martes, 28 de octubre de 2014
CAPITULO 237
Me disparo en la cama, jadeando como si hubiera corrido una milla.
―¿Pedro? ―Oigo su voz ronca y cansada, siento sus manos cálidas y suaves sobre mi cuerpo. Dejo caer mi cabeza mientras su suave piel viaja a mi pecho y en mi columna simultáneamente. Cierro los ojos y dejo que me traiga de vuelta a la realidad. No estoy en una arena peleando con Dom. Estoy en la cama con mi esposa, con mi buena esposa... mi maldita buena esposa.
Vuelvo a caer en la cama y levanto un brazo hacia Paula.
Ella se arrima a la derecha de mi pecho y pongo mi brazo alrededor de sus hombros, tirando de ella lo más cerca que puedo.
―¿Tuviste ese sueño otra vez? ―pregunta mientras sus dedos se deslizan hasta el centro de mi estómago, arrastrándose sobre mis músculos y sumergiéndose en las rugosidades entre ellos. Se siente bien. Fluye una energía calmante de las puntas de sus dedos y la palma de su mano, calmando mi acelerado corazón.
―Sí.
Ella se desliza más cerca, presionando su cuerpo firme y sedoso con más fuerza contra mí.
―Ya se acabó ―dice―. Estás aquí conmigo.
Dejo que las palabras se hundan. Estás aquí conmigo.
Aprieta los labios contra mi cara y mi cuerpo se estremece.
No es un temblor normal. Es el tipo de escalofrío que solo ella puede provocarme, el tipo que causa que la piel de gallina estalle sobre mi piel. El escalofrío electriza mi sangre, enviándola a bombear rápidamente desde mi sistema hasta mi pene, removiéndolo de su sueño.
Paula arrastra sus dedos delicadamente por mi estómago hasta mis caderas y sus dedos bailan en círculos pequeños que harían que me acostara si no estuviera tan dolorosamente duro. Doblo mis caderas contra su mano, esperando que capte el toque y lo hace. Sus dedos se enganchan alrededor de la banda de mis pantalones cortos y levanto mis caderas mientras ella tira de la mitad de ellas
hacia abajo.
Siendo el caballero que soy, la ayudo con el otro lado. Paula se sienta, lanzando una pierna por encima de mi cuerpo y la entrelaza bajo mis caderas.
Puedo sentir su desnuda, húmeda vagina en mi carne mientras frota sus manos de arriba a abajo en mi pecho. Se inclina hacia delante, apenas poniendo alguna presión sobre mi cuerpo, y me da un beso justo en el pecho.
Una y otra vez me besa mientras sus manos se deslizan sobre mi piel. Gruño mientras levanta su trasero, dejando que mi pene se deslice entre nosotros, luego se baja a sí misma, dejando que su centro presione contra de mi lanza.
Mi respiración se atora mientras me calienta, abrigándome en su humedad. Ella me está tomando el pelo, lo que me permite sentirla sin dejarme dentro y me gusta.
No quiero que me lo dé enseguida. Quiero que juegue conmigo, que me vuelva loco con su cuerpo, y cuando no pueda soportarlo más, quiero que me lo dé, que me obligue a iniciar la dulce tortura de nuevo. Ella sabe exactamente lo que está haciendo, algo que nunca imaginé cuando la conocí.
En público, Paula parece inocente. Sus ojos son brillantes y dulces, te engaña en pensar que nunca ha tocado un pene antes en su vida, pero cuando estamos solos, cambia. Su oscuridad interior la toma, se desvanece la inocencia y las luces brillantes en sus ojos oscuros, transformándose en un rescoldo travieso. A puerta cerrada, sabe exactamente cómo manejarme.
Paula es una fuerza innegable con piernas largas y curvas sutiles, todo envuelto de unos ojos bonitos y verdes. El paquete perfecto. A menudo se dice que es consumida por mí, pero yo soy el consumido por ella. Su mente no funciona como la de cualquier otra persona. Alguien la mira y piensa que hay algo mal con su vestido o su cabello, pero cuando veo que la miran, veo el deseo y la envidia tan claro como el día.
Arrastrando sus besos por mi cuello, comienza a balancear sus caderas sensualmente deslizándose a sí misma por mi longitud. Se siente increíble, más que increíble, y ni siquiera he entrado en ella todavía.
