jueves, 24 de abril de 2014

CAPITULO 72



Son bien pasadas las once de la Mañana cuando me despierto. Pedro todavía está durmiendo profundamente a mi lado y no me muevo, en vez de eso lo miro por un momento. Mis sábanas blancas están cubriendo sus caderas, exponiendo todos sus músculos y tatuajes. Nunca he querido un tatuaje. Siempre me han parecido tan… sucios, pero complementan a Pedro.  

Su rostro está libre de cualquier intensa emoción, parece tan tranquilo y quiero tocar su hermosa cara, pero no lo hago. Odiaría despertarlo.  

Puedo sentir mi vejiga apretarse dentro de mí. Realmente necesito hacer pis, pero no hay forma de que vaya a dejar esta habitación por mi cuenta. No quiero ver a Luciano y Vanesa todos juntos enredados en una gran bola de recientes relaciones sexuales en mi sofá.  

Juntando mis piernas, alcanzo debajo de mi cama y saco mi portátil, lo enciendo y pronto estoy mirando el salvapantallas de Ramiro y yo. Realmente necesito cambiarlo… y lo hago. Lo cambio por una foto de un gatito intentando comerse un gran ovillo de lana. Es monísima.

Puedo seguir escribiendo mi relato, pero la necesidad de orinar es demasiado fuerte y no puedo pensar en ninguna otra cosa. Cierro la tapa y lo deslizo debajo de mi cama.

Tendré que ser valiente y dejar mi habitación.

Me pongo la camisa de Pedro encima de mi piel desnuda y mis pies abandonan la cálida alfombra a medida que doy un paso hacia el frío suelo de madera. En puntillas, lentamente camino hacia el baño. 

Mantengo mis ojos en frente de mí todo el tiempo, no atreviéndome a dejarlos vagar hacia el salón. Después de hacer pis, me siento un millón veces más ligera. Y cuando entro en mi habitación el rostro adorable y adormilado de Pedro me está mirando. 

―¿Sabes qué hora es? ―Apunta a mi despertador blanco.

―Sí… nos quedamos dormidos.

Él pasa sus grandes dedos por encima de su cara y después por su cabello.

―Damian me va a matar. Me perdí el entrenamiento.

Oigo un golpe seco venir del salón y luego unos pasos pesados.Luciano entra en nuestra habitación, abrochándose sus pantalones.

―¡Mierda, Pedro!  

―Lo sé. ―Pedro gime, balanceando sus piernas al borde de la cama y agarrando sus jeans. Saca su teléfono del bolsillo trasero y maldice en voz baja. Lo pone en su oreja―. Sí, Damian… lo sé. Sí. Bien.

Deja su teléfono en el suelo y cae hacia atrás en la cama.

―¿Qué dijo? ―pregunta Luciano, pasando sus dedos por su cabello.

―Los directivos están enojados y tengo que hacer el doble esta noche antes de marcharnos a Concord.

―Bastante fácil. ―Luciano se encoge de hombros y frunzo el ceño.

¿Bastante fácil para quién? Pedro será el único haciendo todo el trabajo.

―Hey, estoy hambriento, ustedes chicos, ¿quieren tomar algo de desayuno?

―Sí, danos unos pocos minutos.

Luciano deja la habitación y cierra la puerta detrás de él.

―Lo siento ―digo, a pesar de que lo de salir no fue mi idea. En absoluto.

―No es tu culpa ―responde, irguiéndose hasta una posición sentada.

Sus ojos me repasan en su camiseta y jala de la parte baja, arrastrándome más cerca―. Te ves bien en mi camiseta. 
Sonrío cuando me da la vuelta, empujándome contra mi espalda. Sus manos acarician mi cadera y luego suben por mis pechos, levantando la camisa cuando avanza. Su boca me reclama y su lengua se desliza por mis labios. Abro mi boca para él, y así me toca y saborea con su lengua. Pronto su boca se aparta de la mía cuando llega a ser distraído por la vista de mis pechos. Toma mi pezón en su boca y me estremezco por la sensación.

