domingo, 13 de abril de 2014

CAPITULO 35



Jose tiene la puerta abierta para mí y me esfuerzo para no mirar por encima de mi hombro mientras salimos del restaurante. El estacionamiento está vacío de cualquier persona y la iluminación es tenue. Me estoy pateando por no haber conseguido un espacio más cerca de la puerta. Puedo oír sus pies rayando molestos sobre algunas piedras y creo que le oí tropezar un par de veces, también. A lo lejos puedo ver mi auto y casi corro hacia él.
Desbloqueo la puerta y agarro la manija. Jose agarra mi otra mano y presiona sus labios en ella.
―Fue un placer conocerte. ―Su voz se arrastra y sus ojos se diluyen en rendijas borrachas.
Me duele la cara de tantas sonrisas falsas.
―A ti también.
Trato de retirar de mi mano, pero no la suelta. Tomo una respiración profunda para calmarme.
―Jose, suéltame ―digo con la voz más tranquila.
―No voy a hacerte daño. Sólo quiero un beso de buenas noches. ―Tira de mí hacia él y sus manos se empujan hacia mi culo mientras me aprieta con fuerza contra él. Me giro y me vuelvo todo lo que puedo para escapar de su rostro. Como resultado, su boca se encuentra con el lóbulo de mi oreja y un repugnante escalofrío me abruma cuando su lengua recorre mi oreja.
―Eres tan hermosa. ―Su aliento es cálido y pegajoso en mi piel.
Lo empujo, pero él no se mueve. Mi corazón golpea contra mis costillas y dolorosos zarcillos de miedo se clavan en mi estómago.
Trato de levantar mis rodillas, pero está demasiado cerca y se ha posicionado en un ángulo extraño. No tengo impulso y no hay manera de golpear su porquería.
―¡Jose! ―le susurro con urgencia cuando veo la feroz figura de Pedro aproximándose―. ¡Suéltame!
―Sólo quiero un beso. Sólo uno. No voy a hacerte daño.

CAPITULO 34


Jose se desliza de nuevo en su asiento junto a mí y yo empujo mi teléfono en mi bolso. No tengo tiempo de responderle a Pedro. Una mesa para dos queda libre frente a nosotros y soy consciente de que es la única disponible en todo el restaurante. Miro la línea de espera… sólo familias
grandes esperan. En silencio, rezo para que llegue una pareja y tome la mesa antes de que Pedro aparezca. Él probablemente se sentará justo frente a mí y hará esto tan tortuoso como pueda. El camarero trae nuestra comida y me ocupo de comer mi ensalada. Mientras llevo lechuga y pollo a mi boca, no puedo dejar de notar los ojos de Jose clavados en mí. Trato de ignorar la forma en que me mira de cerca mientras como las piezas de un delicioso pollo a la parrilla o duros tostones. Lo miro y sus ojos están siguiendo el tenedor cuando lo llevo a la boca y se queda mirando mis labios cuando se cierran alrededor de la comida. El pollo, el tomate y la lechuga forman una barricada en mi garganta, luchando su camino hacia abajo mientras me obligo a entablar una conversación con Jose. Voy a hacer cualquier cosa para conseguir que deje de mirarme fijamente.
―Háblame de ti.
El Sr. Escalofriante me dice todo sobre su vida. Tiene un niño llamado Jonathan y no puede verlo porque la “perra puta” de su ex no se lo permite.
Aparte de eso, no le estoy prestando mucha atención a lo que está diciendo… Estoy demasiado concentrada en la puerta principal. Cada vez que alguien entra mi corazón se salta un latido. Estoy inquieta porque no sé qué va a pasar…
No es hasta que terminemos la cena y circula el postre que veo el gran marco de Pedro entrar en el restaurante. Sus ojos me encuentran inmediatamente y el alivio se apodera de sus características. Parece que ha llegado del gimnasio. Lleva una sudadera con capucha blanca y pantalones
deportivos negros. Incluso poco arreglado provoca un travieso calor dentro de mí. Me aclaro la garganta. Todavía estoy enojada con él.
Pedro ve a Jose y sus ojos se oscurecen cuando Jose roza su mano sobre mi hombro antes de descansar en la parte posterior de mi silla. Jose huele a alcohol. Él se ha tomado innumerables cervezas y está hipando por todo el lugar. Genial. Va a tratar de besarme. Dejo caer mi mirada a la mesa.
Jose está mascullando acerca de algún evento de motocross y cuando levanto la mirada Pedro se está sentado a la mesa frente a nosotros. Su espalda está hacia mí, pero sé que está escuchando.
―¿Quieres venir?
Giro la cabeza hacia Jose.
―¿Hm?
―¿A motocross mañana por la noche?
Me pongo colorada. Esto es incómodo.
―No… No me gustan las motocross.
―¿Podemos hacer otra cosa si quieres? ―Su silla raspa el suelo mientras se arrastra más cerca de mí. No puedo respirar mientras frota mi espalda y su otra mano acaricia mi rodilla. Se balancea ligeramente en su silla y ya he tenido suficiente.
―Me voy a ir ―murmuro, deslizando mi silla hacia atrás.
―Bueno ―exhala imitándome y poniéndose de pie―. Por lo menos deja que te acompañe a tu auto.
Pedro gira su cabeza y puedo ver todo el lado de su cara. Su mandíbula se flexiona bajo su piel y sé que quiere que le diga que no.
―No, está bien. Quédate y termina tu cerveza.
―Oh, por favor ―dice riendo―. Insisto.