Cierro los ojos mientras sus manos masajean delicadamente mi pecho y se inclina hacia delante, apoyando su frente contra la mía. Me gustaría que hubiera luz aquí para poder ver su rostro, para poder ver su cuerpo contra el mío y la
expresión de su cara cuando hago que se venga.
―¿Te gusta cuando voy lento? ―susurra, su voz es ronca y dificultosa mientras toma mi labio inferior entre sus dientes.
Sonrío y arrastro la punta de mis dedos a lo largo de sus muslos. Sus músculos tiemblan cuando levanto mi cabeza de la almohada y chupo su labio inferior. Jadea, su aliento caliente sale de ella en excitadas respiraciones.
Libero su labio.
―Lo sabes, me encanta.
En respuesta, se desliza contra mí una y otra vez, empujándome más cerca del borde. Agarro sus caderas, incapaz de evitar alejar mis manos de ella ni un segundo.
Me gustan mis dedos, obligándola a moverse con movimientos más rápidos.
―¿Sabes qué más quiero?
Ella gime, sus manos ya no masajean mi pecho, pero excavan.
―Que me hagas venir.
Paula gime y los músculos de su muslo se aprietan en mis caderas.
―¿Te gusta?
Me estremezco.
―Malditamente sí, lo hago.
―Entonces hazlo ―exige ella―. Por favor. ―Se estremece e inhala fuertemente mientras se mueve más frenéticamente―. Por favor, hazlo.
Siento que mis propios labios tiemblan mientras muevo mis caderas y la pongo encima. Jadea mientras la empujo con fuerza al colchón y me estiro entre nosotros. Su embriagador aliento es casi un sollozo cuando siente mi mano deslizarse contra la cara interna de su muslo. Apenas hago contacto pero ella se estremece ante el menor rasguño.
Bajo mi boca y beso su cuello mientras froto mi pene duro de arriba abajo en sus labios. Inmediatamente, el cuerpo de Paula se mueve por propio acuerdo, levantándose para empujarse contra el mío y me insta a tomarla. Sus manos se mueven hacia mis hombros y aprietan mi cabello mientras mis labios continúan explorando su cuello y por arriba de su clavícula.
Los fuegos artificiales comienzan dentro de mí, lo que desencadena cada célula y cada movimiento, pero me las arreglo para mantener la compostura. Mis besos colocados estratégicamente encuentran su boca de nuevo, y la beso con avidez, apasionadamente. La pasión que le muestro a mi esposa es un tipo de pasión diferente a la que le muestro (o le he mostrado) a cualquier otra persona.
La pasión que gasto en Paula es alimentada por el amor y la lujuria. Nunca ha sido así con nadie. No te equivoques, cualquier persona puede ser apasionada, pero se necesita amor verdadero para ser apasionado y una, otra y otra vez.
Nunca me canso de su piel caliente, firme o suave.
Nunca me canso de sus grandes y redondos pechos, animados o no, no me canso de su cálida sonrisa y ojos de color verde brillante. Ella es mía, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe, creo que, incluso en la otra vida es mía y voy a pelear con cualquier cabrón fantasma que intente quitarme eso.
Consumo por completo su boca con la mía, saboreando cada centímetro de ella mientras me empujo dentro de la dulce abertura entre sus piernas. Está caliente, tan jodidamente caliente y me detengo cuando sus paredes me aprietan.
Jesús. Cierro los ojos un instante y trago. No me detuve para jugar, me detuve, porque estoy cerca de venirme.
―Más ―demanda ella contra mis labios.
Me empujo más, abandonando su boca y dejando caer mi frente contra la suya. Tomará un montón de atención no dejarme llevar y follarla hasta el olvido.
La espalda de Paula se arquea y aprieto los dientes. Sería más fácil para mí no venirme si no fuera tan malditamente sexy.
―Más ―exige ella, meciendo sus caderas―. Todo de ti, quiero todo de ti.
¿Cómo puedo ignorar tales objeciones? Miro sus entrecerrados ojos, e incluso con la iluminación muy tenue, los veo ser una llamarada.
―¿Quieres todo de mí? ―le pregunto.
Asiente y me empujo con fuerza. Clava las uñas en mis caderas, acercándome más, pero me detengo de nuevo y ella gruñe, lo cual me hace gracia.
