lunes, 26 de mayo de 2014

CAPITULO 176




Tres fuertes golpes tocan a la puerta y mis ojos se abren de golpe. Es casi de noche, la sala de estar es dos tonos más oscura. Me fuerzo a dejar el sofá y levantarme adormilada sobre mis pies. Mi estómago gruñe y se revuelve porque no he comido hoy. En lugar de darme hambre, eso me quita la mera idea de comida. 


Hay otro golpe contra la madera y arrastro lentamente los pies hacia allá.


Toco ligeramente la luz para encenderla y abro la puerta. Al otro lado de la reja está Pedro en una camisa blanca que se aferra firmemente a su pecho y brazos. Mi ritmo cardíaco se dispara al instante. No por miedo o intimidación, sino por puro e inmoral deseo, y la idea de tener que pedirle disculpas. Él va a hacerlo tan doloroso como sea posible. 


—Estás feliz de verme, no lo niegues. —Baja la mirada a mis pechos—. O por lo menos tus pezones lo están. 

Ignorando mi menos que impresionada expresión, abre la reja y la sostiene al mismo tiempo que me mira como si fuera la cosa más divertida del planeta.


—¿Has estado dormida todo este tiempo? 

Me encojo de hombros. 

—Anoche no pude dormir mucho. 

Pero por supuesto él sabe eso.

La divertida expresión de Pedro desaparece, volviéndose seria.

   
—No discutiremos por un segundo más, Paula. —Su voz es imponente, como ordenándome que pare de estar enojada con él—. Todo lo que tienes que hacer es decirme que estoy...


—Estás en lo cierto —lo interrumpo—. No debería haber ido donde Dom, o por lo menos, debería haberte dicho. —Avanzo—. Y tú no deberías haber herido a ese chico para vengarte de mí. Eso fue cruel. Prométeme que no harás eso de nuevo. 

Él niega con la cabeza.


—No puedo prometerte eso.

Pedro… 

Él se inclina un centímetro hacia adelante. 

—No voy a prometerte algo que no puedo mantener. Puedo prometerte que siempre estaré aquí para ti o que nunca te seré infiel, pero no puedo prometerte que no te heriré en otras formas. Es lo que hago, es lo que soy. Tengo salidas extrañas y así es cómo trato las cosas. 

Me abrazo a mí misma mientras el aire frío roza mi piel. 

—Pero todas esas personas que no te hacen nada. 

—Ellos firmaron un contrato en el que se comprometen a ser mi bolsa de boxeo como sea y de la manera que yo quiera. Si a ellos no les gusta, siempre pueden irse. 

El hecho de que sea tan descuidado me sobrepasa y francamente, eso aumenta mis niveles de frustración. 

—Sabes quién soy. Yo he sido más que honesto contigo desde el principio.No cambiaré, no ahora. Nunca.

—No quiero cambiarte. 

—Entonces ¿qué quieres? ¿Qué puedo decir… o hacer… o darte para hacerte feliz? 

No quiero decirle qué me hará feliz. Quiero que él lo sepa automáticamente, lo cual tiene que ser la cosa más estúpida que alguna vez he pensado porque aún no sé lo que quiero… lo quiero a él. Quiero que seamos felices y no actuemos como niños. 

—No quiero pelear contigo. Tú ganas. 

Su rostro se suaviza de una manera que me hace quererlo apretar.


—Me encanta ganar... ¿así que por qué me siento como una mierda ahora?


—Él avanza y juguetonamente traza mi brazo con su dedo índice—. Tal vez son los enorme ojitos que me estás poniendo.   

         
Mis labios se curvan en una sonrisa. 

—¿Esto te hace sentir mal? —pregunto, sacudiendo mis pestañas.  

          
Pedro se ríe una vez. 

—Sí, en realidad lo hace.


Doy un paso a un lado y Pedro cruza el umbral y entra a la casa. Antes de que anochezca, cierro todas las cortinas y reviso todas las habitaciones. Extraño. 