Pedro… ―gimo entrecortadamente.

―¿Mm?
―¿Pensaba que no podías?

Sus labios liberan mi pezón para besarme por todo mi pecho. Hizo un ligero rastro bajando por el centro de mi cuerpo, parando en mi ombligo. 
―No puedo pero tú puedes.

Mis manos se abren paso por su cabello, y dejo que sus suaves hebras se deslicen entre las puntas de mis dedos. Pedro me mira, sonriéndome y haciendo que mi estómago se contraiga. Sus ojos están entrelazados con los míos cuando llega con su lengua, corriendo el borde caliente de ésta a lo largo de la línea de mi bikini. Tiemblo y sonríe mientras sus manos acarician cada parte de mi muslo antes de enganchar por debajo el dobladillo de la tela de mi ropa interior y arrancármelas. Me pongo tensa cuando su mano se desliza bajo mi pierna, y luego la enrolla alrededor de mi rodilla. Mi respiración queda atrapada en mi garganta cuando alza mi pierna,tendiéndola encima de su hombro. Sus ojos color chocolate se oscurecen y permanecen en mi rostro.

―Relájate ―gruñe entre mis muslos.

Un grueso dedo se desliza entre mis húmedos pliegues y gimo tan bajito como puedo. Sus dedos empujan dentro de mí se curvan, forzando el aire desde mis pulmones.
Él baja su boca y tan pronto como su lengua toca mi centro… estoy perdida.

CAPITULO 71



Ahora que he cedido por él, he terminado de hablar. Quiero ser física.
Puedo sentir mi interior pulsando con necesidad y curvo mis dedos bajo el dobladillo de su ropa interior. Tiró de ellos un poco, haciéndole saber exactamente lo que quiero. Al instante, lo siento ponerse duro y apuntalarse hacia mí. Deseo caliente quema a través de mí, pero Pedro parece más reservado. Toma mis manos de su ropa interior,mientras gruñe.  

―No puedo.   

Estoy desconcertada.  

―¿No puedes?  

―Tengo una pelea por delante y no suelo tener sexo antes de una pelea. Ayuda a mis niveles.

―Tuvimos relaciones sexuales ayer. No creo que un día vaya a hacer diferencia.  

―Lo sé, ayer me olvidé por completo. Estaba demasiado excitado y estabas tan segura y… ―Exhala―. Damian me mataría si se enterara.  

―¿Tienes que informarle sobre tus aventuras sexuales?  

―Cerca de las peleas, sí. No estoy de acuerdo en que el sexo cambie la manera en que peleo, pero hasta que me haga profesional, él quiere que esté comprometido con la forma en que hago las cosas. Lamentablemente, fue
jodidamente mucho más fácil antes de conocerte.

―Bueno, eso apesta. ―Hago pucheros. 

Sus manos se deslizan sobre mis pechos, haciéndome estremecer antes de que él atrape a sus manos debajo de su almohada.

―No tienes ni idea. 
 
Dado que el sexo no está en el menú, cambio mi posición y presiono mi espalda contra el pecho de Pedro. Cierro mis ojos, haciendo caso omiso de la necesidad que late entre mis muslos. Al parecer tengo que esperar. Si no me hubiera provocado toda la noche con su toque y sus besos estaría bien en este momento. Mis párpados se vuelven pesados y cuando el sueño está a punto de llevarme, claramente escucho gemidos. Pedro y yo nos levantamos al mismo tiempo, forzando a nuestros oídos para escuchar si viene desde la sala de estar o de la habitación de al lado. A través de la delgada pared, oigo a Luciano gemir el nombre de Vanesa y su gemido en respuesta. ¡OH DIOS MÍO! ¡Mi pobre sofá! No creo que se den cuenta de lo ruidosos que están siendo.  

