viernes, 7 de noviembre de 2014
CAPITULO 261
PAULA
No puedo resistirme a darle una mirada a Pedro mientras paso de camino al baño. Se encuentra en la cama boca abajo con toda la espalda descubierta. Sus pantalones de chándal negros hasta bajo de las caderas, casi revelando la curva tentadora de su culo. La habitación está a oscuras, de esperarse a las diez p.m., supongo. Después de dejar a Paula en el sofá esta mañana, me vine a nuestra habitación y tomé una siesta. Cuando me desperté, todo rastro de náuseas, cansancio y calambres habían desaparecido. Es bueno saber que el veneno de Vanesa no se quedó mucho tiempo en mi cuerpo.
―Puedo sentirte mirándome ―habla Paula desde la almohada―. ¿Te gusta lo que ves?
―Si te refieres a la forma en la que estas tendido allí, sin decir una palabra, entonces sí.
Se levanta sobre los codos y me meto rápidamente en el cuarto de baño y cierro la puerta antes de que llegue su réplica. Paula odia no tener la última palabra.
Sonriendo abro la puerta de la ducha y el grifo del agua.
Entonces pongo mis dedos alrededor del dobladillo de mis pantalones de chándal y los empujo al piso.
Los chorros llenan rápidamente el baño con vapor, por lo que mis pulmones se ponen pesados y calientes. Soy más feliz ahora que las náuseas no están pesando debajo de mi estómago, y el hecho que Pedro ha decidido continuar con su carrera no me molesta No es mi decisión y voy apoyarlo en lo que él decida hacer. Solo espero que, aunque su mente cambie, sus promesas no.
Me quito la camisa sobre mi cabeza y la tiro a un lado. Me muero por otra ducha. A pesar que he dormido todo el día, el aceite sobre mi piel se siente pesado y asqueroso. Doy un paso a la corriente a unas pulgadas de los grifos fríos hasta que el vapor deja el agua. Me doy la vuelta y me meto con la cabeza hacia atrás.
Dejo que el agua choque con mi cuero cabelludo y lave los problemas de hoy. A medida que el agua golpea constantemente en mi cabeza, me inclino hacia un lado y alcanzo el champú. De repente, un chorro de agua choca directamente con mi pezón y duele ¡maldición! Mi pezón cosquillea enviando una sensación que irradia a través de mi cuerpo. Enferma en la mañana… pezones sensibles… recuerdo mis clases de salud en la secundaria y todo mi ser se queda inmóvil mientras todos los sonidos disminuyen en la distancia. Oh no. No, no, no, no. Esto no puede estar pasando. En mi cabeza, trato de contar cuantos días han pasado desde mi último período. Tomo la píldora regularmente… eso es, después que la olvido me pongo
al día. Aunque me tomo mis pastillas tarde a veces… eso no quiere decir que se vuelvan menos eficaces, ¿cierto? Puedo escuchar la voz de Vanesa en mi cabeza.
“Tienes que tratar las instrucciones de la píldora como tú biblia. Lee esa mierda cada mañana, asegúrate de seguir todas las reglas, ten en cuenta las instrucciones importantes y ora a Dios que todo salga bien”. Eso es tremendamente profundo viniendo de ella.
Uno, ella no es propietaria de una biblia. Dos, se saltó cada clase de religión en la escuela primaria y secundaria, y tres, bueno ella no cree en nada de lo que no se pueda beber, vestir o poner en su rostro. El médico me dijo “Toma una a la misma hora todos los días. Si la pierdes tienes veinticuatro horas para ponerte al día”. Alcohol también reduce su eficacia… pero pensé que Vanesa bebe como un camello, así que, ¿cuáles son las probabilidades de que mi pastilla falle antes que la de ella?
Me apoyo contra el cristal, todavía ahuecando mis propios pechos. Tal vez solo estás leyendo demasiado esto… tus pechos también duelen justo antes de que llegue tu periodo. La idea ofrecería consuelo si supiera cuando era mi periodo exactamente.
―Solo espera ―susurro para mí misma. Paso mis manos sobre mi rostro y meto mi cabello mojado detrás de mis orejas cuando expulso un corto aliento―. Está bien. Todo va a estar bien.
Agarro el champú, dándole la espalda al chorro y termino mi ducha, fregando mi cuerpo sin pensar y haciendo caso omiso de cualquier pensamiento que pasa por mi cabeza.
CAPITULO 260
PEDRO
―Wow ―anuncia Luciano desde el sofá cuando Paula y yo caminamos por las escaleras―. La cocina de Vanesa realmente hizo un número contigo.
El ojo de Luciano ha sanado por completo y lo único que revela que él volvió a Lucky’s es el corte a través del puente de su nariz. Tengo curiosidad por ver si todavía puede luchar, si es tan bueno como recuerdo.