Gira sus caderas y me empujo dentro de ella una y otra vez.
Lo hago más y más duro hasta que siento el abrazo apretado de su vagina deliciosamente contra mí.
Después de eso, no pasa mucho tiempo para que se rompa completamente debajo de mí, ordeñándome en mi propio orgasmo. Me paseo hacia fuera hasta que mis espasmos corporales son el mero roce en sus paredes blandas. Mis brazos tiemblan y me bajo, con cuidado de no dejar caer todo mi peso sobre su figura tan pequeña.
―¿Te sientes mejor? ―susurra ella, ahogando un bostezo y pasando sus dedos por mi lado.
Beso su hombro.
―Me sentí mejor el segundo que me desperté y escuché tu voz.
―Los sueños se detendrán una vez que todo esto termine.
Asiento, elijo no decirle que sus palabras no suenan tan convincentes como estoy seguro de que quiere que lo sean.
―Y no importa en qué dirección vayas, siempre me tendrás.
Levanto la cabeza y busco sus ojos a la tenue luz.
―Eso significa más para mí que cualquier otra cosa.
Me besa suavemente, y es en momentos como estos que me alegro de que no haya nadie alrededor. La mera idea de que alguien más escuche nuestras cursis conversaciones privadas me hace temblar. Siempre que Damian le habla a su esposa en el teléfono, no hace ningún esfuerzo por ocultar su lado enamorado y me burlo de él, diciéndole nombres relacionados con marica.
Lo sé, tan contradictorio de mí. No puedo evitarlo. Me desvío. Es lo que hago.
Si hay una cosa que Paula me ha hecho ver, es cómo me contradigo. Le dije a Paula que no quería tener sexo con ella... y tuve sexo con ella. Le dije que no quería una relación, entonces le pedí que fuera mi novia, y luego me casé con ella.
Es decir C.O.N.T.R.A.D.I.C.C.I.Ó.N. en su forma más pura, mis amigos.
Desde entonces, me he contradicho a mí mismo un millón de veces, estoy al tanto de eso. Ahora, va la parte fácil.
Pregúntame si me importa... ¿Me importa? No, no lo hace.
Los poetas tienen razón, saben, el amor te hace cosas que te juras que nunca harías. Esos hijos de puta necesitan medallas o algo, porque soy una prueba viviente de sus palabras.
Ruedo fuera de Paula y quedo sobre mi espalda. Al instante, ella se mete en mi costado. Con toda seriedad, me alegro de haberme contradicho a mí mismo.
Si no lo hiciera, hubiera perdido a Paula. Me hubiera perdido la oportunidad de ser bueno.
CAPITULO 236
Me enfrento a Dom con una nueva pasión, la misma pasión que me ha llevado a trabajar más duro, darle a Paula todo lo que siempre ha querido. Me importa una mierda cómo sueno. No puedo jugar a ser indiferente cuando se trata de ella, nunca he podido. Me quedo con todos los comentarios de “vagina batida” y “puedo ver su vagina” con una amplia sonrisa en la cara.
Ni un segundo más tarde, suena el timbre y estoy fuera de mi esquina y en el centro del ring. Dom extiende su brazo hacia mí, con la palma ancha y esperando. Está malditamente loco si piensa que voy a tocarlo con otra cosa que no sean mis puños. No tengo ningún respeto por él y no se merece ningún respeto de mi parte. Tiene suerte de que no le dé con mi maldita muñeca en este mismo segundo.
Aprieto los dientes mientras él saca la mano hacia atrás y me sonríe, exponiendo su protector bucal rojo. Me lanzo hacia adelante, balanceándome con todo lo que tengo y conecto con su estómago. Se tambalea hacia atrás,completamente aturdido por mi abrupto ataque. No tenía plan mejor que “destruirlo”.
Cuanto más le pego (y cuando digo pegarle, me refiero a absolutamente cerrar mis puños en su estómago), más me doy cuenta de que ha dejado de moverse. Su cuerpo ha dejado de reaccionar a mis manos. Lo golpeo una y otra vez, pero no tengo ninguna reacción de ello. Solo ira.