Pump.Pump. Pump. Pump.Pump. 
Los golpes y los gemidos continúan durante mucho tiempo, impidiéndome conciliar el sueño. Después de veinte minutos Pedro consigue dormirse. Parece acostumbrado a los ruidos fuera de lugar. Yo no. Me recuesto despierta hasta que el sol apenas se filtra por los bordes de la cortina. Horas. Estoy segura de que follaron por horas y ahora los dos están satisfechos y durmiendo. Mientras tanto, todavía estoy despierta, aún frustrada sexualmente y me voy a Concord esta noche.

Genial.

CAPITULO 70


Pedro me sigue de cerca y cierra la puerta detrás de él.

Coloco el agua en la mesita de noche y pateo mis zapatos mientras desabrocho mis aretes.  

Puedo oír a Vanesa y Luciano hablando y riendo en la habitación contigua.

Gracias a Dios no tengo trabajo mañana, porque puedo ver que no voy a dormir mucho esta noche.Pedro viene detrás de mí e inclino la cabeza hacia adelante mientras él desata el nudo que sostiene mi blusa que cae, dejando al descubierto mis pechos desnudos. Sus dedos se enganchan alrededor del dobladillo de mi falda de tubo y arrastra la cremallera, dejando que la tela se deslice fuera de mi cuerpo y flote alrededor de mis pies. Estoy desnuda
ahora. La única pieza de tela que me cubre es mi endeble, ropa interior de encaje negro. Subo a la cama y entro bajo las sábanas mientras Pedro apaga la luz. Lo oigo quitándose su ropa antes de que se meta en la cama. En la oscuridad, sus cálidas manos recorren mi estómago plano, por lo que me estremezco. 

―He estado sudando ―le advierto.  

Él se ríe.  

―Eso está bien, las mejores cosas de la vida suceden cuando sudas.

Giro mi cuerpo hacia él, presionándolo ligeramente contra su pecho desnudo. Mis dedos se arrastran hacia arriba y abajo de sus lados, siguiendo todos sus protuberantes músculos. Su mano descansa sobre mi cadera y me vuelvo vorazmente hambrienta por su toque. Lo beso, lentamente al principio y luego deslizo mi lengua en su boca. Me quejo en protesta mientras se aleja de mí.   
―Quiero que vengas a Concord conmigo.
  
Me dejo caer de nuevo en mi almohada.
  
Pedro, ya dije que no.  
―Eso fue antes de que casi noquearas a una chica en un club.  
Mi puño duele mientras habla. Todavía no puedo creer que haya hecho eso. Esa no soy yo en absoluto.  
―El hecho de que golpeé a alguien no significa que quiero ser la chica cartel para la MMA. Debería haberla ayudado a levantarse… o disculpado, o algo así.  
Se ríe una vez y me tira más cerca.  
―Sí, porque eso habría ayudado a la situación.
  
―Me sorprende que incluso hayas notado lo que estaba pasando conmigo. La rubia con la que estabas sentado parecía bastante insistente en conseguir tu atención.  

Se encoge de hombros.

―La rubia era mediocre a lo mucho. Mi atención estaba en ti, toda la noche.  

Siento el calor subir a mis mejillas. La idea de alguien como Pedro deseándome como él lo hace es emocionante. 
―Tu papá está viniendo ―dice Pedro, cambiando de tema de nuevo a su lucha en Concord.

―No me imp… mierda. ―Papá tiene la presión arterial alta. No puedo dejar que se vaya por sí mismo, ¿qué si le pasa algo?―. ¿Puedes decirle a papá que no puede ir a Concord contigo?  
Pedro se apoya sobre sus codos.  

―¿Qué? No, no le puedo decir eso. Él pobre tipo estará devastado. 
Suspiro, tirando de Pedro hacia abajo.   

―Tiene la presión arterial alta y estoy un poco preocupada por él.  