CAPITULO 33



Los siguientes veinte minutos se llenan de sórdidos comentarios,lamentables líneas de levante y en ocasiones su mano roza mi muslo.
Cuando se excusa para ir al baño, saco mi teléfono de mi bolsa. Mis dedos tocan la pantalla rápidamente mientras compilo mi mensaje de texto.
 
PARA: PEDRO. HORA: 7:00 PM
¡Voy a matarte! ¡Este tipo es escalofriante! No puedo esperar a que la cena termine. ¡Voy patearte el trasero!
 
Tengo una respuesta casi de inmediato.
 
DE: PEDRO. HORA: 7:01 PM
¿Dónde estás?
 
Mis cejas se juntan y respondo.
 
PARA:PEDRO. HORA: 7:01PM
¿Estás drogada? Estoy con Jose... TU cita en Phillip’s Gourmet.
 
Tecleo enviar y leo de nuevo los mensajes. Es extraño, incluso para ella.
Mi estómago se hunde a mis zapatos y mi mano vuela hasta taparme la boca.
―Oh, no. ―No, no, no, no… Pedro está directamente sobre el de Vanesa en mi lista de contactos y debo haber hecho clic en su nombre sin darme cuenta.  
Siento ganas de vomitar. Una súbita sensación de calientes lágrimas nerviosas atraviesa mi cuerpo cuando mi teléfono vibra y veo el nombre de Pedro.
 
DE: PEDRO. HORA: 7:03 PM
Estoy en camino.

