Mi voz es todavía fuerte y enojada―. Jose, él no-tan-caritativa-alma estaba demasiado bebido en la cena y me acompañó hasta mi coche. ¡Luego consideró oportuno poner sus manos y su boca sobre mí!  
―Paula, lo siento...
Yo inconscientemente cuento hasta diez… ocho... nueve... diez.  
―No es tu culpa. Me advertiste... después de sobornarme, pero aun así.Puedes decirle a tu amiga que Pedro no fue el problema.
Vanesa se lanza hacia mí y me tira en un abrazo. Le cuento toda la historia. Le digo que estaba un poco demasiado al máximo en la cena y que le envié un mensaje a Pedro en lugar de a ella.
―Pau… Siento que te haya pasado. No pensé que sería tan agresivo…  
―Dile a tu amiga que no debería pasar el rato con él. ―Sacudo la cabeza―. Él continuaba diciéndome que no iba a hacerme daño, pero nunca se puede estar demasiado segura.
Ella tira de un billete de cien dólares de su bolsillo trasero y lo extiende hacia mí, pero me niego a aceptarlo.
Algo no ajusta bien. Tomar el dinero por lo que pasó… se siente mal.
―Me haría sentir mejor si lo tomaras.  
―No lo quiero… No puedo tomarlo.
Discutimos sobre el dinero hasta que lo mete de nuevo en sus pantalones vaqueros.  
―¿Qué hacemos? ¿Se lo decimos a la policía?
Niego.  
―No puedo. Pedro lo lastimó… perdería todo. ―Tragué saliva―. La noche pasada ha terminado. Vamos a nunca hablar de ello y alistarnos para la pelea.  
Vanesa se precipita desde mi sala de estar hasta su coche. Arrastra la misma maleta que trajo cuando nos fuimos de fiesta.  
―Voy a hacerte el maquillaje.  
―No quiero exagerar esta noche, así que haré el mío.  
Ella me mira como si estuviera loca.  
―¿Eres conscientes de que vamos a una pelea, no?  
―Sí.
―Y va a ser grabada y pegada por todo Internet.  
―Sí.
Se encoge de hombros.  
―Haz lo que quieras, pero yo voy a verme bien.