Mamá no está aquí. Paseo por la cocina donde Pedro casualmente se sienta sobre el mostrador, bebiendo un vaso grande de agua fresca. 

—Tu mamá dejó una nota. —Esconde su sonrisa demasiado confiada tras el cristal mientras toma otro trago. 

Una elegante letra se extendía pegada en la nevera, hay un mensaje de mamá.
 
Paula,
Estaré fuera hasta tarde esta noche. Yendo a una cena crucero con tu tía Kate, ¿recuerdas?
Nos vemos mañana por la mañana.
PD: ¿Quién te mordió? No importa.


Siento vergüenza, deslizando mis dedos bajo mi camisa de algodón y sobre la carne donde Pedro hundió sus dientes anoche. 

—Bueno, esa tiene que ser la nota más rara que he recibido. 

Pedro se ríe, escabulléndose del mostrador y viniendo detrás de mí. Siento el duro frente de su cuerpo raspando débilmente sobre mi espalda y mi respiración se traba mientras sus dedos se curvan alrededor de las puntas de mi cabello y lo jala al otro lado de mi hombro. Saca mis dedos de la mordida y casi de inmediato, los labios de Pedro sensualmente acarician ésta. 

—Siento haberte mordido —murmura profundamente, enviando escalofríos descendiendo en cascada por mi espina dorsal. Hay algo en su voz ronca y baja que consigue persuadirme siempre. En. Todo. Momento. 

—No te disculpes. —Respiro, mis dedos temblando al tocarlo—. Me gusta.


Y me gustó. Sin mentir. El escalofrío de energía que sus dientes enviaron a través de mí mientras ambos llegamos fue intoxicante y algo que lo dejaría hacer una y otra vez. 

—Esto es mucho mejor. —Suspiro, relajándome contra él—. No me gusta pelear contigo. 

Él sonríe contra mi piel.

—A mí tampoco, pero no me arrepiento.

—¿No?


—No. Aprendí un montón de cosas nuevas sobre ti.

Me doy la vuelta. 

—¿Cómo qué? 

—Eres apasionada. Terca y te gusta cuando te follo duro. 

Casi me ahogo, sintiendo el calor de mis mejillas inmediatamente. 

—No lo hago. 

Mi aliento se traba mientras viene a mí, una mano sujeta mis muñecas y rápidamente la otra toma un puñado de mi culo. Él me golpea duro contra la nevera y corrientes eléctricas fluyen a través de mí, agrupándose en los lugares más sensibles mientras él sujeta mis brazos por encima de mi cabeza.


Vergonzosamente, mi respiración se acelera y mi ropa interior se moja.

—Te lo dije —dice. 

Él no sonríe… no hay victoria en su expresión, sólo oscuridad… dulce y excitante, oscuridad y yo quiero todo eso para mí. Para siempre.

Su boca encuentra mi cuello y lo succiona y muelo mis caderas contra él con urgencia. Lo puedo sentir duro contra sus vaqueros y presionar con impaciencia en mí. Estoy lista para que él me  arranque la ropa y me tome en el mesón ahora...


o por lo menos lo estoy hasta que su teléfono suena. 

Él lo saca de su bolsillo trasero y lo desliza sobre el mesón, todo sin quitar su boca de mí. Estoy más que feliz por ignorarlo. Quiero toda su atención en mí,donde importe. Conecto mi dedo sobre el dobladillo de sus pantalones vaqueros y casi desabrocho el botón cuando su teléfono suena otra vez. Él se aleja con un gemido frustrado también, y manteniendo mis brazos fijados por encima de mí, toma su teléfono. Cuando lee la pantalla duda por un momento. 

—California —murmura entre dientes, respondiendo y poniéndoselo en la oreja—. ¿Hola? Sí. ¿Visitas? —Hace una pausa mientras la persona le habla en la otra línea—. ¿Cómo está ella? —Una pausa más larga—. Está bien. Allí estaré pasado mañana. 