―Cállate, Luciano ―grita Vanesa desde la cocina.
Paula inclina la mayor parte de su peso contra mí, pero no me importa. No pesa mucho. Ella insistió en subir de nuevo a la cama, pero me las arreglé para convencerla de que estar fuera de una habitación a oscuras y con sus amigos la haría sentirse mejor. Me olvidé que sus amigos en la actualidad se odian entre sí y hacen cada segundo de estar a su alrededor un infierno. Es por eso que no jodes con gente de tu mismo círculo social. Se vuelve extraño y hace que todos estén incomodos. Creo que hay que crear unas cuantas reglas con respecto a las amistades y esa debería ser una de ellas. Tengo una idea; si dejo las luchas siempre podría hacer esas chapas con citas que la gente pega a sus carros. Tú sabes, aquellas que dicen: “Toca la bocina si eres cachondo” o “mi otro carro es un BMW”.
El mío diría, “Si quieres unirte a mi círculo social, no jodas con mis amigos. La mierda se pone REALMENTE rara, REALMENTE rápido”. Si pudiera volver el tiempo atrás y golpear las manos de Luciano para que se alejen de Vanesa… Eso salvaría mi presente de tanto estrés y tiempo.
―Nunca has tenido un problema con mi cocina, Luciano ―añade Vanesa.
―Tú has cocinado dos veces y en las dos tuvimos que salir afuera.
Mientras camino con Paula al sofá para acostarla, la tormenta Vanesa sale de la cocina con los ojos entrecerrados a Luciano. Sus labios se contraen mientras ella le grita. No tengo idea de lo que está diciendo, cuando Vanesa se enoja habla demasiado rápido. Añade un Luciano frustrado a la mezcla y tienes un lío en voz alta que nadie puede entender.
―¡Basta! ―grito, haciendo que todos salten en la habitación―. Paula está enferma. Si quieren pelear háganlo en otro lado.
Cierran la boca inmediatamente.
Paula descansa sus pies en el regazo de Luciano y él mueve su mano antes de colocarla en sus tobillos. El gesto es demasiado casual para mi gusto, sobre todo cuando sus pulgares están sobre su tobillo. Es protector con Paula, también y sé que él no quiere decir nada con eso. Luciano es mi leal amigo y nunca traicionaría mi confianza pero Paula es mi esposa. Debería ser el único que la
consuele cuando está enferma, no alguien como Luciano, que, seamos sinceros, no merece tocar alguien tan dulce como ella.
Doy un paso hacia adelante y agarro las piernas de Paula manteniéndolas lejos de Luciano.
―No lo creo, Luciano.
Con una sonrisa, él se desliza de su asiento y tomo su lugar. Agarro las rodillas de Paula y las bajo hasta que sus piernas están completamente sobre mí y su culo contra mi muslo.
―¿Mejor? ―se burla ella negando hacia mí.
―Mucho mejor. ―Sonrío, dejando caer mis manos en sus piernas mientras Luciano se instala en el sillón al otro lado de la habitación.
Me gusta por allá, donde no esté influyendo en mi esposa y la deje sin aliento. Ella dice que le gusta la “pasión” que Vanesa y Luciano tienen, pero vi el deseo en sus ojos cuando los vio contra el carro en el desierto. A ella le gusta la intensidad de Luciano, su agresividad. Estaría celoso de él, si yo no fuera, bueno, yo. Luciano es fantástico, pero él no es ningún Pedro Alfonso. Me aclaro la garganta y hago una rápida nota mental de nunca referirme a mí mismo en tercera persona otra vez.
―Ustedes dos tienen mucho sexo ―declara Vanesa, arrojando un paño de cocina sobre su hombro―. Tal vez la has embarazado.
Mi cuerpo entero se pone rígido y siento el cuerpo de Paula hacer lo mismo.
Miro a Paula, que está mirando a Vanesa.
―O tal vez tu cocina es simplemente una mierda, Vane ―responde ella con toda la confianza del mundo. Me relaja.
Las mujeres saben de su cuerpos mejor que nadie… ¿cierto?
Hablamos de los niños en el baño hace poco tiempo y quiero hijos con ella, pero decidí que no quiero hijos ahora.
Echo un vistazo a Luciano, quien me está mirando fijamente.
No hay emoción en su rostro, pero sé lo que está tratando de decirme; “más le vale que no lo esté”. Le doy una sutil inclinación de cabeza y él imperceptiblemente se relaja en su sillón. No sé por qué sentí la necesidad de asegurarle que no está embarazada. No es de su maldita incumbencia.
