viernes, 18 de abril de 2014

CAPITULO 51



Sus palabras me golpearon como una tonelada de ladrillos y siento ganas de llorar. Me encuentro haciéndome las mismas preguntas una y otra vez. ¿Por qué está aquí? ¿Por qué no está por ahí follando chicas y golpeando cosas?
Me alejo de su agarre y me siento.
―No espero nada de ti, Pedro. No eres mío y ya has dejado claro que no soy tuya, aunque esta es la segunda vez que has dormido en mi cama.
Siempre estás sobre mí, siempre haciendo cosas agradables, pero luego lo destruyes con palabras duras. No quiero esto. No quiero esperar por ahí tratando de descifrar qué juego estás jugando conmigo.
Pedro me agarra y trato de escaparme, pero se inclina hacia delante,agarrando mi muslo y mi brazo, tirando de mí de nuevo hacia él. Mi pecho se alinea contra el suyo y el olor que emana de él es embriagador. Envuelve una pierna alrededor de las mías, fijándome a su duro cuerpo. Sus labios se rozan contra los míos y mi respiración se ralentiza. ―Te necesito, Paula. ―Sus manos acarician mi cabello y luego mis hombros. Mi piel hormiguea y me presiono con más fuerza contra él―. No puedo soportar estar lejos de ti. Hago cosas agradables y digo estupideces,porque tengo miedo. Pensé que iba a hacerte daño, pero esta noche cuando te fuiste, y las chicas de promoción que suelen hacerme compañía después de una pelea entraron en mi habitación, me di cuenta de que nunca te haría daño, no así. ―Sus labios besan suavemente los míos―. Quiero que seas mía, pero no estoy listo. Todavía me estoy acostumbrando a la idea de pasar la noche con una chica sin tener sexo.
Me río, a pesar de las súbitas lágrimas que humedecen mi mejilla
―Eres un hombre muy confuso.
―Oh, se pone peor.
Lo beso, desesperadamente y él está sorprendido, puedo sentir la falta de respuesta en sus labios, pero no toma mucho tiempo para que sus fuertes brazos me aplasten contra él y su lengua corra a través de mi labio inferior.
Abro boca y sus labios carnosos me consumen. Rueda su gran cuerpo en mi dirección y se mantiene por encima de mí. Su muslo presiona contra el calor entre mis piernas y yo jadeo. Él está tan tranquilo y sereno, mientras yo estoy jadeando y retorciéndome. Estoy tan tensa, tan caliente y sólo quiero una liberación.
―No puedo tener sexo contigo ―murmura contra mi boca.
Recorro sus costados con mis manos y dentro de sus calzoncillos de algodón. Mantengo la calma y trato de no hacer un gran escándalo por el tamaño de su pene. No es de extrañar que las chicas le pidan más. Sólo he tocado otro pene en mi vida y fue el de Ramiro. El suyo no se compara con el monstruo que tengo en mi mano ahora mismo. Deslizo mi mano hacia arriba por su pene y sus músculos tiemblan cuando rozo mi dedo sobre la punta de su gruesa erección. Por encima de mí se estremece y es tan sexy. Tener cualquier tipo de poder sobre esta bestia de hombre es todo el juego preliminar que necesito.
―Quieres, sin embargo ―bromeo.
 
Se mueve hacia atrás, y mi mano se cae de sus calzoncillos.
―No tienes ni puta idea ―gruñe.
Pedro presiona todo su peso sobre mí y reclama mi boca con su lengua.Cuando se aparta, estoy sin aliento y lista para cualquier cosa.

―Eres una buena chica y quiero que estés segura de que esto es lo que quieres porque no estoy garantizando nada. No hasta que esté listo. ―Su voz es pecaminosamente oscura en mi oído y cuando su respiración caliente entra en contacto con mi piel, las corrientes eléctricas ondulan a través de mí.
Hago correr mi lengua por su cuello suave, limpio y muerdo el lóbulo de su oreja.