Me detengo, sin aliento y con mi mirada alrededor de la jaula. La arena está vacía. Estamos solos. Me dirijo de nuevo a Dom, quien se fue y la figura reemplazándolo es una cara que desprecio de igual manera.
―¿Papá?
Tomo sus funciones de forma alta y sólida, cabello canoso y facciones angulares... que parecen saludables, nada como el hombre delgado enfermizo que vi en su lecho de muerte.
―¿Dónde está todo el mundo? ―pregunta, casi sonriendo mientras hace un gesto a los asientos vacíos.
Frunzo el ceño, observando la arena abandonada. Aquí no hay nada... ni siquiera basura.
―Estaban aquí hace un segundo.
―Pero ya se fueron. ¿Qué hiciste para asustarlos?
Doy un paso hacia él, pero me detengo en seco mientras aparece Dom de la nada y me golpea en la boca antes de desaparecer de nuevo. Me tropiezo hacia atrás, apretándome la boca mientras el dolor irradia en mi mandíbula.
No puedo probar mi sangre, pero puedo sentir que gotea de mi boca. Escupo y veo la sangre roja chocar con la alfombra limpia. Odio sangrar.
―¿Viniste a atormentarme? ―espeto. El calor me inunda, llenando mi pecho con una furia que no le va a gustar cuando se abra de golpe y me rompa en dos.
―Vine para nivelarte. Te estás poniendo demasiado orgulloso de ti mismo.
Tienes un trabajo muy bien pagado, una casa grande, autos, incluso una bella esposa, pero no creo por un segundo que sean tuyos para siempre.
El dolor se siente en mis riñones y me giro a un lado. Me cierro alrededor...pero Dom se ha ido. Oigo la respiración en mis oídos mientras mi pecho comienza a subir y bajar rápidamente.
Mi temperamento está sacando lo mejor de mí... si no tengo cuidado voy a terminar perforando la boca de mi propio padre. De alguna manera, me las he arreglo para evitar eso durante la mayor parte de mi vida, pero ahora él está bailando peligrosamente cerca.
―Sabes… ―gruño, mis dedos de repente se retuercen a mis costados―… no soy tan malo como dices que soy.
.
―¿Por qué? ¿Porque ella te dijo que eres bueno?
Aspiro lentamente, en un esfuerzo por calmarme.
Funciona... al menos de momento.
―Soy bueno.
Papá echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
―Odio tener que decirte esto, muchacho, pero ella no está en condiciones de llamar a alguien bueno. ―Frunzo el ceño―. ¿Crees que ella es buena? Podría haberlo sido una vez, antes de que hundieras tus garras malas y sucias en ella.
¡Cómo malditamente se atreve! Todo mi cuerpo se tensa, mis músculos amenazaron con tener calambres, y salto hacia delante antes de golpear a mi propio padre en la boca.
Deja caer la cabeza hacia un lado, pero se recupera
rápidamente.
El golpe apenas le causa daños... y es una triste realidad cuando descubres que estás más molesto por no romper los labios de tu padre y golpearlo. Gruño hasta que mi garganta quema y lo intento de nuevo.
El mismo resultado. ¡Quiero hacerle daño, maldita sea! Lo intento una y otra vez hasta que mi pecho me quema y me duelen los nudillos. Fallar... es todo lo que siempre hago cuando se trata de él. Con una fuerte exhalación, caigo de rodillas a sus pies.
―¿Qué te hice? ―jadeo, sacudiendo la cabeza.
Nunca me he sentido tan débil en mi vida y el sonido de mi propia voz suplicante a sus pies me decepciona.
―Existes, envenenas a la gente y no tienes respeto por nadie, escoge.
Miro hacia él.
―La forma en que soy recae directamente sobre tus hombros. Soy la consecuencia de tu incapacidad de ser un padre decente. ―Mis labios empiezan a abrirse más mientras lo miro―. Mamá se convirtió en una alcohólica, ¿sabías eso? Perdió su trabajo, lo perdió todo, ¿y supongo que la ayudaste? ―Me empujo de nuevo sobre mis pies y llego hasta mi altura máxima―. ¿Te acuerdas de tu buena hija, Macarena? Sí, pues fue despojada de dinero en efectivo en Las Vegas y adivina quién la ayudó a salir de eso. En cuanto a Paula, quien estaba atrapada en una relación sin futuro con un hombre que la trataba como a una mierda.¿Quieres tomar un trago para adivinar quién la ayudó a salir de eso, también?