Él cuelga y libera mis muñecas. Lo espero para hablar mientras él amontona sus dedos a través de su cabello y expulsa una exhalación de sus labios.

—Vamos a California. 

—¿Nosotros? ¿Cómo tú y yo?

Él arquea una ceja. 

—No, la nevera y yo… por supuesto, tú y yo.


Pongo mis ojos en blanco alegremente a su sarcasmo.

—¿Qué hay acerca del gimnasio? ¿Quién va...? 

Él me silencia con un dedo contra mis labios, y trae su teléfono de vuelta en su oreja. Lo golpeo para alejarlo, y él sonríe, acercando sus dedos en el bolsillo de mi pantalón mezclilla y tirándome más cerca. Me río una vez mientras me alejo de él y escapo de su control.


—Luciano, soy yo… todo está bien. Necesito que me reserves dos pasajes a California para mañana por la tarde. Sí, y después cuida el gimnasio durante unos días… —Pedro frunce el ceño—. Porque me voy a California. —Se ríe—. Gracias.


Sonrío. Me alegro de que estén en buenos términos. Golpea su teléfono contra la palma de su mano.

—Luciano tiene el gimnasio y Selena probablemente ayudará.


—¿Y qué hay de tu entrenamiento? 

Pedro se inclina contra el mostrador de la cocina cruzando las piernas en los tobillos. 

—No voy a poder resolver eso por teléfono. —Él gime—. Tengo que irme.

Mis entrañas se desinflan.

—¿Irte? No puedes irte. Acabábamos… estaba… ¿En serio? 

Se ríe, dejando el mostrador y me rodea en sus brazos. 

—Te compensaré, te lo prometo. Cuando estemos en California, voy a hacer lo que quieras que te haga.


La idea de ir a California a ver a la madre Pedro de repente se vuelve tolerable. 

—Trato, pero tú harás tu mejor desempeño. 

Su mano se desliza bajo la tela de mi camisa y alrededor de la parte baja de mi espalda. 

—¿No lo hago siempre?


Sonrío. Seguro que lo hace. 

Pedro planta un rápido beso en mis labios y se va sigilosamente de la casa,abriendo y cerrando la puerta tras él. Caigo en el sofá con un suspiro pesado. La idea de volver a ver a Julia me pone nerviosa... La última vez que la vi, Pedro la llevaba desmayada desde la estación de policía. Ha tenido mejores momentos,estoy segura, y espero que ella esté mejor, por su bien. Creo que a él le haría bien tener a su madre de vuelta.

CAPITULO 175



Dejo el gimnasio enfurruñada. La cosa buena sobre ser tu propio jefe es que puedes irte cuando quieras. Aunque no creo que Pedro lo aprecie mucho, o quizás estará aliviado que me haya ido.


Estaciono en la entrada de mi mamá y apago mi auto. Me quedo por un momento, pensando sobre Pedro y como está actuando. Estar molesto conmigo porque fui a sus espaldas y me negué a disculparme es una cosa, es casi inofensivo, pero herir físicamente a alguien más para vengarse de mí no está bien y ahora tengo una nueva razón para estar enojada.


Salgo de mi auto y entro a través de la pequeña, puerta de estacas blancas.
Debajo de mis pies, las piedras crujen y rechinan juntas. Me gusta el sonido. Me recuerda a casa… a papá. Saco mi llave de mi bolsillo trasero y desbloqueo la puerta. Incluso si es la casa de mamá, odiaría despertarla si está tomando la siesta. 


Cuando la puerta del frente se abre y entro, ella se mueve en el sofá, pasando un pañuelo por su cara. Rápidamente cierro la puerta tras de mí y camino hacia ella. 


—Lo siento —solloza—. No esperaba que estuvieras en casa tan temprano. 


Me dejo caer en el sofá junto a ella, atrayéndola a mí. Descansa contra mí,dando golpecitos en su cara roja con un pañuelo. Seguido la veo llorar… y nunca se vuelve más fácil. A propósito evado el video hecho en casa reproduciéndose en la televisión y escucho a Agustin y a mi cantar en el fondo. 


