miércoles, 7 de mayo de 2014

CAPITULO 113



Mi corazón inmóvil y mi garganta apretada. Empecé a sudar, un frío sudor que se desliza desde mi nuca bajando por mi espalda y tragué con fuerza mientras lagrimas brotaban de mis ojos.

―¿Paula? ―dijo Pedro mi nombre mientras lagrimas rebosaban el borde.

―¿Él-él está bien?

Mordí mi labio inferior tan duro que inmediatamente saboreé sangre.

Carlos se inclinó hacia adelante, pero no pude verlo. Todo lo que vi fue el rostro enojado de mi padre.  

―Está vivo y está en el hospital de Portland. Estoy aquí con él y tu madre. ¿Quieres que vaya por ti? 

―No, estaré pronto allí. ―No quiero que Pedro maneje todo el camino hasta aquí y de regreso al hospital. Colgué y limpié las lágrimas de mis mejillas.

―¿Está todo bien?

Lejos de eso. Negué.  

―Necesito un aventón al hospital. Mi padre tuvo un ataque al corazón.

Carlos trotó hacia su oficina y agarró su chaqueta y llaves.
  
―Vámonos.

Me levanté de manera insegura de la silla en completa conmoción. Me aliviaba que mi papá estuviera bien, pero el pensamiento de haber estado tan cerca de perderlo me consume. ¿Es porque le grité? El carro de Carlos está estacionado justo frente a la puerta de su tienda. Es un lindo carro, deportivo, brillante y rojo. Dentro, el material es cuero y cómodo. Gracias a Dios estoy usando un cinturón de seguridad. Cada vez que gira una esquina sujetó el asiento con miedo de deslizarme de él. Frenamos afuera del hospital y Carlos me sigue fuera del auto. En otras circunstancias estaría preocupada por la reacción de Pedro al mostrarme con Carlos, pero hay cosas más grandes por las cuales preocuparme ahora.

Corro hacia la portera. La mujer se alarma por mi frenético
comportamiento y controlo mi respiración, tratando de verme menos exhausta.

―Ricardo Chaves. ¿En qué habitación está?

Muerdo mis uñas mientras ella busca en la computadora. 
 
―4-3-0.

Carlos le agradece y yo lagrimeo por el pasillo. Tomó dos elevadores antes de conseguir encontrar su habitación.

Pedro está recostado contra el muro afuera. Está girando su teléfono en sus dedos y masticando un palillo.

―¡Pedro! ―digo en voz alta.

Su cabeza vuela hacia mí y sus ojos se derriten de preocupación a alivio, eso es hasta que pasa de mí y ve a Carlos. Envuelvo mis brazos alrededor del cuello de Pedro y lo traigo hacia mí. Sus fuertes brazos se enrollan en mi cintura y coloca suaves besos en mi cuello.  
―Estaba tan preocupado ―dice―. Pensé que estabas tomando un bus.

―Carlos me trajo… eso parece un poco más realista. ―Le di mi mejor “se bueno” cara y me alejé de Pedro para entrar a la habitación de mi papá. 
Maquinas hacen bip alrededor de él y mi mamá lee un libro en el sillón reclinable de la esquina.

―¿Paupy? ¿Pensé que tenías trabajo? ―pregunta papá mientras me aproximo a su cama. Su voz está un poco cansada, pero aparte de eso luce bien. Mamá baja su libro y salta de la silla a abrazarme. Cuando me lleva entre sus brazos, las lágrimas se derraman bajando por mis mejillas y no puedo detenerlas. Son lágrimas de júbilo, lágrimas de tristeza. Estoy tan aliviada de que él esté bien, pero aún me siento culpable. Si no hubiese discutido con él tal vez esto se habría evitado.

―Lo siento. ―Lloro. 
Él se mueve en su cama incapaz de sentarse.
  
―Esto no es tu culpa. Debería haber escuchado a los doctores y a tu madre, y a ti en primer lugar. 
Las manos de mi mamá frotan mis hombros mientras trata de calmarme. 
 
―No es la culpa de nadie. Tuvimos suerte y cuando regresemos a casa no tendremos más que vegetales y alimentos a la parrilla. 
Papá asintió avergonzadamente.

―Si no fuese por Pedro―dice―. No sé si estaría aquí.  

―¿Pedro?

Sus ojos se mueven rápido a la cama, nerviosamente.  