Tanto Luciano como Damian tienen miedo de mi relación con Paula. Están preocupados que ella vaya a arruinar todo por lo que hemos trabajado tan duro. Ellos no le dan el respeto que se merece. Si no fuera por ella, no estaría donde estoy. Fue ella quien me estimuló cuando no quería continuar. Fue ella quien me recogió después de mi pelea con Dom.
―Ahora que lo pienso ―dice Luciano―. También me siento un poco mal.
Vanesa azota su toalla, apiñándola en sus pequeñas manos, y la lanza hacia él. Su moño rubio atado en la parte superior de su cabeza se balancea cuando se arquea.
―Estás hablando mierda, Luciano. Amas mi salteado.
Se encoge de hombros.
―Tal vez solo lo dije para entrar en tus pantalones.
Él ríe y me mira para validarlo, pero no soy estúpido. No voy a ponerme voluntariamente en el círculo asesino de Vanesa y Paula. Él es un idiota que carece del gen de auto preservación.
―Que te jodan, imbécil. ―Vanesa gira rápidamente en sus talones y desaparece.
―Así se hace, imbécil ―encara Paula a Luciano. Ella intenta girar sus piernas por encima para seguir a Luciano pero dejo caer el peso de mis brazos sobre sus piernas, impidiéndole salir.
―Mantente fuera de esto ―le advierto.
Sus hermosos ojos verdes estallan en mí, me atreví a detenerla. Miro a Luciano y no digo una palabra. Un segundo después, exhala y se empuja fuera del sillón.
―Bien. ―Corre las palmas de sus manos sobre su camisa, enderezando la tela verde―. Voy a solucionar el problema.
Cuando el sale de la habitación, se vuelve silencioso e incómodo. Paula juguetea con una cadena en la manga de su sudadera con capucha, mi sudadera, en realidad.
―¿Te sientes normal? ―pregunto, después de unos dolorosos minutos.
Ella asiente.
―Tan normal como puedes estar por envenenamiento de comida.
―Bien. ―Recorro la palma de mi mano por su pierna y hacia abajo de nuevo―. No necesito una distracción como esa… ―Trago―. No creo que pueda manejarlo en este momento de mi carrera.
No le he dicho a Paula que cambié de opinión sobre dejar la MMAC. Han pasado meses, pero estaba esperando la oportunidad adecuada para decírselo.
Ella no ha sido precisamente la persona más genial para vivir en estas últimas semanas, por lo que me es mucho más difícil ser abierto con ella. Creo que estar encerrada aquí está haciéndola sentir un poco atrapada, y sé que ella espera que lo deje, aunque nunca lo admitiría. Evita el contacto visual y asiente.
―Cierto. Odiaría que pusieras un bebé a crecer dentro de mi vientre y luego darlo a luz fuera de mi vagina. Estoy segura que haría las cosas muy difíciles para ti.
Dejo caer mi cabeza contra el sofá.
―Eso no es lo que quise decir, Paula y lo sabes.
Ella exhala, sacude la cabeza.
―Ni siquiera sé por qué dije eso. No debemos pelear por algo que no está pasando.
Paula saca sus piernas fuera de mí y se levanta sobre sus pies.
―Pero si sucede un día, espero que recuerdes todo lo que me dijiste en el baño… hay un montón de cosas en este mundo que puedo manejar, pero las mentiras no son una de ellas.
―Nunca te mentiría.
―Eso espero ―responde por encima del hombro mientras da un paso hacia las escaleras. Observo su espalda mientras ella se arrastra lentamente por las escaleras y desaparece detrás de la puerta del dormitorio.
jueves, 6 de noviembre de 2014
CAPITULO 259
PAULA
Siete semanas después
Diecisiete días para el encuentro Pedro vs. Dom
Aprieto la taza de cerámica del inodoro con mis brazos. Esta es la tercera vez en mi vida que soy víctima del pollo salteado de Vanesa. Envenenamiento por comida. Esto me sucede cada vez que ella cocina y por la suerte que tengo, soy la única en la casa que no tiene un estómago de hierro.
Vanesa, Pedro, Luciano, Damian y su esposa lo comieron, pero parece ser que yo fui la única que tenía las piezas
dudosas. La única razón por la que comí fue porque Pedro y yo estuvimos encerrados con llave desde hace semanas.
Estoy cansada de su machismo, y de conseguir mala comida sin grasa. Mi estómago se revuelve y rápidamente meto un mechón de cabello detrás de mí oreja. Arcadas.
Arcadas de nuevo. Más arcadas hasta que no puedo respirar y mi garganta quema. Entonces los calambres de mi
estómago y las ganas de vomitar se van. Libero la taza y me desplomo contra la pared del baño, completamente agotada. Es extraño, teniendo en cuenta que me desperté hace menos de una hora. Dejo caer mi cabeza sobre mis rodillas y cierro los ojos. No me gusta estar enferma. No me gusta estar enferma por nada en el mundo. No te das cuenta de tu salud hasta que te sientes mal.