Papá me mira, sus ojos marrones se sienten como dagas en mi carne.
―Así es, viejo. ¡Yo! La ayudé y la trato como la maldita reina que es. Claro, le gusta ser un poco traviesa, pero eso no afecta a lo que es en el fondo. ―Niego―. En cuanto a mamá y Maca, fui quien puso nuestras vidas de nuevo juntas después de que tu inconveniente muerte la rasgó.
Mientras estamos en ello, y viendo como dices saber todo sobre mi nueva vida, pregúntate cuántas veces he visitado tu tumba. ―Palidece y la idea de hacerle tanto daño como me lo hizo me espolea―. Pregúntate cuántas veces te he traído a una conversación que no sea maldecir tu memoria.
Espero su respuesta. Nada. Mis labios se contraen.
―Ya me parecía.
Entonces su mano sale de repente y golpea el costado de mi cara antes de que lo vea venir. Mi piel quema con los diferenciales de calor sobre la superficie, pero no me atrevo a dejar que mis ojos caigan de su cara enojada. Me pregunto si su rostro se agrietaría y caería en pedazos si me sonriera. Sigo mirándolo mientras se desvanece en la nada. Bien.
Sacudo mi antebrazo mientras una presión insoportable irradia de mi codo.
Parpadeo una vez, no, dos veces y antes de darme cuenta, estoy sobre mi espalda y Dom tiene sus piernas sobre mi pecho mientras dobla mi brazo. Siento mi articulación explotar y grito de dolor. No, no, no, no, no.
―¡No!
Trato de alejarme pero solo hace que el dolor empeore.
―¡Pedro! ―Varias personas están gritando mi nombre, pero no las diferencio.
Hay un segundo estallido y mi brazo libre se siente pesado, como si estuviera hecho de oro macizo y no puedo tocarlo.
Bajo mi brazo estirado, el que está siendo apretado por Dom, siento la vibración en su pecho debido a su risa y luego chasquea sus caderas hacia delante...
...Y mi brazo se rompe.
lunes, 27 de octubre de 2014
CAPITULO 235
PEDRO
Las bases de abrigo de mis pies se enfriaron a medida que tocaba el hormigón frío debajo de mí. Camino rápido y decidido por el pasillo hacia las enormes puertas dobles delante de mí. Mi mirada cae sobre el lema de la MMAC pintado en la parte posterior de la puerta. Sé fuerte. Sé inteligente. Sé bueno. Era fuerte, inteligente y muy bueno cuando peleé contra Moset.
¿Ahora? Ahora estoy enojado, soy vengativo, y tengo hambre. Sacudo mis brazos mientras brinco de puntillas y muevo mi cabeza de lado a lado. Me siento caliente. Todo mi cuerpo está iluminado por un fuego que nunca he sentido antes.
Mi pecho no está pesado como suele serlo antes de una pelea, porque esta vez peleo por mí mismo. No voy a pelear para impresionar a mi padre ni por mi posición en el MMAC. Al carajo ambos. Estoy harto de tratar de impresionar a la
gente. Estoy harto de darles todo lo que tengo solo para que me sea echado en cara. Esta vez esta pelea, es por mí.
―Tienes este, nene ―ronronea Paula en mi oído, sacándome de mis pensamientos―. Esta es tu pelea.
Giro la cabeza y veo su hermoso rostro. Sus ojos verdes brillan con amor por mí y sé que gane o pierda, ella me estará esperando, justo donde la dejé. Pone mi protector bucal en mis labios y abro mi boca mientras lo empuja dentro. A medida que mis labios se cierran alrededor del protector, le beso la punta de los dedos, haciéndola reír y sonreír... mis dos cosas favoritas.
Sonrío para mis adentros antes de alejar mi mente de Paula y de nuevo a la pelea. Dom Russell. Toda nuestra relación ha llevado a esto. Empezó conmigo tirándome a su novia y termina ahora conmigo golpeándolo a palos en la jaula.
No tendrá misericordia de mí.