―Vino a mi oficina a darme una charla de “sin resentimientos” y no sé lo que sucedió. Mi mandíbula empezó a doler y creí que era por la estúpida carne que estaba comiendo, pero entonces hubo esta demoledora sensación en mi pecho…

―No necesitas revivirlo, cariño ―dice mi mamá,inclinándose sobre la baranda blanca, para besarlo―. Debemos animarnos desde aquí.

Carlos golpeó la puerta, atrayendo nuestra atención y caminando dentro.

―Uh, Paula, debo regresar a la oficina. No tienes que venir. Me haré cargo de todo.

Mamá sonrió ampliamente hacia él y yo la miré suspicazmente. Si ella está así…

―Y eso es muy amable de su parte, ¿no es así Paula? 
Wow. En verdad está jugando a casamentera ahora. 
―Sí, lo es ―contestó, casi entre dientes apretados―. Pero debo trabajar. He tomado mucho tiempo libre y necesito pagar la renta y la electricidad.

―Si te regresas… ―levanto rápidamente mi mano hacia ella y corto sus palabras. Estoy tan no iré allí, no ahora mismo.
―Puedo cubrir eso ―ofreció Pedro casualmente, recostándose contra el marco de la puerta. Cómo alguien puede casualmente ofrecerse a respaldar a alguien está más allá de mí. Es una gran cosa. 
―No es necesario ―digo. 
―Paula, no te permito regresar al trabajo. Todavía tienes doce días de paga restantes de tus vacaciones anuales. Solo te pondré en ellos. ―Carlos se inclinó y presionó un beso en mi mejilla.

Mis ojos se movieron rápidamente del rostro de Carlos. Esto no era un gesto sexual, no creo que lo haya hecho para molestar a Pedro a propósito. 
Solo está siendo amigable y comprensivo, creo.

―Dame una llamada cuando estés lista. ―Salió por la puerta, pero no sin ganarse una muy sutil mirada con furia de Pedro. 

CAPITULO 112



Pedro insistió en acompañarme a la oficina esta mañana, para gran consternación de Carlos. Desde entonces no ha hecho nada, además de ladrarme órdenes. Le he enojado a lo grande y sé exactamente por qué.

―Disculpe. ―Una mujer de edad avanzada exige. Mete un corto rizo blanco alrededor de su oreja. Los pacientes han sido extraordinariamente perros hoy―. He estado sentada en esta sala de espera una hora. Mi cita debería haber sido… hace cuarenta minutos. ―Ella no dijo nada ofensivo o fue una perra, pero todo se trata de su molesto y agudo tono. Lucho con el impulso de fruncir el ceño y le sonrío cálidamente en su lugar.

―Gracias por ser tan paciente. ―Sí, claro―. Usted será la próxima. El Dr. Peterson no tardará mucho más tiempo. 

Con un suspiro alargado, se aparta de mí. Carlos sale de la sala de terapia con un paciente. El hombre que sale es Gary Voss, quien mantiene la cabeza gacha y se pasea nerviosamente por la oficina.

La anciana salta a sus pies cuando Carlos la invita a la sala de terapia, mientras dirige las hojas de los análisis de Gary Voss hacia mí.

―Archiva esto. ―Lo desliza hacia mi mesa y se va. Yo hago lo que me dice, y sin una mirada entro en el archivo.


Cuando termina con la mujer y ella se va, me doy cuenta de que no hay nadie más reservado como hasta mediados de la tarde. En mi bolsillo mi teléfono vibra. Lo saco y echo un vistazo a la pantalla. Pedro. Golpeo ignorar. No puedo hablar ahora. Además, realmente no hablamos después de la ducha en el gimnasio y no quiero molestar a Carlos más aún.
Hablando de Carlos, sale de su oficina, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones negros.
―¿Cómo estuvo Concord? ―me pregunta lo suficientemente amable.

Sus cejas rubias se fruncieron ligeramente, pero sé que está tratando de aclarar las cosas entre nosotros.

―Bien ―respondo―Vanesa y yo pasamos mucho tiempo juntas, así que estuvo muy bien.

Mi teléfono vibra otra vez, haciendo un sonido de zumbido sordo.  
―Tu teléfono va a reventar. 
―Estoy en el trabajo. Tendrá que esperar.

Los labios de Carlos se curvan en una sonrisa juguetona.
  
―¿Te sientes bien? ¿Cuándo has ignorado un texto o una llamada de teléfono en el trabajo?

―Bueno, te lo debo ahora. Te has puesto al día con un montón de mi…

―Maldita sea. No puedo encontrar la palabra correcta.