―¿Pau? ―llama Vanesa desde mi habitación―. ¿Estás bien?
No respondo. Tengo miedo de que si hago un pequeño movimiento, mi estómago escapará a través de mi boca. Hay un pequeño golpe en la puerta del baño y gimo un “Pasa”. Incluso admitiré que más bien sonaba como un gemido moribundo que un permiso para abrir la puerta.
―¿Cómo lo llevas? ―pregunta, su voz llenando el silencioso cuarto de baño.
―Te odio ―me quejo, sin levantar mi rostro.
Ella ríe.
―No sé qué decir, Pau. Aléjate de mi salteado si no puedes manejarlo.
La palabra “Salteado” me hace temblar. Nunca, nunca quiero comer cualquier variación de eso de nuevo.
―¿Te importa si me relajo aquí por un tiempo? Luciano está aquí y realmente no quiero verlo hoy.
Asiento. Este tiene que ser el peor sitio de la casa para esconderse, sobre todo cuando alguien vomita la cena y el ácido estomacal de la noche anterior, pero, bueno, es su elección. Hay una rutina que Vanesa y Luciano siguen cada pocos días. Él viene. Ellos hablan. Ellos tienen sexo. Él viene (literalmente). Ellos pelean.
Él se va. Él está aquí así que eso significa que es el día de “joder”. Mi estómago se agita ante la idea. Realmente estoy empezando a lamentar el acuerdo que tengo con Vanesa… y la cantidad de peleas que Pedro y Luciano tienen entre los dos es ridículo.
Pienso que Pedro está algo desesperado por estar encerrado aquí todo el tiempo. El nunca sale por todo lo del tema de “Dom”, incluso entrena en casa. La sala es un desastre, lleno de pesas, cintas para correr, cuerdas para saltar, barras, guantes de boxeos, y otras formas extrañas de guantes, nuestra casa se ha convertido en un gimnasio y Pedro ha establecido su propia rutina. Sexo. Entrena.
Come. Sexo. Entrena. Come. Más sexo. No enjuaga, solo repite. Está tan atrapado en su rutina que ya no me seduce en el sexo. Él solo me da esa mirada… tan sexi, esa mirada oscura debajo de su frente que dice “ropas fuera” y ahí vamos. Ha estado agresivo y de mal humor, lo ha estado por las últimas cuatro semanas. Él tiende a cambiar un poco en el periodo previo a una gran pelea, así que no voy a
reprochárselo. Solo espero que cuando todo haya terminado recupere a mi Pedro de vuelta, el Pedro con el que me casé, el que es encantador, dulce, apasionado y cariñoso.
―Paula ―llama Pedro detrás de la puerta de madera, sacándome de mis propios pensamientos.
Exhalando, levanto mi cabeza y la dejo caer contra la pared.
Vanesa se sienta contra los armarios bajo el lavabo del baño. Sus rizos rubios están atados en un lindo y desordenado moño, en la parte superior de su cabeza y ella tira más su bata esponjosa alrededor de sus hombros.
―¿Qué hora es? ―le pregunto a Vanesa y ella busca su teléfono de un bolsillo.
―Las ocho.
Suspiro.
―Pedro ha terminado el entrenamiento y va a querer una ducha.
Wow. Su rutina se ha vuelto tan extensa que en realidad sé muy bien los tiempos de sus duchas.
Vanesa levanta las palmas de sus manos y se levanta sobre sus pies.
―No hay más que decir. Iré a esconderme a otra habitación hasta que Luciano se vaya.
―Voy a salir en un minuto. Tal vez pueda asustar a Luciano con mi rostro tan pálido como la muerte ―le digo, y con una incómoda sonrisa ella sale del baño, dejando entrar a Pedro.
Me quedo sentada contra la pared, observando como Pedro se saca su sudadera por encima de la cabeza. Ahora está tres tonos más oscura de lo que era cuando él se la puso, todo el sudor que tiene hace que caiga rápidamente al suelo mientras él la tira. Mi vista recorre su espalda mientras él gira su cuerpo en mi dirección. Espero pacientemente, tratando de descifrar con que Pedro voy a estar tratando esta mañana.
―¿Te sientes mejor?
Pienso en su pregunta. Mi estómago ya no duele, mi garganta ya no quema, pero todavía me siento aletargada.
―Me siento mejor ahora que he vomitado todo el pollo de Vanesa.
Pedro ríe y extiende su gran mano hacia mí. Echo un vistazo, pero dudo en tomarla. Pedro frunce el ceño.