lunes, 14 de abril de 2014

CAPITULO 38



Nos quedamos en silencio. No es embarazoso o incómodo. Es agradable y no quiero dormirme porque temo que nunca lo experimentaré de nuevo.
―Tengo una lucha clasificatoria mañana por la noche aquí en Maine. Si todo sale bien y gano, voy a estar en el torneo amateur de MMAC.
Eso explica todos los hombres de traje y entrenadores que han estado rondando a Pedro en el gimnasio, tomando notas.  
―Ven conmigo.
Una ráfaga de aire cayó de mi boca. Me sorprende que pidiera una cosa así. ¿Por qué me quiere allí? No puedo verlo pelear. Ni siquiera puedo soportar verlo en la TV.
―No puedo. No me gustan las peleas…
―Estabas golpeando una bolsa de boxeo en el gimnasio la semana pasada.
―Eso es diferente. Una bolsa es un objeto inanimado. Un ser humano es real… siente todo.
Me tira un poco hacia atrás e inclina su rostro justo encima del mío.
Traumatizada por Jose o no, mi cuerpo reacciona a él inmediatamente. Mi respiración se vuelve superficial y mis manos se mueven para jugar nerviosamente con el cordón de mis pantalones cortos.
―Quiero que estés donde pueda mantener un ojo en ti.
―Soy una niña grande. Voy a estar bien.
―Paula, las últimas dos veces que te he visto, te las has arreglado para meterte en algún lío. Primero fue el roofie y ahora esta noche… No voy a ser capaz de luchar lo mejor posible a menos que sepa que estás a salvo. ―Su dedo índice se desliza a lo largo de mi mandíbula y sus ojos se vuelven oscuros y serios―. Y eso es directamente en mi línea de visión.
―¿Por qué te importa?
―Te lo dije. Caes en la pequeña porción de mierda que me importa.
¡¿Pero por qué?!, quiero exigir. Hay tantas cosas pasando en la cabeza de Pedro que tengo que entender, pero él está haciendo que sea difícil para mí.
―Eres confuso.
Suspira y rueda hacia atrás sobre la almohada fijándome a su lado.
―Lo sé.  
―No quiero ir a tu pelea. ―Y eso es final.
―Tu padre vendrá.
Me quejo, cerrando brevemente los ojos.
―¿En serio?
Pedro asiente.
―Y le dije que vendrías así que está muy emocionado por toda la cosa padre-hija.
Me empujo sobre mis codos.
―¡Pedro! ¿Por qué hiciste eso?
―Tenía que tener un plan de respaldo en caso de que dijeras que no.
Me empujo lejos de él.
―No entiendes. No me gusta ver a la gente pelear. Es… bárbaro e inhumano. ―Carne magullada. Sangre. Huesos fracturados. ¿A quién le gusta eso?
―Es divertido ―argumenta, tirando de mí de nuevo hacia él―. Puedo decirle a tu padre que cancelaste. Estoy seguro de que no estará demasiado angustiado.
Sé que está jugando conmigo. Papá estará devastado si no voy. Toda mi vida ha tratado de convencerme de ver MMA con él o ir a pequeños eventos aquí y allá. No creo que Pedro se dé cuenta de lo alta que ha vuelto la
esperanza de mi papá.
―Bien… ―suspiro―. Voy a ir, pero no te enojes si mis ojos están cerrados todo el tiempo.
Pedro me abraza fuerte y me besa en la frente, dejándome sin aliento.
Cierro los ojos. No sé mucho acerca de Pedro Alfonso, pero sí sé que no es lo que parece. Sé que pone un frente fuerte, pero si esta noche es algún ejemplo, yo diría que no es lo que quiere que la gente piense. Hay una especie de
dulzura en él… y me gusta. No puedo tener nada bueno… porque no merezco lo bueno. Sonrío para mis adentros mientras sus palabras juegan a través de mi mente.
Merece lo bueno.