―Mierda.

―Así es. ―Me río―. Es hora de que te lo devuelva y actué como una empleada adecuada.

Se inclina sobre el escritorio y al momento la animosidad entre nosotros se va.

―Por favor, no empieces a hacer las cosas para las que te contraté,las hago por mi cuenta.

Me río.  

―¡No soy tan mala!

Mi teléfono se pone en marcha de nuevo, vibrando contra mi muslo.

―Respóndele. Voy a ignorarlo sólo por esta vez.
Sonrío con gratitud hacia él y saco mi teléfono de mi bolsillo. 

Es Pedro de nuevo. Inclino mi pantalla hacia mí un poco, por lo que Carlos no puede ver.

―¿Hola?

―Paula, ¡Jesucristo! ―Su profunda y furiosa voz me sobresalta.
Incluso Carlos oyó. Sus cejas se levantan un poco y su mandíbula se tensa―¿Por qué no has estado contestando el teléfono maldito Dios?

Siento que mis mejillas se calientan y mi corazón bombea la sangre con rapidez a través de mis venas. ¿Qué podría tenerlo tan al borde? Él parece desesperado y preocupado. Su voz hace que mi estómago se contraiga,amenazando con devolver los arándanos y yogur que tuve para el desayuno.

―Estoy en el trabajo, recuerdas. ¿Qué está pasando? ¿Por qué estás tan enojado?  
―Lo siento. ―Toma una profunda respiración para calmarse―. Tu padre ha tenido un ataque al corazón.

CAPITULO 111



―Has estado en dos de mis peleas. Sin duda, es más fácil para ti ahora.

―No se trata de la pelea. Se trata de mi trabajo. Tengo un trabajo y me he tomado demasiado tiempo libre ya. Cuento con mi trabajo para pagar el alquiler, la comida y un millón de otras cosas.

―Está bien, voy a cubrir todas esas cosas por un rato. No es un gran problema.

¿No es un gran problema? Es un problema muy grande. Soy un adulto, lo que quiere decir que soy responsable de ciertas cosas.

―Carlos probablemente me despedirá si…

―Entonces deja que te despida.

―¿Que me despida? ―No sueno tan enojada, que es como me siento―. ¿¡Que me despida!? ¿Estás loco? Necesito mi trabajo. 

Los ojos de Pedro se oscurecen y sus labios se transforman en una línea recta, impasible. Toda la atención está en nosotros.


―Papá ―gruñó sin querer―. Tú no vas a ir a Boston. Te vas a quedar aquí en Portland conmigo. Tu presión arterial es alta y hay que empezar a tomar eso en serio. 
―Paupy 

Pedro, dile que no puede ir. ―No lo miro, pero puedo sentir su mirada airada en mi cara. Exhala y gira a mi padre.
―Lo siento, Ricardo.

―¿Hablas en serio? ―Él se burla―. Todo porque un doctor loco piensa que mi presión arterial es alta. ―Lanza sus manos en el aire antes de irrumpir en la habitación. Me dirijo a Pedro que está enfadado, pero yo estoy más enfadada.

―Tengo que tomar una ducha y prepararme para el trabajo, para así poder pagar la renta la próxima semana. Avísame cuando hayas terminado aquí ―murmuro, marchándome después de mi padre.

Papá está enojado en su oficina. Lo sé porque las persianas están cerradas. Cada vez que las persianas están bloqueando la ventana, es que no quiere ver a nadie y está bien para mí.

Mis dedos se enredan en mi cabello y silbo cada vez que mi cuero cabelludo se quema debido a eso. Me pareció que la ducha me ayudaría,pero todavía estoy enojada. Entonces deja que te despida. Pfft. Es como si mi trabajo no fuese un gran problema para él. Bien, yo no podría hacer tanto dinero como él, pero eso no significa que mi trabajo no era importante.

Restriego el jabón en un paño y froto a toda prisa debajo de los brazos y sobre mis pechos. El olor de la toronja y granada me alivian un poco,quitándome un poco de mi agitación. Papá va a estar enojado conmigo por un tiempo, pero sé que mamá me respaldará, por una vez.

Llaman a mi puerta y sacudo la cabeza. Este es el baño de las señoras.  
Por suerte, el gimnasio está cerrado y soy la única aquí.
―Me estoy duchando. ―La puerta traquetea y luego se desbloquea. 
Pedro entra con su expresión frustrada―. Por favor, pasa de todos modos 
―¿Crees que esas palabras podrían hacerme ir a otro lado?
Me encojo de hombros.