sábado, 12 de abril de 2014

CAPITULO 32



Todas las miradas frustradas que recibo de las familias de cuatro integrantes están arruinando rápidamente mi noche. Estoy de acuerdo que la mesa de cuatro personas en la que estoy sentada junto a la gran ventana es un poco innecesaria, pero todas las mesas para dos están tomadas. No es mi culpa que el camarero me sentara aquí. Yo habría estado feliz en la barra.
La otra mitad de esta cita a ciegas no ha aparecido todavía y será mejor que lo haga, porque si soy plantada por un tipo que ni siquiera he conocido todavía, voy a estar enojada.
Un hombre rubio con los pantalones vaqueros de corte para botas y una camisa formal gris claro, se me acerca. Los dos primeros botones de su camisa están abiertos, exponiendo una pequeña cantidad de pelo en el pecho. Es muy guapo y tiene brillantes ojos azules. Rastrillo mis ojos por su cuerpo alto. No soy tan baja, pero este tipo me hace sentir como un hobbit.
Él es incluso más alto que Pedro y estimo que Pedro debe medir por lo menos un metro ochenta y cinco.
―¿Eres Vanesa?
Sonrío educadamente.
―No, Vanesa no pudo llegar. Soy su amiga, Paula.  
Su boca se extiende en una amplia sonrisa lobuna y como que me da escalofríos. Creo que quiere devorarme… y no en el buen sentido. Me siento incómoda cuando se desliza en el asiento junto a mí en lugar de sentarse frente a mí como lo haría una persona normal. Trato de no asumir que
quiere decir algo con eso. Esto es una cita… después de todo. Su mirada está apuñalando mi cuerpo, como pequeñas dagas afiladas pinchando cada centímetro de mi cuerpo y me siento…... expuesta. Incómoda. Asqueada.
―Soy Jose ―dice.
Esa mirada aguda y espeluznante suya deriva abiertamente a mis pechos antes de regresar a mi cara. Volviéndome dolorosamente consciente de la camiseta que estoy usando. Tiene un cuello redondo que se sumerge hacia bajo en la parte delantera. Cruzo el brazo sobre mi pecho y me apoyo
sobre mi codo, fingiendo que no me di cuenta.
―¿Has ordenado? ―pregunta.
―No, vamos a pedir ahora. ―Rápidamente chasqueo los dedos a un camarero que pasaba. Cuanto antes termine, mejor. Pido una ensalada de pollo y él ordena una carne y dos cervezas. Cuando las cervezas vienen, está claro que ordenó las dos para sí mismo. Mientras esperamos trata de
conversar conmigo y yo soy muy exigente con la información que comparto con él. Algo de ello lo invento. No ha hecho nada más para causarme rechazo, pero no me gusta la onda que está emitiendo. Me vuelvo consiente de mi apretada falda lápiz negro cuando su rodilla roza la mía y cruzo mis piernas para mantenerlas alejadas de él.
―Si no te importa que lo diga, eres muy hermosa.
Mi estómago se revuelve, pero me obligo a sonreír.
―Gracias.
Voy a matar a Vanesa cuando la vea después.

CAPITULO 31


Ha pasado una semana desde la noche con Pedro en 
Salsa´s. No he ido al gimnasio y papá ha estado reventando mi teléfono comprobándome al menos, dos veces al día. Me dice que Pedro ha estado distante y más agresivo
que de costumbre. Por supuesto que me culpa, pero no hago caso de ello y sigo haciéndome la tonta. No debería importarme y estoy segura de que no me importa. Ramiro no me ha contactado en más de una semana tampoco y
eso me ayudó a mantener mi mente clara. El único contacto que he tenido del sexo opuesto, además del trabajo y las cosas de todos los días fue la tarjeta que Pedro había atascado en la puerta cuando yo estaba en el trabajo
hace dos días. Decía:

Lo siento, llámame. Pedro 

Y tenía su número tendido claramente a lo largo de la parte inferior.
Guardé su número en mi teléfono, pero sin embargo, aún no le he dado un vistazo. Realmente no quiero escuchar lo que tiene que decir. No estoy de humor para su “Me importa, pero no me importa”, con el “Te deseo, pero no puedo dejarme tenerte”, tipo de discursos.
No he visto a Vanesa desde que salió de mi casa cuando regresamos del gimnasio la semana pasada. Dice que ha estado muy ocupada con el trabajo y su papá está enojado con ella porque se presentó a trabajar borracha.
Típico de Vanesa.
Saludo con la mano a Carlos, quien ahora me está hablando de vuelta como si no lo hubiera rechazado, y me voy del trabajo. Tengo que caminar más de un kilómetro para llegar a mi auto y para cuando llego, mis pechos están sudorosos y mis piernas duelen. He estado exagerando en lo que
respecta a correr en la última semana. Es mi única liberación.
Conduzco a casa, me ducho y me pongo el pijama. Nada suena mejor que una cena caliente y televisión para mí en este momento. La comida congelada está cubierta de una fina capa de hielo del congelador. Ha pasado un tiempo desde que he comido una cena para microondas. Cuando cierro la puerta del congelador, una foto colorida me llama la atención. Mi rostro más joven se retuerce en un frustrado ceño mientras los labios color cereza de mamá están firmemente apretados contra mi mejilla. Mi hermano está de pie detrás de nosotras, aplastándose a sí mismo en la foto. Su cabello color marrón claro está hacia arriba y sus oscuros ojos verdes están iluminados por el flash. Me encanta esta foto. Me recuerda un tiempo en que todo lo que teníamos era el uno al otro… pero entonces Agustin y yo crecimos y quisimos algo para nosotros mismos. Nunca entendí por qué mis padres estaban tan desesperados por tenerme de vuelta bajo su ala y todavía no lo hago, pero
esta foto me ayuda a lidiar con ello.Agustin y yo somos su vida.
Meto la cena en el microondas y tecleo dos minutos. Mientras espero,mis ojos caen de nuevo en la foto. Debería llamar a mamá. Tomo mi teléfono y me dejo caer en el sofá. Ha pasado tiempo y la extraño. Mientras suena, me siento incómoda y no puedo encontrar una posición a gusto. Tomo uno de los cojines cuadrados de mi sofá y lo coloco en mi regazo.
―Hola, residencia Chaves ―responde mamá.
―Hola, mamá…
―¡Paula, cariño! ―arrulla―. ¿Cómo estás?
―Bien. ―Me pongo a tirar un pedazo suelto de cuerda que cuelga de una esquina de mi almohada―. ¿Cómo van las cosas?
―Bien. Tu padre me ha dicho que no has estado apareciendo en el gimnasio… Si pasa algo malo, sabes que siempre hay un lugar aquí.
―Lo sé, mamá. Ten la seguridad de que nada está mal, sólo he estado ocupada. ¿Has oído de Agustin ―pregunto, cambiando de tema.
―Oh, sí. Está en Pakistán descansando ahora. Debería estar en casa en cinco meses antes de tener que volver a mudarse otra vez. Cariño, ¿vas a venir a cenar el domingo? Exhalo. Me había olvidado de eso.
―Sí, voy a estar allí.
―Bien, bien. Haré pastel de carne y verduras asadas.
―Yum.
Mamá se ríe con emoción a través del teléfono, haciéndome sonreír.
―Me tengo que ir. Tengo un montón de Gossip Girl para ponerme al día.
―Está bien cariño. Nos vemos el domingo. Te quiero.
―Yo también te quiero.
Cuelgo y sonrío. Esa llamada debería mantenerla feliz por un rato. El microondas suena y saco el arroz con pollo frito. Tiro del plástico y tan pronto como se abre un poco, el vapor se vierte quemando las yemas de mis dedos.
―¡Ay! ―chillo, chasqueando lejos los dedos y metiéndomelos en la boca para aliviar la quemadura. Dejo el plato en el mostrador para que se enfríe y me inclino sobre el lavabo para colocar mis dedos bajo el agua fría.
Estoy distraída cuando mi teléfono se sacude sobre el banco emitiendo un ruido vibrante y molesto. Me inclino para echar un vistazo a la pantalla. El nombre de Vanesa en grandes letras gruesas parpadea en la pantalla.
¿Debería contestar? No voy a salir esta noche, no importa lo mucho que ruegue.
―La respuesta es no ―digo de inmediato, contestando el teléfono con la mano seca y colocándolo contra mi oído.
―Jesús, Pau, ten un poco de fe, ni siquiera sabes por qué estoy llamando.
El agua fría del grifo calma mis dedos mientras los sumerjo más a fondo bajo el agua corriente.
―¿Es para ir a bailar?
―No, en realidad.
Me hundo de alivio, cortando el agua.
―Suéltalo.
―¿En una escala de uno a diez cuán ermitaña y solitaria estás?
―Uno. Soy una ermitaña feliz ―contesto, tirando del paño de cocina sobre la estufa para secar mi mano.
―No mientas. Has sido una amargada desde tu cita con Pedro.
―No fue una cita. ―Empujo rápidamente―. Fue una cena. Y no es que realmente comiera.
―Lo que sea. Mira, necesito un favor… Perdí una apuesta con una amiga y ella me armó una cita a ciegas con un hombre sólo que no puedo llegar.
―De ninguna manera. No lo voy a hacer.
―Paula, por favor, te lo estoy rogando. Es sólo una cena. ―No respondo y ella exhala profundamente―. Te pagaré cien dólares.
El dinero hace que lo considere.
―¿Dónde y cuándo? ―le pregunto con curiosidad.
Puedo verla saltando arriba y abajo en este momento.
―Phillip´s Gourmet, mañana por la noche.
Me quejo.
―¿A qué hora?
―Seis y media… ¿vas a hacerlo?
Suspiro, tamborileando mis dedos en un ritmo parejo sobre la mesa.
―Sí, lo haré por ti y es mejor que me pagues.
―Lo haré. Muchas gracias, esto va a salvar por completo mi culo.
―Espero que no vaya a esperar nada de mí porque no planeo quedarme con él mucho tiempo.
―Estará bien. Él puede ser un poco toquetón si bebe demasiado, pero es inofensivo así que no enloquezcas si trata de besarte.
―Espera, ¿qué?
―Gracias de nuevo, Pau. Te quiero.
―¿Vanesa? ¡Mierda!
Deslizo mi teléfono a través de la banca. ¿Por qué me meto en estas cosas?