CAPITULO 37



Pedro me ayuda a subir al auto y maneja fuera del restaurante. Sigo repitiendo lo que casi ocurrió una y otra vez en mi cabeza. ¿Hice algo mal?¿Le di una señal equivocada en alguna parte? Una lágrima rueda por mi mejilla y rápidamente la limpio. No quiero llorar delante de Pedro.  
―No es tu culpa, Paula ―afirma, como si hubiera leído mi mente.
―Lo es. Vanesa me dijo que podía ser toquetón cuando bebía… Y sin embargo fui.
Frunció el ceño, sus manos agarraron el volante con más fuerza.
―¿Por qué?
―Porque le dije a Vanesa que lo haría y pensé que sería capaz de evitarlo.
Incluso me doy cuenta de lo completamente idiota que suena. Pedro y yo no hablamos durante el resto del viaje y cuando nos detenemos frente a mi casa, me ayuda a bajar del auto. A veces, para un hombre con problemas de actitud, es un amor. Me acompaña a las escaleras y yo abro la cerradura.
Antes de abrir la puerta, me doy vuelta para mirarlo y él me mira a través de sus pestañas desde un escalón inferior. Desde este ángulo parece tan vulnerable, tan inocente.
―¿Puedes quedarte conmigo? ―Las palabras salen de mi boca antes de que tenga la oportunidad de pensar en ellas. Se endurece notablemente y su mirada cae de mi cara a la escalera.
―No creo que…
―Por favor... no quiero estar sola. Puedes irte cuando esté dormida, si quieres….
Me analiza por un rato antes de asentir y subir el resto de la escalera.
Cuando entramos en mi casa, Pedro se quita sus zapatos y yo paso la sala de estar con poca luz hacia mi dormitorio. Enciendo el interruptor y miro a Pedro. Parece incómodo y no tengo ni idea de cómo hacerlo más fácil para él.
Dudo que alguna vez haya mantenido compañía femenina de forma no sexual hasta que se duerma y el pensamiento me hace sonreír un poco.
Agarro un par de boxers y una camiseta sin mangas del final de mi cama y me los pongo en el baño. Me lavo los dientes para eliminar el sabor de la cerveza de segunda mano y cuando vuelvo a mi habitación veo que Pedro se ha sacado su sudadera, pero se ha dejado puesta la camiseta blanca. Todavía está parado en el mismo lugar, incómodo y reprimo una sonrisa mientras apago la luz del techo. Cruzo la habitación para encender la lámpara y luego me meto en la cama. Para mi sorpresa, los brazos de Pedro me agarran de forma que mi cara está en su pecho y su nariz está enterrada en mi cabello.
Él es tan caliente, quiero acurrucarme más cerca y envolver mis piernas a su alrededor. Toma todas mis fuerzas no recorrer su cuerpo con la mano libre que se apoya en mi pierna.
―Lo siento mucho, Paula ―dice. Sus labios se mueven contra la parte superior de mi cabeza.
―¿Por qué?
―Por no esforzarme más en aclarar las cosas entre nosotros después de la cena. Si lo hubiera hecho, tal vez esto podría haberse evitado.
―Lo que pasó con Jose no es tu culpa… ―Me detengo a contemplar mis próximas palabras―. No debería haber estado de acuerdo en ir y definitivamente no debería haber aparecido a pesar de que sabía que iba a ponerse toquetón. Todo esto grita yo, no tú.
Mis dedos se crispan cuando levanto la mano de mi pierna y la muevo hacia su cuerpo. Quiero frotar su pecho y sentir el calor de su piel bajo mi mano, pero la apoyo en su cadera en su lugar y Pedro se tensa debajo de mi contacto.
―Puedes relajarte. ―Me río―. No voy a arrojarme encima de ti otra vez.
En mi cabeza siento que sus labios sonríen.
―No eres tú quien me preocupa.
Él tira de mí apretándome más y me siento segura. Sólo espero poder pagarle a Pedro por esta noche, en algún momento. 
―Siento haber huido de la cena la semana pasada ―murmuro.
―Está bien, no te culpo. Puedo ser un poco idiota.
―¿Realmente no te gusta hablar de ti mismo?
―No.
El silencio llena la habitación y, normalmente, me gustaría presionar,pero no quiero arruinar esto. Mi ritmo cardíaco se acelera en el silencio y la adrenalina de esta noche comienza a desaparecer. Hay un estrechamiento en mi garganta y parece que no me lo puedo quitar. Pedro toma una profunda inhalación por la nariz.
―No tengo la vida más interesante. ―Exhala―. Pero hay una cosa que puso mi mundo completamente al revés… mi padre murió de cáncer hace dos años, justo antes de mi pelea por el campeonato de aficionados en el torneo MMAC. Envuelvo mi brazo alrededor de su cintura y mi pecho se comprime.
Esto es de lo que mi padre hablaba el primer día que vi a Pedro en el gimnasio. ¿El drama familiar era la muerte de su papá?
―Dejé de hacer MMA para cuidar de mi madre y mi hermana.
La idea de que Pedro tuviera una hermana pequeña calienta mi corazón.
Sólo puedo imaginar lo protector que es con ella.
―¿Y ahora has decidido volver a intentarlo?
―Sí, es lo que él hubiera querido. Todo lo que sé acerca de MMA, lo aprendí de él.
―Bueno, estoy segura de que está muy orgulloso de ti.
Se encoge de hombros.
―Tal vez… era un hombre difícil de complacer.
―Suena familiar. ―Me río.
Él me aprieta el brazo entre el dedo índice y el pulgar haciéndome reír a carcajadas.
―No soy tan malo.
―Lo sé.  