—¡Feliz cumpleaños querido papi, feliz cumpleaños a ti!
 
Su joven risa llena mis oídos y mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas.
Nunca pensé escucharlo de nuevo, y es un sonido maravilloso, pero aún es demasiado pronto para mí. No estoy lista para escucharlo, no cuando solo he sido capaz de soportar mirar fotos de él. Trago y mi pecho hipa al presionar mi lengua a mi paladar.


—Lo siento —mamá se disculpa, apagando la televisión—. Pensé que estaría bien verlo para este momento. 

—Papá murió, nunca va a estar bien… y eso está bien. 

Ella envuelve un brazo alrededor de mí y se siente huesuda. Mamá ha perdido mucho peso desde el funeral de papá. Nunca ha sido una chica grande,pero seguro como el infierno que no ha sido tan pequeña como ahora. La sostengo por un rato más. Pienso que casi se ha quedado dormida y antes de que yo me duerma, soy despertada cuando mamá se mueve lejos de mí. 

—¿Estás hambrienta? Tengo burritos de pollo en el refrigerador.

Sofocando un bostezo, niego con la cabeza.

—No pude dormir mucho anoche, así que probablemente voy a echarme una siesta rápida. 

Sus ojos se ensanchan. 

Pedro, es cierto. Lo siento mucho, cariño. Lo olvidé por completo. ¿Cómo está él? ¿Está bien? 

Lamo mi labio inferior para evitar una sonrisa. Para alguien que parece ser tan indiferente con él, está muy preocupada. 

—Él está bien... más que bien. Todavía es tan cabrón como siempre.


—¿Qué pasó? 

No quiero entrar en detalles con mamá, así que le doy la versión más simple,la versión más rápida que puedo. 

Pedro tiene una larga historia con otro luchador y anoche volvió a darle una paliza en el culo. —Pongo mis ojos en blanco involuntariamente y mi madre frunce el ceño. 

—¿No estás feliz? 

—Estoy feliz de que Pedro esté bien... después de que lo vi anoche y se quedó dormido, fui a ver al otro. 

—¿El que hirió a Pedro

Asiento.

—Le dije que teníamos el asunto en la cámara, él perdió la razón, y cuando volví donde Pedro, él estaba enojado y discutimos y luego fuimos a dormir.


Cuando nos despertamos, estábamos todavía enfadados y lo hemos estado toda la mañana. 

Ella pellizca el lóbulo de su oreja y la hermosa perla entre sus dedos pulgar e índice. 

—¿No te disculpaste? 

—¿Pedir disculpas? Mamá, me llamó egoísta.

—Lo dejaste mientras dormía para ir y ver al tipo que lo hirió… eso no es ser exactamente desinteresada. ¿Por qué lo hiciste? 

Me muevo en mi asiento. 

—Porque... —Mi voz suena quejumbrosa y juvenil, y lo odio—. Dom es un idiota y quería hacerle daño como él hirió a Pedro

—No pensaste que quizás a Pedro le habría gustado ser el que derribara a Daniel…


—Dom —le corrijo. 

—Claro... estoy segura de que a Pedro le habría gustado ser el que derribara el mundo de Dom… siendo tan arrogante y engreído como es él. —Mamá reprimió una sonrisa—. Odio decirlo, cariño, pero tú eres quien debe disculparse.

Mi madre del lado de Pedro, ¿quién lo hubiera pensado? Me hundo más abajo en el sofá, al instante me siento como una idiota. 

—¿Cómo sabes cuando tienes razón y ellos no?

Ella ríe, golpeando mi brazo.


—Oh, cariño. Lección número uno sobre los hombres, siempre piensan que tienen la razón... especialmente los tipos luchadores. ¿Quieres salir adelante? No importan los pequeños detalles. Déjalos pensar que ellos tienen razón. Como tu padre, Pedro te va a decir cosas hirientes en un momento u otro, nadie es perfecto.