―Tengo miedo que si me pongo de pie… podría vomitar en todas partes, ―confieso, tirando mis rodillas a mi pecho.
―Te ayudare. Ve despacio.
Acepto su comportamiento dulce, confundida.
―¿Por qué tengo que levantarme?
―Porque voy a tomar una ducha contigo. Va hacer que te sientas mejor.
Extraño. Pedro ha tomado todas sus duchas solo desde que entrena en casa.
Cuando le pregunté a Damian acerca de Pedro y la forma en que está actuando, me aseguró que todo es parte de la “preparación mental” de Pedro.
―¿Qué pasa, Paula? ―pregunta, con su mano aún extendida.
―No hemos tomado una ducha juntos en semanas ―le recuerdo―. ¿Seguro que quieres…?
―Quería una ducha juntos esta mañana. ―Su voz es baja y dominante―. Dame tu mano.
Sin pensarlo dos veces, deslizo mi mano en la suya y recorre un áspero pulgar sobre la parte trasera de ella mientras me tira a mis pies. Me balanceo un minuto y él hace una pausa esperando a ver si tengo que doblarme sobre la taza del inodoro. Afortunadamente, mi estómago se queda en su lugar. Pedro agarra el dobladillo de mi camisa antes de jalarla por encima de mi cabeza. Con el aire fresco de la mañana mis pezones se endurecen y mi piel borbotea con piel de gallina. Pedro toma mis pechos y sus picos endurecidos y abre su boca.
―Yo…
―Si dices una sola broma de pezones, juro por Dios que te voy a golpear donde más te duela.
Cierra su boca y vuelve su atención a sus pantalones de cordel. ¡Lo sabía!
Sabía que iba a decir una broma sobre pezones. Uno a uno tira de los cordones mientras hago el trabajo rápido de mi ropa interior y la lanzo a un lado. Doy un paso más allá de Pedro y entro en la ducha. A Pedro le gusta que sus duchas sean calientes así que gira las manijas. Ochenta por ciento del grifo de agua caliente y el otro veinte por ciento del grifo de agua fría. Personalmente prefiero temperaturas más frías. Donde fluye entre cálido y frío. Me quedo fuera del camino de la corriente caliente, mojando solo una esponja y añadiendo una gota de gel de baño de granada. Pedro dice que odia mi gel de frutas perfumado, pero en secreto creo que le gusta.
Hemos estado juntos desde hace tiempo y no he visto que lo sustituya todavía.
Pedro entra en la ducha e inmediatamente empapa su gran cuerpo debajo del flujo constante de agua. Inclina su cabeza hacia atrás, dejando que el agua corra por su rostro y su cuerpo.
Pasan unos minutos y él me mira por encima del hombro.
Estoy en el banquillo enjabonándome con mi esponja.
Simplemente esperando a que me haga saber si quiere mi ayuda. Las gotas de agua, se extienden fuera de los bordes
filosos de su rostro antes de gotear en su pecho.
―¿Estás bien? ―Oigo la preocupación en su voz, y aunque Pedro ha sido un poco distante y desagradable, siempre ha sido protector y se preocupa por mí.
Eso no ha cambiado.
Asiento.
―Solo estoy permaneciendo fuera de tu camino.
Sus cejas bien formadas se unen.
―¿Por qué?
El sale de la ducha y se acerca a mí. Su cuerpo es de un ligero tono rosado por el agua caliente e incluso un tono tan femenino le queda muy bien.
Me encojo de hombros, dejando caer mi mirada al suelo.
―Has sido diferente últimamente. Distante y difícil de manejar… no sé lo que quieres.
―Lo que quiero es lo mismo ―me dice, enganchando un dedo debajo de mi barbilla y acercándome―. Ten paciencia conmigo, Pau. Una vez que esto termine, voy a estar de vuelta normalmente, lo prometo.
Asiento de nuevo y mantengo la promesa en mi corazón.
Pedro toma la esponja de mis manos.
―Gira.
Haciendo lo que él dice, me doy la vuelta y le doy la espalda. Mueve mi cabello a un lado y presiona la esponja en mi hombro. Casi gimo en voz alta mientras rodea mi hombro izquierdo y luego el derecho. Me inclino hacia adelante, apoyando la frente contra las frías baldosas.
―Es bueno saber que mi Pedro sigue ahí en alguna parte ―murmuro mientras recorre mi columna vertebral con la esponja.
―Todavía estoy aquí ―responde cepillando el cabello de mi cuello―. Estoy bajo mucha presión, pero sigo aquí.
Sonrío. Es todo lo que necesito escuchar.
CAPITULO 258
Me quejo, recostando mi cabeza en el regazo de Pedro cuando miro a las estrellas.