―Esto es lo que quiero… pero tal vez no en este momento.
¿Qué diablos estoy diciendo siquiera? ¡Lo quiero ahora! Lo quiero demasiado, pero no estoy dispuesta a perder su compañía. ¿Qué pasa si hacemos esto y decide no pasar más el rato? He visto la forma en que trata a las chicas… No quiero ser una de ellas. Dice que quiere hacerme suya y no quiero nada más que creerle, pero no puedo poner mi confianza en él.Todavía no.
Pedro sale de mí, llevándome a su lado. Me gusta estar aquí. Me gusta estar metida bajo su brazo y reconfortada por su calor, pero no será así para siempre.

―Buenas noches, Paula ―murmura, apretando mi hombro.
―Buenas noches.

Me acurruco más apretada en su costado. Espero que en las próximas semanas, pueda decidir qué demonios voy a hacer con él. Es sólo un poco de diversión. ¿Está bien?, me pregunto. No puedo dejar de sentir que ha pasado más allá del punto de diversión. Diversión hubiera sido dormir juntos la noche que me llevó a casa del club. Pasar noches sin sexo juntos parece más serio que diversión. Expulso una exhalación silenciosa de mis labios y me hago la misma pregunta que siempre me hago en presencia de Pedro. ¿Qué estoy haciendo?

CAPITULO 50



―¿Tú y Vanesa…?
Él me mira por debajo de sus pestañas largas y oscuras.
―¿Qué, si tuvimos sexo?
Él sabe qué es lo que quiero decir, pero quiere que lo diga. No importa si lo hicieron, ¿verdad? Porque Pedro y yo no somos nada… Ni siquiera estoy segura de sí somos amigos. ―No, no lo hicimos.
El alivio llena mi pecho y no puedo evitar la sonrisa que tira de las comisuras de mis labios.
―Ella es tu amiga y es un poco… demasiado, para mí. Además, estuvo con Luciano durante toda la noche.
Supongo que Luciano es el amigo con el que estaba hablando cuando me fui esta noche.
―Pero sí cuidé de ella por ti. ―Las yemas de sus dedos acarician mi rótula y luego hacia arriba por mi muslo. Debajo de su toque, mis músculos tiemblan de deseo―. Luciano quería llevarla a casa, pero no lo dejé. Ella estaba demasiado borracha, así que la traje aquí.
Su cabeza descansa sobre mi estómago y paso los dedos por su cabello.
―Todo el mundo se fue a casa con sus putas y todo en lo que podía pensar eras tú.
―Vaya, gracias.
―No quise decirlo así, y lo sabes.
Las almohadillas ásperas de sus dedos rozan mis piernas desnudas e inclino la cabeza hacia atrás para disfrutar de ello. Es difícil de creer que estas manos dominaron brutalmente otro hombre más temprano esta noche.
Las mismas manos que golpean duro y rápido contra la carne ahora están acariciando suavemente mi piel. Jadeo cuando me sube arriba de él de un tirón por lo que mis piernas caen a cada lado de sus muslos. Su longitud presiona con fuerza contra sus vaqueros y en mi centro. Mi aliento se acelera, pero intento mi mejor esfuerzo para ocultarlo. Sus ojos llenos de lujuria se clavan en los míos y estoy completamente deshecha. Si me toca,me hallará empapada y lista, pero no quiero que me toque ahí… porque tiene razón. No puedo separar mis emociones del sexo y he desarrollado sentimientos por él. Sentimientos extraños y confusos. Un bulto seco se forma en mi garganta y trago fuerte mientras su frente descansa contra la mía.Sus labios están ligeramente abiertos y su cálido aliento acaricia mi rostro mientras sus manos rozan mis muslos. Un escalofrío recorre mi espalda y Pedro sonríe con esa sonrisa confiada que me gusta tanto.