CAPITULO 36



―Suéltala. ―Pedro no levantó la voz, pero la frialdad en ella llamó la atención de Jose.
―Vete a la mierda ―escupe―. Estamos ocupados.
Sus pequeñas manos acunan mis pechos y dejo escapar un extraño sonido ahogado de mi garganta. Mi estómago se agita y gira. Creo que voy a vomitar. La cálida mano de Pedro me agarra del brazo y me saca de un tirón
desde debajo de Jose. Me pone con seguridad detrás de él, y cuando miro alrededor de su enorme cuerpo, Pedro golpea la cara de Jose contra el lado
de mi auto. Inhalo y mis manos vuelan hasta cubrir mi boca cuando claramente escucho un crujido y no sé si es mi ventana o la nariz de Jose.
Jose rueda alrededor del piso del estacionamiento apretando su rostro. Me agarro a la cintura de Pedro y me meto detrás de él. Pedro envuelve un brazo alrededor de su espalda y me presiona más a él. Mis manos están
temblando… yo estoy temblando. Pedro camina hacia Jose de nuevo, pero lo aprieto más fuerte.
―Por favor, detente ―le ruego, y ni siquiera estoy segura de por qué quiero que Jose esté a salvo. Entonces me doy cuenta de que no es por Jose. Él no podría importarme menos. Es por Pedro. No quiero que haga algo estúpido por mi culpa. Pedro envuelve un brazo alrededor de mi hombro y me guía lejos de mi auto y lejos de Jose. Pronto, me encuentro apoyada en su Range Rover. Pedro está caminado en el hormigón frente a mí, respirando con dificultad y pasando los dedos por su cabello. Doy un paso adelante―.¿Pedro? ¿Estás bien?
Inclina la cabeza hacia el cielo nublado, pero su respiración no se hace más lenta. Camino más cerca de él y coloco mis manos sobre su pecho y los lados de su cuello. Inclina la cabeza hacia mí, pero no puedo ver su expresión, está demasiado oscuro. Su respiración se ralentiza y saca mis
manos de su cuello, dejando que su pulgar se deslice sobre la parte superior de mi mano.
―Estás temblando. ―Su voz es baja y suave.
―Sí… yo… no puedo parar.
―Estás en shock. Tenemos que llamar a la policía.
―No, no podemos. Le hiciste daño. Eres un luchador de MMA,¿verdad? No puedes lastimar a la gente. Perderás todo lo que has trabajado.
―Se encoge de hombros, pero lo siento tenso―. Le diré a Vanesa y ella puede decirle a su amiga.Él asiente.
―Entonces, al menos deja que te lleve a casa.
―¿Qué pasa con mi auto?
―Lo recogeré mañana.

domingo, 13 de abril de 2014

CAPITULO 35



Jose tiene la puerta abierta para mí y me esfuerzo para no mirar por encima de mi hombro mientras salimos del restaurante. El estacionamiento está vacío de cualquier persona y la iluminación es tenue. Me estoy pateando por no haber conseguido un espacio más cerca de la puerta. Puedo oír sus pies rayando molestos sobre algunas piedras y creo que le oí tropezar un par de veces, también. A lo lejos puedo ver mi auto y casi corro hacia él.
Desbloqueo la puerta y agarro la manija. Jose agarra mi otra mano y presiona sus labios en ella.
―Fue un placer conocerte. ―Su voz se arrastra y sus ojos se diluyen en rendijas borrachas.
Me duele la cara de tantas sonrisas falsas.
―A ti también.
Trato de retirar de mi mano, pero no la suelta. Tomo una respiración profunda para calmarme.
―Jose, suéltame ―digo con la voz más tranquila.
―No voy a hacerte daño. Sólo quiero un beso de buenas noches. ―Tira de mí hacia él y sus manos se empujan hacia mi culo mientras me aprieta con fuerza contra él. Me giro y me vuelvo todo lo que puedo para escapar de su rostro. Como resultado, su boca se encuentra con el lóbulo de mi oreja y un repugnante escalofrío me abruma cuando su lengua recorre mi oreja.
―Eres tan hermosa. ―Su aliento es cálido y pegajoso en mi piel.
Lo empujo, pero él no se mueve. Mi corazón golpea contra mis costillas y dolorosos zarcillos de miedo se clavan en mi estómago.
Trato de levantar mis rodillas, pero está demasiado cerca y se ha posicionado en un ángulo extraño. No tengo impulso y no hay manera de golpear su porquería.
―¡Jose! ―le susurro con urgencia cuando veo la feroz figura de Pedro aproximándose―. ¡Suéltame!
―Sólo quiero un beso. Sólo uno. No voy a hacerte daño.