―Podrías venir y mantener un ojo sobre él. 
―Mírate, manipulando la situación para conseguir lo que quieres.

―Exhalo―. Está bien. Voy a ir. 
Pedro me aplasta hacia él, apretándome tan fuerte que mis costillas empiezan a doler.  

―Gracias.

miércoles, 23 de abril de 2014

CAPITULO 69



Cierro los ojos, esperando que el ataque de náuseas que fluye a través de mí se detenga. No tengo idea de lo que me venció. Sabía que la chica iba a golpear a Vanesa y sólo reaccioné. Mierda. ¿Qué demonios estaba pensando? 

No abro los ojos hasta que el aire de la noche enfría mi piel ardiente. A pesar de que estamos afuera, Pedro no me baja y no quiero que lo haga. Mis entrañas están demasiado electrificadas, zumbando como un exterminador de insectos con una enorme polilla pegada en él. Me tiemblan las manos y las flexiono en un intento de mantener el equilibrio, pero eso falla.

Rodeamos la esquina del club y oficialmente entramos en el estacionamiento cuando Pedro me pone abajo. Mis zapatos encuentran el duro suelo y me tropiezo ligeramente. 

Los tequilas me han golpeado más duro de lo que pensaba.

Pedro está sonriendo con su sonrisa arrogante hacia mí y lo miro fijamente.


―No sonrías así. Acabo de atacar alguien. ―Paso mis dedos por mi cabello―. Oh, Dios mío… Acabo de atacar a alguien. Voy a ir a la cárcel.  
Se ríe a carcajadas y estabiliza mi balanceo colocando sus manos sobre mis hombros.   
―No vas a ir a la cárcel. Esa chica estaba demasiado borracha para darse cuenta de lo que estaba pasando. 
Su cálida mano se arrastra por mi brazo y se instala en mi mano temblorosa. La jala a sus labios, colocando suaves besos a lo largo de mis nudillos.

―Eres una mala influencia, Pedro ―digo, cada vez más cerca de él. 
Puedo distinguir su iris bajo la lámpara de calle por encima de nosotros y está ardiendo en los míos con tal intensidad. 

Su sonrisa todavía no ha dejado su rostro y la forma en que me mira me emociona infinitamente.  
―Te lo advertí ―responde él, presionando sus labios con los míos.

Toma el control y estoy indefensa ante él. Su lengua se desliza dentro de mi boca mientras una de sus manos se desliza debajo de la tela de corte bajo de mi camisa, arrastrándola hacia abajo, al centro de mi espalda. Mi pecho cae de mi camisa y un gruñido emana de él, enviando una oleada de energía a través de mí. Mientras todo mi cuerpo se calienta, me presiono con más fuerza contra él.  
―¡Eso fue impresionante! ―chilla Vanesa, empujando sus manos en el.
Pedro se aleja de mí, quitando su mano de mi camisa. Tira de la tela para cubrir mi pecho de nuevo mientras Luciano pone a Vanesa abajo en el concreto. Pedro se aleja mientras Vanesa se lanza hacía mí. 
Sus largos y delgados brazos se envuelven alrededor de mi cuello y casi me corta la respiración.  

―No puedo creer que le diste un puñetazo a una chica por mí.  

Ella tira un poco hacia atrás y presiona sus (de alguna manera todavía demasiado pintados) labios en mi mejilla. 
―No quiero hablar de ello ―me quejo―. ¿Podemos salir de aquí?  

Vanesa frunce el ceño.  

―¿Qué pasa con los otros chicos?  

Luciano se encoge de hombros.  

―Están muy ocupados. Van a encontrar su propio camino a casa.

Caminamos a través del estacionamiento y subimos al coche de Pedro
Vanesa y Luciano se besan y gimen todo el camino a mi apartamento, tan pronto como nos detenemos estoy fuera del coche, subiendo mis escaleras hacia mi apartamento sólo por alejarme de todos los ruidos de besos. Voy a buscar una botella de agua del refrigerador y me dirijo a mi habitación.