―¿Qué estamos haciendo, Pedro ? ―digo.  
―Puedo pensar en un montón de respuestas a esa pregunta.
Me deslizo fuera de él y me siento en la cama.
―Sabes lo que quiero decir.
No sé lo que quiero que diga. No espero ningún gran gesto romántico o que declare sus sentimientos hacia mí. Sólo quiero honestidad. Quiero respeto.
―No sé, Paula ―afirma, cayendo de espaldas contra el colchón. Sigo su ejemplo y me acuesto junto a él. Sus grandes manos restriegan su rostro y exhala. Tal vez, es demasiado tarde en la noche para tener esta conversación
ahora, o tal vez era demasiado pronto en nuestra “relación”. Tengo que trabajar por la mañana y no puedo permitirme perder mucho más sueño.
Tiro de su brazo y me levanto de la cama para apagar la lámpara. Nos arrastramos a la parte superior de la cama y yo me meto bajo las sábanas.
Pedro se desabrocha la camisa y se la saca. Odio que la habitación esté a oscuras y no lo pueda admirar. Oigo sus jeans arrugándose en el suelo y mis entrañas chillan como una adolescente cachonda. En mi cabeza, me recuerdo  una y otra vez que no voy a tener sexo con Pedro esta noche. Ya le he dejado entrar debajo mi piel… No le puedo dar el resto de mí porque tengo miedo de lo que va a hacer cuando lo tenga. Sus brazos gruesos y cálidos se envuelven a mi alrededor, tirando de mí más cerca de él. Mi espalda
presiona firmemente contra la parte delantera de su cuerpo, y estoy teniendo problemas para mantener mi cabeza clara. Se siente tan bien. Lo imagino acariciando suavemente mis partes sensibles por detrás, mientras respira en mi oído.
―¿Paula? ―Su voz me sobresalta devolviéndome a la realidad.
―¿Hm?
―Gracias por ayudarme esta noche con todo el asunto de la ansiedad… ―Puedo escuchar la vulnerabilidad en su voz y quiero darme la vuelta y abrazarlo… pero no lo hago.
―No hay de qué. ¿Se pone peor?
La almohada se mueve cuando él asiente.
―Mucho peor. Lo que experimento antes de las peleas es nada. ―Su pulgar acaricia mi muñeca, enviando un hormigueo a través de mi mano como si hubiera golpeado mi nervio sobre una superficie dura―. A veces se pone muy mal y no puedo respirar, en absoluto. 
 ―¿Y no tomas medicamentos para ello? Niega. ―¿Has probado otras cosas, aparte de la medicación, como hablar con alguien? Ya se trate de un amigo o un profesional. ―No, gracias. 
 ―Pedro… 
 ―Deberías ser feliz de que estoy aquí hablándolo contigo. Por lo general, golpeo y follo la ansiedad fuera de mi sistema. Eres la única persona a la que me he abierto, aunque sea sólo un poquito. Nosotros no nos debemos nada el uno al otro, así que por qué mejor no apreciarlo en lugar de empujar por más. ¿Qué esperas de mí?  