―Te han enojado. 
―¿Soy tan obvio?

Él se baja los pantalones cortos y los echa a un lado.  
―No seas así.

Le doy mi paño y se estruja el jabón. Él deja rastros de burbujas de dulce olor por toda su piel mientras la lava. Yo estoy bajo el chorro caliente,dejando que el agua enjuague todo el jabón de mi cuerpo.

―No pensé que tendría que obligarte a venir a mis peleas ahora que eres mi novia. ―Ni siquiera me mira. Sus ojos están puestos en la esponja mientras gira alrededor de su estómago.

―No pensé que tendría que dejar mi trabajo y llegar a ser una triste mujer dependiente que te llevas contigo a todas partes.  
Su mirada se ajusta a mi cara. 
 
―¿Es eso lo que realmente sientes?  
Niego. 
 
―Por lo general no, pero esta mañana me lo estoy empezando a preguntar.  
―No se trata de dependencia. Se trata de apoyo. Me alivia y quiero que estés ahí cuando gano.  
Suspiro, saliendo de la corriente de agua para que él pueda entrar a enjuagar sus burbujas. 
―No puedo estar allí todo el tiempo. No es realista.
Intento con todas mis fuerzas mantener mis ojos en los suyos. Es doloroso no mirar en todas partes. 
―Voy a estar viajando mucho, Paula y te quiero conmigo en todo momento

Estoy tratando de ser tan amable como puedo, pero todavía estoy demasiado enojada. 
―Sí, bueno, no siempre tenemos lo que queremos. ―Saco mi toalla de mi bolso y la paso por encima de mi cuerpo mojado, secando todas las gotitas―. No es demasiado tarde para echarse para atrás, ya sabes ―le digo,en referencia a nuestra relación.

―Yo no voy a ninguna parte. ―Apaga la ducha y le doy mi toalla. 
―Eres persistente.

―Consentido. ―Sonríe, corrigiéndome―. Estoy acostumbrado a conseguir lo que quiero


martes, 6 de mayo de 2014

CAPITULO 110



Nos damos la mano y nos acercamos a las barras. Luciano se une a nosotros, contando. Cuando la palabra "Partida" cae de sus labios, Damian y yo empezamos con las flexiones. Casi de inmediato mis brazos comienzan a quemar y mis músculos a temblar. Mis pulmones se queman con la falta de oxígeno porque estoy conteniendo la respiración cada vez que flexiono.

Puedo oír a Damian respirar rítmicamente y me doy cuenta de que esto es pan comido para él. Va a machacarme. Bajo y uso toda mi fuerza para tirar lentamente de mí misma. 

Luciano se está riendo, el mejor momento de su vida mirándonos. A mi lado, Damian está tirando de él hacia arriba y abajo rápidamente, como si fuera la cosa más fácil que haya hecho nunca. Mis brazos me van a dejar ir. Puedo sentirlo. A la mierda. Dejé caer mis manos de la barra y caigo en el suelo con los dos pies. Mis músculos tienen espasmos bajo mi piel y me acuesto de espaldas sobre las frescas colchonetas. Damian se inclina sobre mí, casi sin aliento.  


―Hice ocho. ―Me quejo con orgullo. 

Él extiende su mano hacia mí y la tomo. Mis brazos se sienten como gelatina. Se sienten como si se fueran a separar de mi cuerpo y a flotar de un momento a otro.  

―Bien hecho. ―Sonríe―. Ahora deja de hacer que mi chico llegue tarde.  

Pongo los ojos.   

―Tú y yo sabemos que nadie puede hacer que Pedro haga nada que no quiera.


La risa de papá me llama la atención, él y Pedro entran en la habitación. 
―Damian y Paula acaban de ir cabeza a cabeza en un concurso de flexiones en la barra ―anuncia Luciano, tirando de su camisa verde sobre su cabeza y exponiendo mucho más músculo del que se supuse que tenía―Paula perdió, obviamente. ―Se ríe y yo frunzo el ceño hacia él.

―Realmente no perdí ―declaro―. Puedo hacer ocho flexiones ahora en lugar de siete.

La risa estalla de todos y me enfado. Supongo que jactarse de siete no es digno después de todo.