CAPITULO 30



Salgo hecha una furia del restaurante al estacionamiento. Caminaré a casa. No está tan lejos. Mis tacones traquetean contra la acera de concreto debajo de mí. No he llorado todavía, estoy muy enojada, pero sé que lo haré más adelante y no va a ser porque Pedro me dijo que es incapaz de relacionarse o porque le gusta tirarse a chicas al azar.

Será porque soy estúpida y débil. Voy a llorar porque dejé que Pedro me enojara, un desconocido que no sabe nada acerca de mí me ha molestado y me odio por ello. Por el rabillo de mi ojo, veo un auto blanco disminuir la velocidad a un ritmo de paseo.
 ―Paula, entra en el auto ―dice él.
 Su voz envía pavor a través de mi estómago. Lo desestimo y aumento mi ritmo.
 El auto se jalonea a una parada y él salta fuera. Gruesos y fuertes brazos se apoderan de mi cintura y me lanza por encima del hombro.
 ―Jesucristo, Pedro. Déjame en el suelo ―grito.
Él abre la puerta del pasajero y me sienta en el asiento. Se extiende y tira del cinturón de seguridad por encima de mí, encerrándome apretadamente. La puerta se cierra de golpe y salto un poco. Se sube de su lado y dice:
―Te he hecho enojar, por lo menos deja que te lleve a casa.
Bajo mi ventana para que entre aire fresco en mi cara y no miro a Pedro en ningún momento. Abro la puerta y salgo antes de que el auto se detenga por completo. Pedro me llama, pero lo ignoro. Sólo puedo distinguir el sonido
de su teléfono sonando y a él gruñendo más frustrado con cada segundo que pasa. Estoy casi en la cima de la escalera cuando él contesta su teléfono.
 ―¿Qué? ―reniega. Su voz es tan fría como el hielo y tropiezo para conseguir mi llave en la puerta―. ¿Otra vez? ¿Está jodidamente bromeando? Bien.
Doy un paso dentro y cierro la puerta de golpe mientras su auto acelera lejos de mi apartamento. Lanzo mi bolso de mano a través del cuarto,gruñendo con furia. Ahí va el gimnasio, en el que me gusta hacer ejercicio.
Nunca voy a volver allí de nuevo. No puedo soportar verlo. Me enojaría demasiado. Suspiro. Va a matar a papá cuando descubra que voy a un gimnasio nuevo.
Tal vez voy a probar el nuevo veinticuatro horas que acaba de abrir en la calle principal. A la mierda. Voy a correr  una manzana o dos en su lugar.
Me dejo caer en el sofá y protejo mi cara con una almohada. Me quedo allí por un rato pensando en todas las cosas que me dijo. Me paso una buena parte de la noche tratando de descifrarlo, pero no puedo.
Él es ilegible.

viernes, 11 de abril de 2014

CAPITULO 29



He cambiado de atuendo como un millón de veces ya y Pedro debería llegar en cualquier momento. 

Primero, oscilé entre cuatro maxi-vestidos,pero decidí que eran demasiado seguros, de modo que me moví a los jeans y suéteres. 

Unos minutos más pasaron y no tengo más remedio que usar un par de jeans ajustados con un pequeño par de zapatos negros de tacón. 

Me saco un suéter lila y le doy una patada hacia el armario. El púrpura y cualquier variación del color no le sientan bien a mi tez blanca. Saco un top de encaje negro de las profundidades de mi armario, maldiciéndome por ser floja en la colada. 