jueves, 17 de abril de 2014

CAPITULO 49



Es la una de la mañana y todavía estoy despierta, todavía conectada a la pelea. Si tengo que decir la verdad, esa no es la única razón por la que estoy despierta. Pedro Alfonso y su desgarradora actitud coqueta y de exceso de confianza es también un factor.
Aparto las mantas y me inclino sobre el borde de mi cama. En la oscuridad, mis manos frotan la alfombra mientras busco mi laptop. Siempre escribo en la cama, así que mi laptop vive debajo de ella. Cuando la localizo,tiro de ella y la enciendo. No puedo dejar de sonreír cuando veo mi fondo de pantalla. Es una foto de Ramiro y yo en el zoológico. Estamos de pie uno al lado del otro y somos felices. Quiero decir, no lucimos felices porque la enorme serpiente que estamos sosteniendo está tratando de envolverse alrededor de nuestros cuellos, pero lo éramos. Mi pecho se contrae. No hemos roto por mucho tiempo, pero el tiempo que pasamos juntos se siente como toda una vida atrás. Mis ojos se humedecen ante la comprensión de que todo ha terminado. No sé por qué no reaccioné antes. Me sentía como si no fuera real y que estaríamos juntos de nuevo a estas alturas… pero ni siquiera yo soy tan estúpida. Abro un documento de Word titulado: “Complicado”. Es una historia breve de romance que empecé a principios de año. Tengo intensiones de terminarla, pero no puedo encontrar las palabras para describir el final feliz del personaje principal. ¿Cómo escribes sobre algo que no conoces muy bien? He leído un montón de libros de romance y vi un montón de películas románticas, pero nunca podría producir nada por el estilo. Siento que sea lo que escriba, la gente verá más allá; suponiendo que alguna vez se lo muestre a alguien.
Mi corazón salta en mi garganta cuando un golpe firme suena en mi puerta. Espero con cautela a la luz proporcionada únicamente por mi portátil. Hay otro golpe y esta vez me arrastra fuera de mi cama. Voy de  puntillas a la sala de estar y miro a través de las cortinas transparentes para obtener una mejor visión del exterior. El sensor de luz se enciende y veo a Vanesa encorvada en la parte inferior de la escalera. Apenas puedo distinguir el sonido de su zumbido. Voy corriendo a la puerta y la abro, sólo para ver un par de ojos marrones. Inmediatamente, mi corazón se acelera a un nivel superior. Él se ve tan bien en una camisa abotonada blanca con las mangas enrolladas hasta los codos y jeans sueltos. No parece estar bajo la influencia,
su piel está limpia y no pegajosa y sus ojos están redondos y alerta.
―Traje a Vanesa a casa ―dice―. Ha bebido mucho.
Miro a su alrededor y Vanesa se abre paso ebria por las escaleras. Sus tacones altos están en su mano y el bolso cuelga de su codo. Sus rizos están por todas partes y su maquillaje está manchado sobre sus labios y alrededor de los ojos.
―Siempre bebe mucho ―contesté, esperando que Vanesa llegara a la cima. Cuando lo hace, la tomo de la mano y tiro de ella dentro de la casa. Su voz es áspera y ronca. Está murmurando algo, pero no puedo entenderlo.
El penetrante olor a cigarrillo y alcohol llena mi nariz y me hace arrugar la nariz. Tomo sus zapatos y su bolso de mano y la ayudo a que se acueste en el sofá. Pedro se saca sus zapatillas blancas camina a través de mi salón. Luego, se va por el corto pasillo hacia mi habitación.
―¡Oye! ―Lo llamo en voz baja―. ¿A dónde vas? ¡Pedro!
Rápidamente, tiro la mullida manta azul de la parte posterior del sofá y cubro a la ya dormida Vanesa. Me marcho a mi habitación y Pedro está tumbado en mi cama mirando el fondo de pantalla en mi ordenador.
―Siéntete como en tu casa ―digo, cerrando la tapa y deslizándola debajo de mi cama. En la oscuridad busco el interruptor de mi lámpara.
Cuando lo encuentro, la enciendo y me vuelvo hacia él.
Él rueda sobre su espalda y pone sus manos detrás de su cabeza, dejando al descubierto la parte inferior de su forma “V”. Estoy delante de él,con las manos en las caderas y la mirada que tiene en sus ojos me excita y me aterroriza a la vez.
―Ese es un lindo camisón.
Miro hacia mi babydoll verde claro y rosa. Afortunadamente, me puse uno que no es transparente y cubre el trasero.
―Gracias. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
―Tomamos un taxi.
―¿Estás borracho?
―No he tocado una gota. Dejé que tu padre se llevara mi auto a su casa. Tampoco bebió, pero le hicimos dejar su coche en el centro de exposiciones.
Pedro se sienta y se arrastra hacia mí hasta que está sentado al pie de mi cama, justo frente a mí y sólo a unos centímetros de distancia.