―Odio la pizza.
Junto a nosotros, Damian ronca, llenando de otro modo el desierto tranquilo.
Pedro me mira, sonriendo con la sonrisa más divertida del mundo.
―Te dije que te detuvieras en el tercero.
―Pero el número cuatro me rogó para comerlo y se veía muy bueno.
Una brisa fresca sopla ahora, empujando un mechón de cabello en mi cara.
Él lo aleja.
―¿Y el número cinco?
Me quejo de nuevo, rodando sobre mi lado.
―Cállate, Pedro.
Envuelve un cálido brazo alrededor de mí y tiemblo mientras la brisa rueda por mi vestido y me hace cosquillas en la columna vertebral. La piel de gallina inmediatamente se extiende sobre la superficie de mi piel y Pedro se remueve debajo de mí.
―Tengo una chaqueta en el auto ―me informa.
Me empujo para arriba en una posición sentada, haciendo caso omiso de la forma en que mi estómago se siente como si fuera a abrir en cualquier momento.
―Voy por ella. Tengo que bajar algo de esta pizza.
Por algún milagro, me las arreglo para empujarme con gracia en mis pies.
Es el contoneo al auto el que es vergonzoso. El peso extra en el vientre hace que mis pies descalzos se hundan más profundamente en la arena, pero estoy demasiado fría y demasiado llena para importarme.
Me senté en una manta sobre la arena y nada me tocó así que creo que voy a tomar mis posibilidades. Mientras me acerco al auto de Pedro, haciendo caso omiso de la sensación de la arena y ramas entre mis dedos de los pies, escucho jadeos.
Hago una pausa, conteniendo la respiración. En el peor de los casos, hay una serpiente aquí con pulmones lo suficientemente grandes para jadear como un ser humano... el mejor de los casos, es un lindo conejito que encontró una bonita flor.
Niego. ¿Qué diablos, tengo doce?
La palma de mis manos roza contra el fresco capo del auto y me asomo por la esquina. Mis labios se separan y mi cuerpo zumba al instante, tarareando y vibrando como el metal después de golpearlo con un martillo. La revoltura en la boca de mi estómago me dice que es de vergüenza, que lo que estoy presenciando no es hecho para que yo lo vea.
Pero la sensación ligera de presión contra el techo de mi estómago me dice lo contrario. Conozco la excitación cuando la siento.
Vanesa y Luciano...
Así que aquí es a donde desaparecieron.
Él la tiene sostenida con dureza contra el auto de Pedro, presionando su culo desnudo en el frío metal.
Sus bocas están entrelazadas en besos castigadores y su
mano tatuada es firme en su garganta.
―Eres traviesa ―susurra Pedro en mi oído. Salto y él rápidamente coloca una mano sobre mi boca, tirando de mí lejos de Vanesa y Luciano. Sosteniendo la mayor parte de mi peso, me tira hacia el otro lado del auto. Mi corazón late su camino a en mi estómago lleno de pizza y se apresura en mi garganta. Presiona mi espalda contra el auto y quita su mano.
―Tú, pequeña voyeur ―susurra con una ligera sonrisa―. No tenía ni idea.
Golpeo su pecho y él lo esquiva, tragándose una carcajada.
―Basta. No lo soy.
Sus ojos exploran mi cara y descansan en mis indudablemente mejillas sonrojadas. Los labios de Pedro se curvan en una sonrisa descarada.
―¿Te gustó eso, no es así?
―¡No! ―Mis mejillas se sonrojan más brillantes, haciendo a mis ojos aguarse. Me está dando esta mirada, una que tiene “atrapada” escrito por todas partes―. Tu chaqueta está de ese lado y me tomó por sorpresa. Para ser honesta, estoy un poco avergonzada.
Levanta su mano, trayéndola hacia mi pecho. Con el dedo índice extendido, el acaricia la punta a través de mi clavícula.
―No estás solo avergonzada. Estás algo más, también. ¿No es así?
La mirada conocedora en su rostro, toma los huesos de mis piernas y de repente estoy de pie en un músculo tambaleante. Niego mientras mueve sus dedos más hacia arriba trazando mi garganta y trago con fuerza mientras su repentinamente hirviente dedo acaricia mi tráquea.
―¿Es eso lo que quieres? ―pregunta con cautela. Mi respiración se atasca en la garganta mientras se inclina y traza mi mandíbula con sus labios. Son cálidos y húmedos, enviando una ráfaga de escalofríos de mi cabeza hasta en mis dedos de los pies.
Niego.
―No.
Alza una ceja y abre su palma. Pasa la palma de su mano y la punta de sus dedos por un lado de mi garganta.
―Eso no suena muy convincente.