CAPITULO 68



Luciano y Vanesa van a alguna parte y el resto de los chicos se dirigen a las escaleras para enganchar chicas, dejándonos a Pedro y a mí solos. A pesar de la cena que tuve, los tequilas ya están haciendo que mi cabeza se sienta ligera.

Cuando golpeo mi cuarto tequila algún momento más tarde, decido parar y me inclino hacia Pedro mientras sus labios se envuelven alrededor de la botella. Me quedo mirándolos mientras traga un bocado y quiero desesperadamente probarlos yo misma.

―Así que, ¿por qué no eres un gran bebedor? ¿No te gusta el sabor o la sensación? ―le pregunto, arrastrando mi mirada de sus labios a sus ojos. 

Atornilla la tapa de la botella y la coloca sobre la mesa.  

―Sintiéndote curiosa, ¿verdad? 
 
Asiento y él envuelve un brazo alrededor de mí. 
 
―Hay tantas cosas que necesito entender acerca de ti. Constantemente me sorprendes.

―La mitad de la razón es porque no me gusta no estar en control y la otra mitad… bueno… ―Sus cejas entrelazan juntas―. Es una historia larga y complicada.


Siempre lo es con él. Respeto su decisión de no decirme aunque cada fibra de mi ser está gritándome por investigar en profundidad. Vítores ruidosos suenan en toda la sala VIP, distrayéndome. Nuestro pequeño grupo de amigos está liderando un montón de desconocidos por las escaleras y pronto la sala se vuelve tan llena como abajo. Vanesa cae en el sofá junto a mí mientras Luciano engancha a Pedro en una conversación.

―Todavía tienes dos tequilas por delante ―grita Vanesa en mi oído antes de mirarme como si me hubiera atrapado tirando un regalo.

―Me estoy sintiendo bien. No quiero exagerar.

Haciendo caso omiso de lo que dije, me entrega un tequila de todos modos.  
―Haremos uno juntas entonces.  

El líquido negro quema mi nariz cuando lo traigo a mis labios. Vanesa me guiña un ojo e inclino la cabeza hacia atrás, vertiendo el líquido dentro.

El tequila con sabor a regaliz baja sorprendentemente bien y apenas pongo el vaso sobre la mesa cuando Vanesa me tira a mis pies. 
―Vamos a bailar.

Me quejo en protesta, pero no hago mucho para detenerla de arrastrarme a la pista de baile. Mi cabeza es extremadamente ligera y ahora me estoy divirtiendo. Vanesa y yo bailamos juntas, olvidando por completo que estamos aquí con gente.

No tengo idea de cuánto tiempo hemos estado bailando, pero estoy sudando y la cantidad de personas en la habitación ha disminuido. Vanesa se inclina en mi oído y su cabello rubio se pega a mi mejilla húmeda.  
―¿Un trago más?  
Me encojo de hombros y asiento. Uno más no hace daño, supongo. Su codo se engancha alrededor del mío y caminamos hasta el bar. Descanso los codos en la superficie barnizada, apoyando algo de mi peso. Si no fuera tan fuerte aquí oiría mis piernas suspirar de alivio. Miro hacia atrás a Pedro y frunzo el ceño cuando veo a una chica a su lado con su linda mano con manicura en su rodilla. Al igual que casi todas las chicas aquí, tiene grandes tetas falsas y largo cabello rubio platino que se enrosca alrededor de sus pechos. Los ojos de él se mueven de ella a mí y fuerzo a mi mejor sonrisa de “no estoy celosa” antes de volverme hacia el bar. Tengo que confiar en él.