CAPITULO 48



Para mí… ¿Qué significa eso? ¿Por qué tiene que ser tan críptico? ¿Tan caliente y luego frío? No sé qué es lo que se supone que tengo que decir a eso… así que asiento.
Damian  arroja su brazo alrededor del hombro de Pedro y jalo mi mano.
Mis dedos hormiguean con la frialdad fuera de su agarre.  
―¿Qué piensas, Pedro? ¿Vamos a celebrar?   
―Absolu-jodida-mente ―responde―. ¿Qué dices?  
Me quedo ahí por unos segundos y luego me doy cuenta que su pregunta iba dirigida a mí.  
―Oh, ¿yo? Correcto. No, lo siento. Ya he tenido suficiente emoción por un día.
Pedro frunce el ceño. En él, incluso algo tan amargo es hermoso.
―Como quieras. ―Damian se encoge de hombros―. Tu padre está viniendo.
Por supuesto que lo está. Nunca deja pasar la oportunidad para ir de fiesta con un luchador. De hecho, estoy bastante segura de que está en su lista de deseos. Damian se aleja, dejándome a solas con Pedro de nuevo.  
―Gracias por la pelea… ―le digo―. Te veré por ahí.
Doy un paso lejos de él y otro hacia Vanesa.
―¿Estás lista para irnos?  
―¿No puedo salir con ellos? ―Ella pone un mohín.
―Bebiste antes de llegar aquí.  
―Lo sé, pero estoy sobria. Ese hot dog ayudó. ―Ella sonríe de reojo al chico con el que está hablando y estoy bastante segura de que es uno de los amigos de Pedro del restaurante de carnes, el que llevaba la gorra roja. Es guapo y alto. Tiene penetrantes ojos verdes y bonita piel oliva. Tatuajes cubren la piel expuesta alrededor del cuello y bajo sus antebrazos.
―Haz lo que quieras, pero no voy a recogerte en alguna hora intempestiva.  
―Me aseguraré de que llegue a casa segura ―promete Pedro detrás de mí.
Me dirijo a él.  
―Gracias ―digo sobre el alboroto―. Te veré en la cena, papá.  
Él me da un pulgar hacia arriba y salgo de la habitación. En el pasillo,los peleadores y sus equipos están riendo y celebrando, otros se sientan en sus habitaciones, lamiendo sus heridas. Hay tantas chicas libertinas esparcidas por todo el lugar y estoy segura que las chicas de promoción que acaban de pasarme se dirigen a la habitación de Pedro. No tengo tiempo para mirar por encima de mi hombro mientras soy sorprendida por un gran cuerpo que se desliza en frente de mí, bloqueando mi camino.
―Disculpe. ―Miro hacia arriba de su duro cuerpo y a su rostro. Lo reconozco como Dominic Russell y no puedo dejar de fruncir el ceño.
―Esa es una linda camisa, pero yo me vería mucho mejor en ti.
Nunca voy a llevar una camiseta con un nombre en ella de nuevo. Me pasa otra camisa.
―Aquí.
Sin mirarla sé que está escrito “Dom” en ella y no hay manera en que la esté tomando.  
―No, gracias. Una es suficiente.
Sus labios se retuercen en una sonrisa extraña y trato de dar un paso más allá de él, pero me bloquea.  
―No te ves como el tipo de chica tras las que Pedro Alfonso generalmente va.  
―Y tú no te pareces a alguien que tiene algún derecho de meter la nariz en los asuntos de otras personas
Él tira de la camisa, acercándome más a él. ¿Qué diablos pasa con los combatientes y el tiramiento de las personas más cerca de ellos? ¿Es que todos asisten a alguna clase de invadir el espacio personal antes de aprender cualquier tipo de artes marciales? Después de los acontecimientos con Ramiro,la idea de un extraño tocándome me pone en alerta máxima.
―Quita tus manos de mí. ―Mi voz sale en un gruñido, aunque nunca tuve la intención de eso.
―Enérgica… Me gusta lo enérgico.
―No me importa.  
Él suelta mi camiseta y tomo un paso atrás.
―¿Eres suya?  
―¿Suya?  
Él asiente, sus ojos son como dos grandes esferas esmeraldas,resonando por la nariz hacia mí. ¿No, no lo soy… o lo soy?
―No. ―La voz de Pedro responde la pregunta por mí―. Ella está aquí con un amigo. Deja que se vaya a casa, Dom. 
―Bueno, si no es tuya… ―Dom se para más cerca de mí y me las arreglo para evadirlo al pasar.
Echo un vistazo hacia atrás a Pedro cuya dura mirada se centra en el rostro de Dom. Empujo a través de la multitud de gente lo más rápido que puedo. Una vez que consigo atravesar las puertas dobles y más allá de los cuatro guardias de seguridad, puedo respirar un poco mejor, pero no me puedo sacudir lo extrañamente herida que estoy por lo que dijo Pedro. Sé que no soy suya, pero él hace estas cosas que me hacen pensar que tal vez esté cambiando de opinión. Suspiro, tal vez sólo está jugando sus jueguitos
conmigo y yo sólo estoy delirante. Es plausible.  
Tan rápido como puedo, dejo el centro de exposiciones y encuentro mi coche. Conseguir salir es una maldita misión.
Hay demasiados coches y las carreteras están congestionadas. Quiero ir a casa y directamente a dormir antes de que mi cerebro pueda torturarme con más pensamientos, pero mientras conduzco sólo puedo pensar en él… y
eso apesta.