Alejo su mano con un golpe y agarro el cuello de su camisa. Lo arrastro más cerca y aplasto mi boca en la suya. Él separa sus labios y el fuerte sabor de la menta me hace cosquillas en la lengua mientras deslizo la mía contra la suya.
Gimo en su boca antes de atrapar su labio inferior entre mis dientes. Me retiro un poquito hacia atrás hasta que Pedro hace una mueca, y luego lo dejo ir.
―No ―le digo de nuevo, esta vez con jodidamente mucha más confianza en mi voz.
Frota su labio inferior con su dedo índice y busca indicios de sangre. No lo mordí tan duro.
―Lo tengo ―responde con una contracción de sus labios―. Nada de asfixia.
Lo que sentí al ver a Vanesa y a Luciano no fue el encanto de “sexo duro”. Me sentí atraída por la pasión que esos dos tienen, que Pedro y yo tenemos. Es una cosa hermosa de ver... y sí, también resultó excitarme, no es que pueda evitar eso.
Funciona de esa manera; el cuerpo humano absorbe olores, sonidos y colores (obviamente).
Mientras procesas las cosas, tu cuerpo te hace sentir y reaccionar a las cosas que estamos presenciando y eso es exactamente lo que pasó. Vi algo que me parece hermoso y excitante por lo que mi cuerpo reaccionó a ello. Esto no quiere decir que quiero lo que ellos tienen. De hecho, me estremezco al pensarlo.
La brisa fresca sopla más fuerte, tomando mi sangre caliente con ella.
―Correcto ―murmuro, abrazándome―. Ahora tenemos que encontrar una manera de conseguir la chaqueta sin molestarlos.
―Yo lo haré. ―Se aleja y avanza con dificultad por la arena antes de desaparecer detrás del auto. Espero en el silencio.
Levanto mi mano a la boca para morder mi uña del pulgar, esperando la reacción de ellos. Cómo Pedro puede
interrumpirlos sin sentirse incómodo está más allá de mí. No me gustaría ser atrapada en una situación con mis pantalones abajo.
―No me pongan atención. ―Oigo a Pedro decirles. Vanesa chilla y me pongo de golpe una mano sobre mi boca para contener la risa―. Paula tiene frío, y por lo visto, tú también. Trata de no rayar mi auto con esas cosas.
Vanesa deja escapar un gruñido de frustración y la puerta del auto se abre y se cierra. Ni un segundo más tarde Pedro camina tranquilamente de nuevo hacia mí.
Me empujo del auto sin poder ocultar mi sonrisa.
―¿De verdad, Pedro?
―Oye, sabes que nunca pierdo la oportunidad de una broma de pezón.
Sostiene la chaqueta extendida, deslizo mis brazos uno por uno y tiro de ella sobre mis hombros. Me paro en puntillas y lo beso en la mejilla.
―Gracias.
Me levanta en sus brazos y me lleva de vuelta a la manta.
Mientras redondeamos la parte delantera del auto, Vanesa sale hecha una furia en una dirección y Luciano en la otra, pasando los dedos por su corto cabello.
―Recuérdame no invitar a estos dos a cenar la próxima vez ―murmura Pedro en mi oído.
―Solo estoy feliz de que finalmente están hablando entre sí de nuevo.
En la manta, Damian todavía está roncando, completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo sobre el auto. No sé cómo está tan en paz aquí, en la naturaleza.
Tengo demasiado miedo de parpadear siquiera por un segundo de más. Vanesa se deja caer sobre la manta, tirando de su teléfono celular en su bolsillo.
―No hay recepción ―dice, guardándolo de nuevo―. Odio Las Vegas.
Pedro me baja sobre la manta y me giro hacia Vanesa mientras Pedro se acuesta sobre su espalda y cierra los ojos. Supongo que esa es su manera sutil de darnos a Vanesa y a mi algún tiempo de chicas. Le doy la espalda y meto mis rodillas en mi pecho. Agarro los extremos de la chaqueta y fuerzo la tela sobre mis rodillas y por mis piernas. Ah. Eso está mejor. Ahora soy una pequeña bola de calor.
Vanesa se inclina hacia atrás en las palmas de sus manos y estira las piernas antes de cruzarlas en los tobillos. Le echo un vistazo, a sus piernas, y mi mirada revolotea a la tela irregular en su entrepierna. Uppssss. Cremallera abierta. No hay nada más incómodo que una cremallera abierta. ¿Cómo le dices a alguien que sus pantalones están abiertos sin sentirte un retorcido? A la mierda. Acabo de ser testigo de ella y Luciano en el medio de algo, lo menos que puedo hacer es decirle que su cremallera está abierta.
―Mmm, ¿Vanesa?