Incluso los buenos tienen sus momentos, pero al final del día, si pueden hacerte sentir amada más allá de cualquier otra cosa, si te muestran cuánto significas para ellos, entonces las otras cosas son sólo piedras diferentes en un pavimento liso.

Asiento. Nunca pensé mamá pudiera darme alguna vez un consejo con el que estaría de acuerdo. Ella ha crecido mucho desde la muerte de papá. No sé cómo explicarlo. Tenemos conversación sin discutir, conversaciones reales en toda su extensión. No puedo recordar la última vez que hemos estado tan cerca.  

Voy a ver a Pedro a la hora de almuerzo y le pediré disculpas por quitarle la satisfacción de ver a Dom derrumbado. No puedo devolverle eso, pero espero que la disculpa sea suficiente. Mamá deja el sofá y entra en la cocina, permitiéndome recostarme y estirarme. Mis ojos comienzan a pesar y bostezo incontables veces antes de finalmente dormirme.

CAPITULO 174



Me encojo lejos de la ventana de la sala de entrenamiento cuando Pedro golpea su puño demasiado duro en las costillas de su compañero. Veo su piel ondear y sus costillas doblarse, reaccionando a la fuerza de Pedro. El chico cae a sus rodillas y Damian golpea en la jaula, lanzando su sujetapapeles a través de la habitación. Rechinando mis dientes, abro la puerta de la sala de entrenamiento.
Pedro sabe que debe mantener las ventanas oscurecidas mientras está entrenando, no quiero verlo, no a menos que tenga que. 

—¡Estas lesionado! —grita Damian—. Si continuas yendo a fuerza completa, va a tardar más en curar, ¿entiendes? 

En el lateral, Luciano sacude su cabeza hacia mí, advirtiéndome, pero voy de todos modos. 

—¿Lo tomarías despacio? —demando, acercándome al ring y cruzo mis brazos.


Pedro gira su cuerpo cubierto de sudor en mi dirección, haciendo que mi respiración se acelere al instante. Su pecho se mueve rápido y sus ojos son oscuros, como carbón fresco. 

—No puedo continuar contratando compañeros de entrenamiento porque rompes a los viejos. ¡Son humanos, no juguetes!

Me observa por un rato, sus ojos intensos nunca cediendo, antes de girarse. Cuando su compañero recupera el aliento y se levanta, se enfrentan de nuevo. 

Para impulsar mi punto, me quedo arraigada en mi lugar y los observo rodear al otro. El chico se lanza hacia adelante y Pedro lo esquiva, conduciendo su puño dos veces en el costado de su compañero y el otro directo a su cara. Mis adentros se tensan, enviando olas de miedo doblándose a través de mí.


Como un árbol cortado de la base, se balancea minuciosamente antes de caer al suelo con un ruido sordo. Pedro casualmente gira para mirarme y trago las náuseas que siento en el fondo de mi estómago cuando se acerca al borde de la jaula. Se agacha, acercándose a nivel de mis ojos tanto como puede. 

—Cuando estés lista, voy a necesitar a uno nuevo, y si no es mucho que pedir,consígueme uno que en verdad pueda tomar un golpe. 

Y solo así soy transportada a la primera vez que conocí a Pedro. ¡Que malcriado, idiota agresivo! Olvidé completamente que enorme idiota puede ser.

—Hazlo tú mismo. 

Salgo furiosa de la sala de entrenamiento, golpeando el botón para oscurecer las ventanas antes de salir. No miro sobre mi hombro, incluso cuando lo escucho decir mi nombre. Quizás nuestro juego ha ido demasiado lejos. Nos estamos empujando el uno al otro ahora, profundizando un desacuerdo que pudo ser resuelto antes de que despertáramos esta mañana, y a menos que esto termine hoy, quien sabe que va a suceder con nosotros a largo plazo.

domingo, 25 de mayo de 2014

CAPITULO 173



Paula

Cuatro días para Las Vegas
 

Me estiro, extendiendo mis piernas y arqueando mi espalda antes abrir mis ojos. Cuando parpadean para abrirse, tomo mis alrededores y al gigante durmiendo junto a mí. Él tiene un brazo colgado sobre su cara y puedo ver el corte de su labio inferior. Temor rueda a través de mi mientras recuerdo la noche anterior. No fue un sueño.