No tiene mangas, un top de corte alto, deteniéndose justo antes de mi cuello. El tejido sólido cubre mi estómago y mis pechos. Desde el pecho para arriba es de encaje, dándole un estilo sofisticado, pero no de demasiado buena chica.
Sonrío para mis adentros y entro en el cuarto de baño. Seco y aliso mi cabello sin problemas y en el segundo que termino mi maquillaje hay un golpe firme en la puerta que me tira todo el camino hacia ahí. 

Enderezo mis jeans y muevo rápidamente mi cabello sobre mis hombros. Humedad inunda la palma de mis manos y siento náuseas. 
Oh, Dios. ¿Qué estoy haciendo? 
Agarro la manija y abro la puerta. Pedro se apoya contra el barandal, jugueteando con las llaves del auto en su mano. 

Doy un suspiro de alivio sutil cuando veo que está vestido de manera informal con un suéter negro que esta enrollado hasta los codos. 

Se ve tan deliciosamente guapo y mi interior aletea. Sus ojos rastrillan mis jeans ajustados y el top de encaje con aprobación. 

Una suave brisa empuja su aroma en mi dirección y me envuelve. Es una deliciosamente atrayente, nada como la loción que Ramiro acostumbraba usar. 

Me aclaro la garganta nerviosamente y salgo de mi casa,cerrando la puerta detrás de mí.
―Te ves bien ―dice, sonriéndome.

Jesús. Ni siquiera hemos salido de mi casa todavía y ya quiero arrojarme sobre él. 
 ―¿No te gustó el vestido que usé la otra noche? ―bromeo.
 ―Veo ese tipo de vestidos todo el tiempo. ―Su mano se envuelve alrededor de la mía y el gesto causa que mi corazón se acelere―. A veces, más es menos.
Me ayuda a bajar las escaleras y trato de controlar mi pulso bajo su toque. Pedro no me parece que sea un agarrador de manos lo que me lleva a mi siguiente pregunta, ¿a qué está jugando? No hace lo de novias y para alguien que está preocupado porque no puedo separar mis emociones del sexo, con seguridad está haciendo todo lo posible para asegurarse de trabajar su camino bajo mi piel. 

Abre la puerta del auto para mí, como lo había hecho la noche en el club y me subo.Pedro cierra la puerta y salta en el asiento del conductor antes de alejarse de mi apartamento.

El viaje hasta el restaurante es breve y me estremezco cuando rodamos dentro del estacionamiento de Salsa´s. Me duelen los músculos faciales por mantener una sonrisa amable en mi cara. No quiero volver a comer comida mexicana de nuevo, nunca. 
Me deslizo desde el auto y caminamos hacia el restaurante, de la mano. Estamos sentados inmediatamente en un lugar apartado de la esquina trasera y escondidos de los ojos evaluadores. 

Parece que mucha gente sabe quién es Pedro y las miradas empiezan a ponerme nerviosa. 

Me deslizo sobre el plástico negro sobre la mesa junto a mí mientras una joven viene y toma nuestra orden. 

Pedro ordena un gran plato de tacos de bistec, una ensalada y una porción de papas fritas mexicanas para nosotros dos. 
Cuando ella se va, su atención esta únicamente en mí y juego con mi tenedor, girándolo con mis dedos,pretendiendo que no estoy incómoda por su mirada cautivadora. Pedro parece un poco ansioso, su pecho subiendo y bajando un poco rápido y cada pocos minutos rastrilla sus dientes sobre su labio inferior. 
 ―Probablemente te estés preguntando por qué te invité a cenar ―dice,eventualmente.
La camarera vuelve y coloca dos vasos en la mesa, llenándolos de agua. Pedro se inclina hacia atrás en su silla, poniéndose cómodo y con su dedo índice acaricia lentamente el borde del vaso. Asiento.
 ―Estoy tratando de hacer las paces contigo. 
Nerviosa, alcanzo mi vaso y lo llevo a mis labios. Por desgracia, el agua fría no hace nada para aliviar el fuego ardiendo dentro de mí. 
―¿Para qué?