Vanesa se inclina para ordenar y un idiota borracho se para groseramente entre nosotras, golpeando a Vanesa con la chica a su lado. La chica está enojada, aunque no tengo ni idea de por qué, ni una gota aterriza sobre su vestido de tubo de color azul celeste. El rostro de la chica se contorsiona en una mueca maliciosa.

―¡Qué demonios! ―gruñe ella hacia Vanesa, mostrando sus dientes monstruosamente blancos y balanceándose ligeramente.

Vanesa me mira por encima del hombro, riendo como una idiota y reprimo una sonrisa.  

―Lo siento. ―Vanesa medio sonríe, medio se disculpa―. Este hombre…
―Al diablo con eso. Me debes una bebida. 
Los dos amigos detrás de ella se quejan incoherentemente en acuerdo.

―No te debo una mierda ―responde Vanesa.

Vanesa no es alguien que evita una pelea de bar (o eso dice ella) así que tiro con fuerza su mano. No hay manera de que me esté metiendo en una pelea con estos tacones. Tachen eso, de ninguna manera voy a entrar en una pelea, y punto. No he tenido una en mis veintitrés años de vida y no quiero empezar ahora.

―No es gran cosa, Vane. Basta con remplazar la bebida. 
―No.

La rubia da unos pasos hacia delante en un intento de intimidar a Vanesa. Ella no es tan intimidante… Quiero decir, no es mucho más alta que yo y su maquillaje está hecho horriblemente, como un payaso en un carnaval.

―Reemplaza. Mi. Jodida. Bebida. 
Vanesa da un paso hacia la chica y corro a su alrededor, valientemente poniéndome entre ellas. 
―Relájate ―le digo a la chica―. Voy a reemplazar tu bebida. ¿Qué estabas bebiendo?  

―Gin and tonic.

Le digo al camarero y él chasquea uno. Cuando me lo entrega, me deslizo contra la madera barnizada hacia la muchacha. Sus ojos oscuros me inspeccionan y luego a la bebida. Después de unos segundos, me sonríe y coge el vaso. Me hundo en alivio. Gracias a Dios que ha terminado.

 Antes de voltearme a Vanesa, la payasa rubia desliza la bebida de la barra y se estrella a mis pies, mojando mis dedos de los pies. Pedro está a mi lado al instante, su mano clavada firmemente alrededor de mi cintura. Unas cuantas personas están mirando ahora y la ira quema dentro de mí. Mi mirada se eleva desde mis pies hasta la molesta cara de suficiencia de la chica. Vanesa da unos
pasos a mi alrededor y empuja fuerte a la chica.

―¿Cuál demonios es tu problema? ―grita ella.
La rubia desconocida tropieza hacia atrás antes de lanzarse hacia Vanesa. No sé lo que pasó… lo siguiente que sé, mi puño vuela de mi lado y golpeo a la chica en la mandíbula. Cae duro y estoy de pie sobre ella,dominándola. Ella me mira, apretando la mandíbula. Sus ojos son brillantes por las lágrimas, haciéndome sentir como una mierda. Oh, mierda. ¿Qué he hecho? Abro la boca para disculparme y ayudarla a levantarse, pero unos fuertes brazos me contienen. 
―Es hora de irnos. ―Pedro se ríe entre dientes, tirándome encima de su hombro.

Estiro mi cuello para mirar hacia arriba y detrás de mí Luciano está llevando a Vanesa, quien está gritando y dándole alaridos a la chica que le di un puñetazo.

Golpeé a una chica.

En la cara.

CAPITULO 67




En el interior, el auto es ruidoso y molesto. No puedo oír mis pensamientos y un pequeño dolor comienza a formarse detrás de mis ojos.

Apoyo la cabeza en el reposacabezas y cierro los ojos brevemente. Gran parte del brazo cálido de Pedro descansa sobre mi muslo mientras nos lleva al club nocturno.  

Nos detenemos en el estacionamiento del Heaven’s y caminamos hacia el frente. El grupo con el que estamos se adelanta.  