Asombroso


Observo a Pedro por un rato más, tratando de encontrar la manera correcta de disculparme. Sé que soy la que se equivocó. Sé que debería haberle dicho mis planes y definitivamente no debí ignorarlo hasta quedarme dormida anoche, pero lo que dijo me lastimo. No soy egoísta… no puedo serlo, no con él. He renunciado a tanto por él. Lo escogí sobre mi trabajo. Escogí trabajar en el gimnasio sobre mi escritura. No he abierto un documento de Word desde que nos juntamos. No tengo tiempo. Entre mamá, Pedro, y el gimnasio, no puedo hacer cosas que quiero hacer, pero soy feliz con eso. ¿Es eso egoísta? ¿Es estar ahí para él egoísta? Rechino mis dientes.


No.


Pedro se mueve, moviendo su brazo y rodando sobre su lado. Su rostro se contrae en dolor antes de arreglarse. Mis músculos se relajan de un calambre que no sabía tenia. La idea de Pedro despertándose y que esté tan enojado como estaba anoche me aterra. La oscura, mirada asesina en sus ojos cuando salió de la ducha anoche es algo que nunca quiero ver de nuevo. El sexo fue bueno sin embargo, no puedo quejarme sobre eso. No anticipé que sucediera, pero estaba tan enojado e intenso y quería que lo sacara conmigo, que me castigara por dejarlo.  Alcanzo y corro la punta de mi dedo sobre el dorso de su mano, la misma mano que me sujetó tan fuerte anoche mientras me follaba duro y rápido, enviando cantidades sin fin de corrientes eléctricas pulsando a través de mí. Tiro de mi mano y aprieto mis muslos juntos y me estremezco por la sensibilidad. 

Estoy un poco dolorida,anoche fue… apasionado, por decir lo menos.
Suspiro. Pedro está acostumbrado a tener lo que quiere y sé que espera que yo ceda y me disculpe primero… pero necesito que sepa que no aceptaré que me hable de esa manera. Soy su igual, no una niña, incluso si mis acciones dicen otra cosa. 

Dejo la cama y me estremezco ante el dolor en los músculos entre mis piernas. Hoy no va a ser cómodo, eso es seguro. Camino de puntas desde la habitación abajo por las escaleras. Sorprendentemente, Vanesa está aquí comiendo desayuno en la encimera. Cuando llegamos a casa anoche, Vanesa y Luciano se fueron para quedarse en casa de ella… ¿habían regresado? ¿Nos habían escuchado a Pedro y a mí anoche?


—Buenos días. —Vanesa sonríe tensamente, lamiendo su cuchara—. ¿Cómo fue?


Paso mis manos sobre mi cara y me apoyo en la barra de desayuno 

—Discutimos. —Y tuvimos sexo épico—. No hemos hablado realmente desde entonces…


—Sí,Luciano demandó que volviéramos esta mañana para que pudiera hablar con Pedro—Mueve su cabeza hacia el patio trasero—. Ha estado sentado ahí por más de una hora ahora.


Miro afuera de la puerta de vidrio y veo a Luciano sentado ahí en la silla, su rostro cansado y preocupado. 

—Él no durmió anoche —agrega ella.

—Pobre chico… es mi culpa.

Escucho pesados pasos viniendo abajo por las escaleras y mi cuerpo entero se pone rígido. Pedro va a ignorarnos, lo cual puedo manejar, o va a perder la cabeza y patear a Luciano.


No me giro para verlo cuando entra en la cocina y Vanesa deja caer su mirada en el tazón. 

—Buenos días, Vanesa —dice él fríamente y puedo escuchar la puerta del refrigerador abrirse. 