CAPITULO 47



La lucha ha terminado.
―Damas y caballeros ―anuncia el locutor emocionado―. ¡El ganador de la última pelea de esta noche es Pedrooooo Alfonsooooooo!  
La masa de la gente gritaba y se agarraban unos a otros. Estoy rodeada por cantos, risas y llantos. En lugar de celebrar, me quedo con los ojos abiertos. Fui testigo de mi primer nocaut y es… triste, pero al mismo tiempo es estimulante. Todo mi cuerpo está vibrando y estoy jadeando como si hubiera luchado con el hombre yo misma. Estoy tan excitada, increíblemente excitada. Nunca sentí nada igual y no sé lo que me está pasando. Papá me pone de pie y envuelve sus brazos alrededor de mí. Mi columna duele mientras aprieta y mueve de lado a lado. Sus finos labios colocan dos besos en mi frente y me deja ir, devolviendo su atención a Pedro. Un equipo de cámara se encuentra en el ring y entrevista a Pedro. Está sonriendo y riendo.  
Está rebotando y hablando y de vez en cuando su mirada se desvía hacia mí brevemente antes de volver al entrevistador. Se encoge de hombros en su sudadera y se va del ring. Mientras nos pasa chasquea la cabeza en dirección a su habitación y papá no pierde el tiempo tirándonos a mí y a Vanesa de nuestros asientos y arrastrándonos todo el camino a la habitación de Pedro.  
Cuando entramos, todo el mundo se vuelve loco, vitorea, aplaude y baila,excepto Pedro. Está sentado en su banco, viéndose tan tranquilo como siempre y desenvolviendo sus manos.  
Alguien del equipo de Pedro engancha inmediatamente a Vanesa en una conversación y papá habla con Damian. Me apoyo en la pared y lo observo hablar efusivamente sobre la pelea. No puedo evitar sonreír mientras él utiliza sus manos para imitar los movimientos del combate.
Pedro se desliza fuera de su banco y se me acerca. Mi piel se hace más caliente cuanto más se acerca a mí. Sus ojos son brillantes, adquiriendo un color más caramelo que chocolate. Las comisuras de sus labios se curvan en una sonrisa descarada mientras su mirada baja a mí.
―Me gusta tu camiseta. ―Tira de la parte de enfrente y mi aliento se paraliza mientras me tira un poco más cerca―. Me veo bien en ti.  
Siento mi propia sonrisa formarse.  
―Podrías tenerla ―digo, recordándole la noche que me dijo que no.
Se ríe de una vez y los ojos destellan con diversión mientras saco mi camisa hacia atrás y doy un paso lejos de él antes de que mi padre nos vea o tenga sangre en mí.
―¿Te gustó la pelea? ―Su lengua se arrastra a través de su labio inferior para humedecerlo y me encuentro mirando. Él también lo sabe,porque ahora está tratando de no sonreír hacia mí. 
Me aclaro la garganta y fuerzo mis ojos de nuevo a los suyos.  
―No sé cómo alguien puede disfrutar una pelea.  
―Estás mintiendo. Vi lo emocionada que estabas cuando lo dejé fuera. 
Llevo mi mano a mis mejillas, mi cara se siente como si quemara. ¿Si disfrute viendo a un hombre siendo noqueado? No. ¿Había disfrutado viendo a Pedro dominándolo por completo y ganando? Sí. Me gustó ver a Pedro feliz. Se inclina y puedo sentir su calor corporal flotar sobre mí. Todo mi cuerpo se tensa y se pone alerta.  
―Será nuestro pequeño secreto.  
Su mano se envuelve alrededor de la mía y lleva mis nudillos a sus labios. Besa a cada uno lentamente y nuestras miradas permanecen trabadas. 
Jesús. Cristo. 
―Esa pelea fue para ti, Paula. 