 ―Parece que has tenido una semana difícil y probablemente la hice empeorar. 
 ―Lo hiciste ―respondo. Realmente no quiero sonar como una perra,pero por alguna razón no puedo sacudirlo. Estar de vuelta en este restaurante me pone ansiosa. Se inclina hacia adelante en su silla. 
 ―Mira, no puedes seguir manteniendo un rencor contra mí porque no dormí contigo y antes de que tu cerebro de chica sobre-analice lo que estoy diciendo, no eres fea, no eres gorda y no es porque te lanzaste a mí.―Frunzo el ceño hacia él y la comisura de sus labios se tuerce antes de volver a ponerse serio―. Si te permito tenerme estoy casi seguro que no serías capaz de manejarme, ni siquiera me conoces y mira lo enojada que te pongo. Soy un desastre. Soy terco, egoísta, malcriado y un poco demasiado orgulloso. Actúo como si me importara un carajo, y la mayoría de las veces no lo hace, pero hay una pequeña parte de mí que se preocupa demasiado y por alguna razón… caes en esa parte. No me preguntes por qué, porque no tengo ni idea y me ha estado volviendo jodidamente loco. ―Se inclina hacia atrás en su silla y saca un palillo de su bolsillo. Se lo mete en la boca y lo muerde mientras piensa. Antes de que hable sus cejas se elevan―. No puedo tener algo bueno… porque no me merezco lo bueno. 
Frunzo el ceño un poco, pero nunca le quito los ojos de encima. Así que, ¿todo esto es realmente acerca de él, no de mí? ¿Por qué caigo en esa parte? ¿Por qué se preocupa por mí? Desde donde estoy sentada, parece tan vulnerable y joven. 
 ―Continúo tocándote porque no puedo parar y como he dicho antes,voy a hacerte daño y pronto vas a ser tú la que tenga que decirme a mí que retroceda porque mi resistencia se está acabando. ―Sus ojos se estrechan―.Si no me rechazas y te decides a dejarme entrar… Recuerda que no tengo novias y no creo sentimientos. Si sales lastimada, está en ti. No en mí.

El peso de sus palabras descansa sobre mi pecho y me siento frustrada porque piensa que le iba a dejar entrar después de todo lo que acaba de decir. Tal vez debería decirle que retroceda ahora… eso me ahorraría la molestia de hacerlo cuando decida dejarse ir tras de mí. 
 ―No quiero ser una de esas chicas ―digo en voz baja. Él levanta una ceja y continúo―: Las chicas en el gimnasio que vienen por ti y las alejas…No quiero ser una de ellas. Ofendes a las mujeres.
Sus ojos brillan y una amplia sonrisa se extiende por su rostro. Él realmente encuentra lo que dije divertido.

 ―No, las trato como quieren que las trate. Ellas quieren follar, así que las follo. Eso es todo.

―¿Y si una de ellas quiere más de ti?

―Tendrían que ser muy especiales para cambiar mi postura de las relaciones. ―Lanza su palillo de dientes en la mesa―. Nadie ha tratado de llegar a conocer el verdadero yo, pero puedo tomar toda la culpa por eso. 
 ―Así que, háblame de tu verdadero yo.
 Él me guiña un ojo.
―Buen intento. 
―Me trajiste a cenar pero, ¿no podemos hablar de ti?
 Niega.
―Te traje a cenar para disculparme y para darte una advertencia. Eso es todo.

Presiono el tenedor en mi dedo para aliviar un poco de mi ira. 
¡Dios! ¡¿Por qué este hombre es tan difícil?! 
―Bueno, mensaje recibido. ―Dejo caer el tenedor, agarro mi bolso de mano y me levanto, pero antes de irme me giro hacia él―. No necesito a un tipo como tú en mi vida. 
 ―¿Un tipo como yo?
 ―Sí. Ya he tenido a alguien que se acuesta con todo lo que se mueve y, francamente, no creo que pueda soportar otro. Puedes tomar tu cena, tu disculpa y tu advertencia y te las puedes meter por el culo porque no te quiero. No te quiero ahora y no te voy a querer la próxima semana. Me odio por pensar que puedo tener un pequeño bocado de diversión después de romper con mi novio de seis años.