—Uh —murmura ella, confundida—. Buenos días.

Frunzo el ceño, mirando sobre mi hombro y observo mientras él saca una pequeña botella de leche del refrigerador. La abre y toma un largo sorbo. Cuando lo pone de vuelta, sus ojos se mueven a los míos. 

—Veo que despertarme sin ti se está volviendo una rutina.

Mis ojos se entrecierran en él y Vanesa se mueve incómodamente en su asiento. Él espera por una respuesta, observándome sin arrepentimiento. No está en lo más mínimo incómodo sobre discutir frente a otras personas. Dándome cuenta que no tengo respuesta para él, camina pasándome, pasando una mano sobre su pecho y a través de su ya desarreglado cabello cuando camina fuera y cierra la puerta detrás de él.


—Bueno, eso fue incómodo —murmura Vanesa y muerde su labio inferior cuando la fulmino con la mirada.

Observamos mientras Luciano se levanta de su silla. Sus labios se mueven rápido mientras le explica lo de anoche a Pedro. Con cada palabra, los rasgos de Pedro se oscurecen más y sus manos se lanzan, sujetando a Luciano por el collar y tirando hacia él. Vanesa y yo jadeamos, temiendo que una pelea esté por comenzar. ¿Cómo demonios vamos a detener eso? Luciano permanece calmado y neutral, no asustado, ni preocupado, nada. Es como si hubiera pasado por esto un millón de veces. Pedro deja a Luciano y regresa dentro de la casa.

 Vanesa aleja la mirada otra vez, pretendiendo que no estaba mirando la interacción entre los dos chicos. 

Yo no alejo la mirada. Cuando la mirada oscura de Pedro se posa sobre mí, miro de vuelta, tristemente, poniéndome un poco acalorada por la intensidad en su cara.
Marcha pasándome, manteniendo contacto visual hasta que me pasa y se dirige escaleras arriba. Cuando se ha ido pongo una cara amarga.

—Vaya, realmente hay una brecha entre ustedes ahora.


Suspiro.
—No tienes idea. 

—¿Por qué no hablas con él?


—Porque terminara en una discusión. Quiere que me disculpe… 

Ella arquea una ceja. 

—Pues hazlo. Es tu culpa.

Ofendida exhalo una ráfaga de aire de mis mejillas 

—Por Dios, ¿en serio? No me voy a disculpar primero. Me llamó egoísta. Concedido, cuando lo digo en voz alta suena infantil y estúpido y la mirada en la cara de Vanesa me dice que no estoy lejos de la verdad. 

—No me puedo disculpar primero. No con Pedro.

  
Ella no entiende como es. Él crece con poder, ama conseguir exactamente lo que quiere. Es por eso que me sonrió anoche antes de que apagara las luces. Lo espera de mí, pero no lo obtendrá hasta que estemos en terreno igual, hasta que me comprometa en una conversación amorosa.

Me da otra de esas miradas de “eres una tonta” y me giro lejos de ella.


—¿Tienes ropa aquí? Necesito tomar algo prestado —digo sobre mi hombro. 

—Si, en una bolsa en el piso de Luciano —responde cuando estoy a medio camino por las escaleras—. Discúlpate, Pau, es tu culpa.

Ruedo mis ojos y termino de subir las escaleras. Me escabullo en la habitación de Luciano y encuentro la maleta morado brillante de Vanesa abierta en el piso. Afortunadamente, Vanesa ha estado usando pantalones y shorts más seguido con Luciano, entonces cuando termino de pasar a través de su ropa,fácilmente encuentro un par de pantalones y una blusa ligera de algodón para usar en el trabajo. Llevo la ropa a habitación de Pedro y afortunadamente para mí, él está en la ducha. Me cambio, logrando solo tirar la blusa sobre mi cabeza antes de que entre en la habitación. Peleo duro contra la urgencia de dejar a mis ojos vagar por su cuerpo. Quiero. Quiero empujarlo en el sofá y lamerlo por todas partes, probando la piel limpia en mi lengua mientras enlaza sus dedos en mi cabello, tirando de mi cuero cabelludo hasta que arda. 