miércoles, 16 de abril de 2014

CAPITULO 46



Le entrega su sudadera a Damian. Damian se interpone en la cara de Pedro para motivarlo. Él golpea a Pedro en el hombro un par de veces antes de que abandone el ring. Pedro rebota en sus dedos de los pies para mantenerse en calor.
Ignora todos los gritos y aplausos de los espectadores y su mirada circula el centro, antes de aterrizar en mí. Siento el calor subir a mis mejillas e hincharse profundamente en mi interior. Ve la camisa y la comisura de su boca da un tirón hacia arriba en una sonrisa arrogante. Me guiña un ojo y lo único que puedo hacer es devolverle la sonrisa. Los músculos sobresalen del brazo de Pedro mientras lo atraviesa en el aire. La multitud se vuelve loca.
Chillidos agudos, rugidos varoniles y comentarios traviesos se lanzan en su dirección. Él me mira y mueve rápidamente sus cejas como si acabara de demostrar algo. Ruedo los ojos. Él quiere que vea cuántas personas lo quieren. Incluso las chicas de promoción que circundan el ring en sus bikinis no pueden apartar sus ojos de él. Y no es como si no pudiera deducir eso por mí misma. Veo las playeras y los carteles que estas personas han comprado para apoyarlo. Ellos lo aman. Él es puro hombre y domina el ring con su mera presencia. Su música se corta y la voz del locutor inunda la habitación. Yo no alejo mis ojos de Pedro. Su fachada arrogante se funde en una de aspecto más serio. Sus ojos se oscurecen y se estira en toda su estatura. Es como una pared de ladrillos de sexo y músculos.―Presentando al concursante final para esta noche, luchando a través de la jaula en la esquina azul en su primera competición amateur, luchando desde su ciudad natal aquí en Portland, Maine, ¡Fredrick Kennneedddyyyyy!  
En la fila, la multitud aplaude y anima. Es ruidoso, pero no tan fuerte como lo fueron para Pedro. Quiero hundirme en mi silla, pero la mano de Vanesa se envuelve alrededor de la mía. Sus rodillas están rebotando y se muerde el labio inferior.
―¿Nerviosa? ―Río hacia ella.
―Un poquito…
La música suena en el fondo y de inmediato la reconozco como Raining Blood de Slayer. La canción me pone nerviosa, pero no tanto como el propio Fredrick Kennedy. Él sale enfurecido por el pasillo en el lado opuesto de la habitación, se aproxima rápidamente como un tren de carga. Está en topless,vistiendo un par de pantalones similares a los de Pedro. Su cabeza está rapada y reluce bajo las luces brillantes. No sé de qué otra forma describir posiblemente este tipo, es duro, probablemente criado en el lado equivocado de las vías y tiene un brillo muy decidido en sus ojos.
―Ay, no me aprietes tan fuerte. ―Vanesa se queja, jalando su mano de la mía.
Fredrick va a su esquina, haciendo caso omiso de la multitud por completo. 
Él quiere ganar. Pedro sonríe perezosamente y rueda sus hombros hacia atrás y hacia adelante. Mientras el locutor recita todos los patrocinadores y directores, Pedro golpea sus pies contra el poste acolchado y pasea alrededor. Damian y los otros se levantan contra el ring, con la cabeza mirando justo sobre el borde. El equipo de Fredrick está haciendo lo mismo.
―Y el árbitro encargado de dirigir la acción ―dice el locutor―.Harrison Logan.  
El árbitro hace señas a los dos luchadores para entrar en el centro del ring. Mi respiración se profundiza inmediatamente y me estoy inclinando hacia delante en mi silla. Pedro y Fredrick se paran a sólo unos centímetros de distancia el uno del otro. Ni una sola vez rompen el contacto visual. Un micrófono cae desde el techo y el árbitro habla en él con su acento sureño.