―Como sea… ―comenta Damian―. Recibí una llamada de la MMAC antes anunciando que tu partido con Joshua Donskov es en siete días. Ya conoces las reglas. Nada de sexo. Nada de malas grasas y sin azúcares. La lucha será en Boston. Vences eso y lucharás contra Dom Russell por el contrato de profesional en Las Vegas una semana más tarde.  
―No puedo esperar a verte golpear a Josh Donskov en el culo. ―Los vítores de papá y el pavor me llena el estómago.
Mi papá no puede ir a Boston porque no puedo ir a Boston para mantener un ojo sobre él.Carlos me despedirá si pido más tiempo libre. Ya he pedido demasiado. Luciano, papá y Damian entran en una discusión acerca de Josh Donskov y su técnica de “luchador”. Aparto a Pedro a un lado. 
 
―Papá no puede ir a Boston… ―le susurro a él.  
Sus cálidas manos rozan mis brazos y mis hombros, masajeando.  

―Entre los dos podemos ser capaces de cuidar de él.
Casi me estremezco. Asume que voy a ir a Boston con él.  
Pedro, yo no voy a ir contigo a Boston…
Sus cejas oscuras se ciñen.

CAPITULO 109



No pasamos mucho tiempo en mi casa. Pedro esperó en el coche mientras yo corría dentro y agarraba un suéter, un par de pantalones negros y unos tacones negros bajos. Me aseguré de agarrar mi bolsa de maquillaje y un cepillo de cabello. También me las arreglé para meter unas leggins y una camiseta en mi mochila para poder ejercitarme.  

Cuando llegamos al gimnasio, el entrenador de Pedro, Damian estaba sobre él, castigándolo por haber llegado tarde y por lo poco profesional.

Luciano también está aquí, apoyado en la pared moviendo la cabeza en señal de desaprobación hacia nosotros. Me alejé, dejando que Pedro lidiara con su enojado equipo y me dirigí a la sala de ducha. Me pongo mi ropa y vuelvo a salir. 

Pedro está en el ring de boxeo con su compañero de entrenamiento.
Aparto mi mirada, mientras el puño de Pedro está a punto de conectar en  el rostro del otro chico. No lo veo, pero oigo cuando el hombre cae al suelo y me estremezco,imaginando todo en mi cabeza.  
―¡Paupy! ―me llama papá desde su ventana. Miro hacia arriba y lo veo colgando a mitad de camino por la ventanilla para hablar conmigo. La idea de una caída me pone nerviosa.  
―Hola, papá.

―Un momento ―dice sonriendo―. Voy bajando.

Pisoteo mis zapatos a lo largo de la alfombra mientras espero por él.

Rodea  la esquina viéndose alegre y alerta

―Ha pasado un tiempo desde que has venido al gimnasio ―dice,tirando de mí en un abrazo.
 
―Sí, he estado ocupada. Pero estoy aquí hoy.

Papá pasa un pesado brazo sobre mi hombro, caminando hacia el ring.

Miro de reojo y veo una fritura francesa asomando de su bolsillo. Lo saco y él me mira ferozmente.  

―Se supone que debes estar comiendo sano. Ya sabes, por el bien de tu corazón.

Él agarra de mi mano sus frituras y cambia de tema.  
―Tu madre y yo fuimos a tu casa anoche, pero no estabas en casa.

Mis mejillas se calientan y me siento incómoda diciéndole que estaba en casa de Pedro.  

―Lo siento, Ricardo ―dice Pedro jadeando, sonriendo con confianza hacia nosotros desde el ring―. Ella estaba conmigo. 
¿No debería estar aquí Damian asegurándose de que Pedro está prestando atención al entrenamiento, en lugar de entrometerse en mis conversaciones?
Miro a mi alrededor por el gimnasio. Damian está hablando en su teléfono,con el rostro serio centrado en un punto en el tatami. Luciano está inclinando sobre Damian, tratando de entrar en la conversación. Dirijo mi atención a Pedro y papá.
―Bueno, ¿quieres decirle? ―pregunta Pedro―¿O debería hacerlo yo?

―¿Decirme qué? 
―Que estamos juntos, oficialmente.
Sonrío, tímidamente.  

―Oh, cierto. Sí. Papá estamos saliendo ahora, así que…

Los finos labios de papá se extienden en una amplia sonrisa y, a su vez me hace sonreír. Él parece tan joven, tan feliz. 
―¡Eso es genial! ―Papá se ríe, palmeándome en el hombro―. Tal vez algún día pronto tendré a Pedro Alfonso como mi yerno. 