—¿Paula? —su ruda voz me trae de vuelta la atención y me doy cuenta que estoy mirando. 

¡Maldita sea!


—¿Qué? —mi voz sale mucho más frustrada de lo que esperaba y me siento como una idiota.

—¿Estas lista? —asimilo su cuerpo completamente vestido, avergonzada porque me distraje por completo pensando sobre las cosas que le haría. 

—Sip, vamos. —Giro sobre mis talones y salgo de la habitación.

En el auto, ninguno habla. Es estúpido, de verdad. No estamos enojados ya, pero empezamos una guerra que queremos que termine el otro.Pedro sabe que soy competitiva, como sé que él es competitivo, y solo puedo ver este juego terminando mal, pero no me puedo tragar mi orgullo.

Aún no.

CAPITULO 172





Me empujo fuera del sofá y voy a mi armario, no queriendo ducharme por tercera vez esta noche. Agarro un par de pantalones de chándal y los deslizo antes de ir a la cama y subir. Me acuesto de espaldas, la elección de la posición menos dolorosa para la mejor oportunidad de conseguir un poco de sueño. Unos minutos más tarde, Paula sale del baño, con el cabello húmedo y pegado a su piel limpia.


 Ayudándose a sí misma, saca una camiseta sin mangas de mi armario y un par de pantalones de chándal negros, a juego con el mío. Sus ojos van hacia mí mientras tira de la parte superior blanca sobre su cabeza y cubre sus pechos desnudos. Mi mirada cae sobre su hombro, donde la había mordido. Está un poco rojo, no corté su piel, pero pude magullarla. 


—¿Te he hecho daño? —le pregunto, tratando de mantener un tono distante en mi voz. 


—No.


Su respuesta es corta y contundente, no puedo evitar una pequeña sonrisa.


No puede estar enfadada conmigo para siempre y ya le he perdonado. Diablos,mi corazón le perdonó en el momento en que entró en el baño, pero mi polla se negó. Quería castigarle, hacerle gritar... logró lo que quería y ahora sé que tengo que pedir disculpas por llamarla egoísta, pero mi maldito orgullo no me lo permite. No puedo. Si me disculpo, significa que no voy a hacerlo de nuevo y no puedo garantizarlo. No puedo garantizar que no voy a decirlo de nuevo o deciralgo aún peor la próxima vez porque eso es lo que hago. Según mi padre, tomo todo lo bueno que tengo y lo destruyo. No merezco lo bueno. No merezco nada porque no aprecio nada. Algunas palabras paternales,inspiradores ahí.


Paula se va a la puerta con un dominio frustrado en sus caderas. Ella chasquea al apagar la luz, sumiendo la habitación en una oscuridad total. Espero unos segundos antes de que siento el colchón hundirse ligeramente. Sé que está de espaldas a mí y por instinto, me acerco a ella.


 Antes de que la toque, tiro rápidamente mi mano. Todo lo que quiero de ella es un “lo siento por haberme ido sin decir nada”. ¿Es tan difícil decirlo?


Espero un tiempo muy largo... solo esperando a que ella suspire y se disculpe. 

Nada.



Y no es hasta que ella murmura a alguien para que limpie su máquina y gira en mi dirección en que me doy cuenta que no voy a conseguir una, por lo menos,no mientras ella está durmiendo, de todos modos. 

Permitiéndome una última sensación de su piel antes de quedarme dormido, deslizo mi mano debajo de la camisa y llevo la palma de mi mano por el costado de su cintura y por la subida de su cadera. Un suspiro de alivio se le escapa y su cuerpo se relaja aún más mientras cae más profundamente en el sueño. Saco mi mano hacia atrás y las pongo sobre mi cabeza, tapándome los ojos.


¿Por qué somos los dos tan jodidamente tercos?