―Está bien ustedes dos, quiero una pelea limpia. No voy a tolerar nada menos. Toquen los guantes, vamos a hacer esto.
Los guantes nunca se tocan. El público se queda en silencio mientras Pedro y Fredrick se miran el uno al otro. Hay mucha tensión y no tengo ni idea de dónde viene.
―Dije toquen sus guantes ―repite el árbitro.
Oigo una exhalación unánime provenir de la multitud mientras se tocan los guantes y vuelven a su esquina. Un fuerte “ding” suena alrededor de la arena, penetrando en mi pecho y obligando a mi corazón a detenerse.
Estoy petrificada. Emocionada. Enferma… No sé qué hacer. No puedo ver,pero al mismo tiempo no puedo apartar mis ojos cuando Pedro y Fredrick se rodean entre sí. Mis manos están levantadas y cubren la mitad inferior de la cara cuando Fredrick se sumerge en las piernas de PedroPedro logra esquivarlo y le da tiempo al chico de precipitarse en sus pies. Antes que Fredrick se dé cuenta de lo que está sucediendo Pedro entrega dos golpes en su cara. Fredrick levanta su guardia, bloqueando los puños entrantes. Pedro sigue bajando, cerrando los puños con fuerza en las costillas del hombre. La multitud enloquece.Están saltando de sus sillas,de pie sobre ellas, están haciendo todo lo posible para estar más cerca de la pelea. Incluso Vanesa está de pie, pero no lo estoy. Soy la única que no puede salir de su asiento para animar a Pedro. Fredrick se recupera y se lanza a Pedro de nuevo, esta vez lo lleva hacia abajo. Veo que trata de envolverse alrededor de Pedro, pero Pedro lo combate y entrega un duro codazo en su cara. La sangre mancha el codo puntiagudo de Pedro y cubro mis ojos. No puedo hacerlo. No puedo ver. A mi lado, papá está gritando un embrollo técnico balbuceante que Pedro no puede oír y Vanesa esta… siendo Vanesa.  
―¡Sí! ¡Termina con esta mierda! ¡Whoooooooo! ―grita.
Mi corazón late tan fuerte que puedo escuchar cada latido de tambores en mi cabeza con un ritmo ensordecedor. No sé lo que está pasando y estoy demasiado asustada para echar un vistazo. Papá golpea ligeramente mi hombro y me asomo hacia él. Señala hacia el ring y de mala gana miro por encima. Pedro está inclinando contra la jaula, mirando directamente a mí y jadeando como si hubiera corrido un kilómetro. Fredrick está siendo revisado por los médicos. Su ceja está cortada bastante mal y tiene una hemorragia en el ojo.
―Están deliberando si es capaz de continuar la lucha ―me informa papá.
Arrastro mi mirada de vuelta a Pedro. Está cubierto de sangre y sudor.
Él apunta hacia mí y luego a los ojos y luego a su pecho. Él quiere que lo vea… Niego. No puedo. Es demasiado. Hace los gestos otra vez. Y otra vez.
―Sólo ve, Pau. Nadie se va a morir. ―Vanesa se ríe en mi oído.
Echo un vistazo alrededor y hay cientos de ojos en mí. Algunos contemplándome como un bicho raro, y Dios sabe que me siento como uno.
Sólo puedo imaginar lo estúpida que me veo. ¿Quién viene a ver una pelea cuando no puede soportarlo? Yo, soy ese quién. Dejé una exhalación lenta salir de mi nariz y asiento, tragando la bilis que se arrastra hasta la garganta.
Rezo por que los médicos no le permitan a Fredrick pelear, pero cubren con más Vaselina su frente y se levanta de un salto. Sé que este no va a ser el caso.
Los peleadores toman su posición en su lado del ring y la campana suena otra vez. Agarro los bordes de mi asiento y aprieto con fuerza. Por favor, deja que esto se acabe pronto. Pedro sin perder tiempo ataca a Fredrick y con un golpe duro a la mandíbula, el cuerpo de Fredrick se pone rígido y se cae hacia atrás. Pedro salta a Fredrick, pero el árbitro le interrumpe.
Eso es todo.