Pedro y yo nos reímos nerviosamente incluso creo que ambos nos sonrojamos. Ninguno de nosotros estamos pensando en un futuro tan lejano.

Me alejo de los dos y me dirijo a la cinta de correr. Si me quedo a charlar,nunca conseguiré en cualquier momento ejercitarme y Dios sabe que mi papá puede hablar para siempre, si realmente quiere. Me estiro un poco, pongo en marcha la máquina de correr y troto a un ritmo acelerado.

 De vez en cuando miro por encima el entrenamiento de Pedro con su equipo. 
Mientras su compañero de entrenamiento, y mi papá están en el ring con él.

Sus ojos grandes como un niño en una tienda de dulces mientras habla con Pedro. El compañero de entrenamiento se encuentra en el suelo a los pies de Pedro y él le da su brazo. Miro con curiosidad mientras mi papá dice a Pedro qué hacer de manera inaudible.

Su compañero de entrenamiento envuelve sus piernas alrededor del brazo de Pedro y tira con fuerza. Me estremezco, imaginando la tensión en el codo. Mi padre se agacha en el suelo, hablando, siempre hablando. Pedro asiente y levanta al chico del entrenamiento del suelo delante de él golpeando hacia abajo. El chico le suelta el brazo a Pedro y papá acaricia su espalda, feliz con el resultado. Damian y Luciano están preparando colchonetas en la sala de entrenamiento. Detengo mi cinta. 

Quiero ver lo que están haciendo. Sólo he visto el boxeo de Pedro con su compañero. Nunca lo vi realmente ejercitando. Me asomo por la puerta y me sorprende cuando veo unas barras para flexiones en la habitación.

―¿Qué, no hay neumáticos de tractor? ―le pregunto a Luciano.

Luciano niega y se endereza con esfuerzo del suelo.  

―No este año.

Pedro trabaja en un programa de peso corporal. ―Damian sale del ring―. Lo que significa que no levanta exceso de peso, sólo el suyo.

Eso sigue siendo una gran cantidad de peso.  

―Entonces, ¿qué hace?

―Todos los días, Pedro hace cinco series de tantas flexiones como pueda, repite hasta que llega a la fatiga muscular. Se recuperará durante sesenta segundos y luego comienza su siguiente serie de flexiones. ―Señala con el mentón, la barra. 
―Tres días a la semana hace cinco series de la mayor cantidad de flexiones y algunas sentadillas con su peso corporal. Correr, saltar y otros ejercicios se practican,también.

―Así que no hay pesas, ¿sin campanas o máquinas? ¿Eso es un poco simple para un luchador, no? ―No tengo ni idea. Sólo sé lo que he visto de los DVDs de mi padre.

―A Pedro le gusta algo más… del tipo de trabajo de “Rocky”, a pesar de su sencillez, es un programa muy equilibrado. Si continúa siendo favorable, podemos fijarnos en introducir las máquinas.

Damian lo tiene todo resuelto y estoy impresionada.  

―Las flexiones no son tan difíciles sin embargo ―declaro―. Yo puedo hacer al menos siete.

Tanto Damian como Luciano se ríen a carcajadas, como si hubiese dicho la broma más divertida en el mundo. No era una risa amable, sus cabezas duras estaban dando vueltas, y mostrando los dientes en una especie de risa.

Estoy muy orgullosa de mi capacidad para hacer siete flexiones. Solía hacer cinco.

―¿Siete? ―Damian me aprieta el bíceps con el pulgar y el índice―. Eso es tres más de lo que supuse que podías hacer. 
Finjo sentirme insultada y cruzo los brazos sobre el pecho.
  
―¿Y cuántas puedes hacer tú? 
―Un infierno de mucho más de siete.

―Demuéstralo ―digo. A Damian no le gusta mucho. Claro que él es delgado y musculoso, probablemente bajo la camisa, pero no parece que tenga mucha fuerza en él.

―Está bien. ―Le entrega a Luciano su portapapeles y un cronómetro

―. Tú y yo. Vamos a hacer unas en la barra cada uno y el primero en dejarla pierde.

―Hecho.

―Espera. ―Extiende su mano hacia mí―. Vamos hacerlo más interesante. Si gano, dejas de hacer que Pedro llegue tarde al entrenamiento. Si ganas…

―Te pones un vestido para la próxima pelea. ―Las palabras volaron de mi boca antes de que tuviera la oportunidad de pensar.

Con labios oscuros me sonríe satisfecho.  

―Trato.