―¿Sí?
Me aclaro la garganta y me inclino cerca de su oído.
―Tu cremallera...
Ella baja la mirada y se ríe, sus mejillas volviéndose un rosa violento.
―Lo siento. Son estos pantalones. La cremallera está siempre bajándose.
Asiento, frunciendo los labios contra una sonrisa. Decido no burlarme de ella acerca de Luciano. Si quiere decirme, lo hará… si solo lo hiciera, entonces tal vez podría ayudar u ofrecer un buen consejo. Entonces me doy cuenta, Luciano y las chicas al azar que él trae. Ella tiene que saber... y ahora es un momento tan bueno como cualquiera para decírselo.
―Vane, hay algo que tengo que decirte. No quiero, pero como tu mejor amiga siento probablemente debería.
―¿Es mi pezón? ―Vanesa se asoma hacia su cremallera de nuevo y luego a su pecho, claramente inspeccionando su ropa.
Me echo a reír.
―No, no es eso. ―Me aclaro la garganta―. Como sabes, Luciano se ha estado quedando con nosotros... y él… ―Atrapo mis labios entre los dientes. Jesucristo, esto es más difícil de lo que pensé que sería―. Trae chicas a casa,
chicas que no son tú.
De repente, ella evita mi cara.
―Lo sé.
―¿Lo sabes? ―escupí. Si no tengo cuidado, mis ojos van a sobresalir justo fuera de mi cráneo.
―Sí, lo sé.
Y ese fue el final de eso. Por primera vez desde que conozco a Vanesa, caemos en un silencio incómodo, sin nada que decir y eso duele.
¿Está ella cambiando?
¿Estoy yo cambiando?
Vanesa y yo siempre tenemos algo de qué hablar. Siempre.
―Así que ―arrastro, empujando nuestra anterior y extraña conversación detrás de mí―… ¿algún plan previsto?
Ella niega.
―Ya no tengo estómago para Las Vegas. Estoy harta. ―Hace una pausa, chupando sus labios en su boca y dejándolos ir con un pop. Es lo que la delata cuando está nerviosa... y Vanesa nunca se pone nerviosa, por lo que el movimiento me pone en el borde―. Estoy pensando en ir a casa antes, Pau ―murmura, inclinando su cabeza hacia el cielo.
Me remuevo en mi chaqueta.
―Pero todavía tenemos meses aquí.
―Tú todavía tiene meses aquí. Yo estoy aquí por Luciano, y ahora... ―Ella arrastra una inhalación por la nariz y la expulsa rápidamente―. Ahora ha terminado.
No puede irse. Sin ella, ¿qué voy a hacer? ¿Salir con Maca? No es que tenga nada en contra de Maca, es solo que, Vanesa es mi mejor amiga, mi hermana.
―No te vayas ―le ruego, empujando mis piernas fuera de la chaqueta y deslizándome más cerca―. Por favor, Vane, te necesito. No puedo hacer esto sin ti.
¿Quién va a sentarse a mi lado en la pelea? ¿Quién va a tomar mi mano y animar cuando yo no puedo?
―Paula…
―Quédate conmigo. En mi habitación ―dejo escapar. Las palabras salen sin pensar y me detengo por un momento. Ninguna objeción proviene de Pedro y no me atrevo a mirar por encima de mi hombro por temor a la mirada de muerte que probablemente está enviando directamente a mi espalda―. Dale a Luciano su habitación de vuelta y quédate conmigo por el resto del viaje. ―Mi voz está suplicando, desesperada por conseguir que se quede conmigo.
―¿Y a Pedro no le importaría? ―pregunta ella, bajando la voz.
Paso saliva, y finalmente, miro por encima de mi hombro. Como lo esperaba, sus ojos oscuros están en mí. Lo observo, tratando de comunicarme con mis ojos, y después de un concurso de miradas intensas cierra los ojos durante tres segundos y luego los abre.
―No ―dice él y mis hombros se desploman―. No me importa.
Un ruido raro y excitado fuerza su camino hasta mi garganta y por mi boca.
Me giro alrededor y me abalanzo sobre Pedro. Envuelvo mis piernas alrededor de sus caderas perfectas y agarro su rostro perfecto. Lo beso una y otra y otra vez mientras me aprieto contra él.
―Supongo que tengo algo que esperar ―dice Vanesa inexpresiva mientras ahogo a mi increíble marido en besos.
Pedro se aparta e inclina la cabeza hacia Vanesa.
―Después de lo que he visto un par de minutos atrás contra mi auto, me lo debes.
Me río mientras Vanesa rueda los ojos.
―Tengo la sensación de que nunca voy a vivir para que te olvides de eso.
―Ni en un millón de años, enana.
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