Están hablando sobre bebida, baile y chicas, todo lo que puedo imaginar es que me arrastro de vuelta a una agradable cama caliente,preferiblemente con Pedro. La cola en el club es larga, llena de borrachos,zorras y personas enojadas que sólo quieren una bebida. Mientras voy a pararme detrás de una pareja prácticamente teniendo sexo, Pedro agarra mi muñeca y me obliga a seguir caminando. Pasamos la larga fila de gente y todos ellos nos miran con curiosidad a medida que avanzamos hasta la puerta principal.

El guardia de seguridad se pasa la mano por la calva, sonriendo ampliamente.   

―¡Pedro, hombre, cuánto tiempo! ¿Cómo has estado, hermano?  

―Igual ―responde Pedro, deslizando su brazo alrededor de mi cintura.

Los ojos del guardia me observan de pies a cabeza.   

―Ya lo veo.

Frunzo el ceño. ¿Qué demonios significa eso? El guardia de seguridad se hace a un lado, dejando que todos entremos al club y detrás de nosotros,la multitud se vuelve loca.


En el interior, el club está en su apogeo y más o menos está lleno hasta el techo. No puedes fijarte por lo general en la hermosa decoración del club.

Todo está bloqueado y cubierto por los cuerpos, girando con la música alta del club. Me acerco más a Pedro y Vanesa me agarra del codo mientras nos arrastra a través de grandes multitudes, hasta la sala VIP. Los dos enormes guardias de seguridad de pie delante de la puerta consiguen una mirada de Pedro y dan un paso fuera del camino. Ellos sostienen la gran puerta azul abierta y subimos a un pequeño conjunto de escaleras antes de ser liberados al otro club de arriba. La sala VIP emite una vibración del Medio Oriente con las cortinas rojas y marrones que separan sofás y mesas de café bajas. Es mucho más fácil respirar arriba en comparación con el reducido espacio de la planta baja y sólo hay un máximo de doce personas, no incluyendo nuestro grupo. Eso ayuda a que el dolor de cabeza que llevo conmigo desaparezca. Luciano, Vanesa y el resto del grupo prácticamente saltan a la barra, mientras que Pedro y yo nos abrimos paso al cómodo sofá. 
 
―¿Cómo consigues todo esto? ―le pregunto―. Sólo eres un luchador amateur, pero tienes un buen auto y consigues el trato de la realeza.

Se recuesta en la silla y juega con las puntas de mi cabello, haciéndolo girar alrededor de su dedo índice.  
―Puedo estar compitiendo en el torneo amateur, pero he estado en el juego por un largo tiempo. La gente me conoce.  
El grupo vuelve con una gran cantidad de tragos y todos los colocan uniformemente a través de la mesa. Seis bebidas cada uno. Todos eran de diferentes colores, que van de claro a negro azabache.

Me dirijo a Pedro.  
 
―¿Estás seguro de que no vas a beber? 
 
―Absolutamente no. ―Se entromete Luciano, tendiéndole a Pedro una botella de agua―. Nos estamos llevando la competición de este año ―mira entre Pedro y yo―, sin riesgos.  

Siguiendo a los otros, inclino un trago de color claro a mi garganta y de inmediato se siente como si estuviera haciendo un agujero. Bajo mi vaso sobre la mesa, tomando un segundo para que el sabor áspero abandone mi boca.
  
Miro los vasos de todos los demás y han terminado de tomárselos. Me miran altamente divertidos, como si fuera incompetente y no merecedora de beber con ellos.

―No me importa cómo me miran. ―Me río, limpiando la palma de mi mano sobre mi boca―. No me voy a dar un envenenamiento por alcohol.  

Vanesa me guiña un ojo mientras bebo el segundo tequila. Ella sabe cómo soy con mis bebidas. No bebo para emborracharme, bebo para aligerarme y pasar un buen momento. Tantos tequilas no es buena idea.