Oigo al locutor decir mi nombre y las puertas delante de mí se abren. Miles y miles de personas comienzan a gritar y las miro, arrastrando mi mirada sobre la enorme arena. Oír que me aclaman envía un crepitar de electricidad a mi cuerpo y muevo los dientes en mi protector, luchando contra un escalofrío que amenaza mi espina.
Vivo para esto.
He trabajado duro para esto.
―¿Qué estás esperando? Sal ahí ―grita Damian en mi oído, pero lo ignoro y sigo viendo la multitud, completamente clavado.
Paula apoya la palma de su mano contra la mía y eso es todo el empujón que necesito. Agarro su mano y la arrastro a mi lado. Siento sus dedos nerviosamente apretarse en los míos mientras tiro de ella por pasillos estrechos y en medio de una multitud de personas.
Se estiran por mí, los hombres golpean mi espalda y las mujeres arrastran sus dedos por mi cabello mientras paso.
Sintiendo la tensión de Paula, la tiro cerca, pasando un brazo alrededor de su cintura y mentalmente declarándole la guerra a cualquiera que la toque.
No veo a Dom, quien espera en la jaula por mí. En cambio, mantengo mis ojos en mi esquina. Puedo sentir sus ojos en mí, analizándome. Sé lo que está pensando y sé que se siente arrogante. Ha pasado los últimos meses diciéndose lo grande que es, con su campo de entrenamiento.
Se le ha dicho que va a ganar, que me va a destruir por completo. El problema es que para hacerlo, solo uno de nosotros puede llegar a la cima. Por desgracia para él, Damian nunca me ha mentido un día en mi vida, así que sé lo que tengo en la puta bolsa.
Mi sangre me canta. Está entusiasmada y lista para funcionar. Mis músculos se contraen y se retraen en propio acuerdo, escuchando solo mi venganza. Al segundo en que suene la campana, no tendré ningún control sobre mis acciones y si él termina muerto o vivo al final no me concierne.
Antes de darme cuenta, bruscamente beso a Paula en la boca, tiro mi sudadera por encima de mi cabeza y la lanzo al suelo. Le muestro al árbitro mis guantes y protector bucal, obligado a subir los escalones, y entro en la jaula antes de que Luciano y Damian siquiera me puedan tocar.
En la jaula, no hago una demostración de ello. Me voy a mi rincón, de pie allí, y finalmente levanto la mirada hacia Dom.
Él me devuelve la mirada con esa pequeña contracción de suficiencia en sus labios y no puedo esperar a golpear
limpiamente su cara.
El locutor hace las introducciones y recita una enorme lista de patrocinadores. No oigo nada de eso. Toda mi atención se centra en el cobarde hombre que amenaza todo por lo que he trabajado tan duro. Cada segundo que pasa me pongo más y más ansioso.
Empiezo a caminar unos pasos a la izquierda y luego unos pocos pasos a la derecha. Mis dedos se aprietan y aflojan involuntariamente, puedo oír a Damian y a Luciano en mi esquina diciéndome que salga de mi propia cabeza, para no dejar que Dom me afecte. No puedo. Mi odio hacia él está consumiéndome centímetro a centímetro.
―Pedro ―La voz de Paula se filtra en mis oídos sobre el rugido de la multitud y ahoga a Luciano y a Damian.
Me vuelvo hacia ella. Está arriba en el ring, sus delgados dedos están enganchados alrededor de la jaula, y tan pronto como mis ojos se encuentran con los suyos, mi ansiedad se aleja flotando.
―Estás en control ―me dice mientras me acerco a ella―. Él te subestima.
Piensa que eres un chico estúpido que no representa ninguna amenaza. ―Sus carnosos labios rosados se doblan en una atractiva, oscura sonrisa, la clase de oscuridad que solo veo en ella cuando estamos a unos segundos de follar―. Muéstrale lo peligroso que eres. Eres más fuerte que él en todos los sentidos y quiero que lo pruebes.
Agarro la jaula y pongo mi cara cerca de la de ella. Nuestros labios apenas se rozan a través de los enlaces, y si mi sangre no estuviera ya hirviendo y corriendo por mis venas, estoy seguro de que se hubiera reunido en mi pene, lo cual hace difícil que todos lo vean.
―¿Quieres que lo lastime? ―le pregunto, deseando desesperadamente que asienta.
En cambio, ella niega y siento el desafío crecer en mi pecho.
Nada puede detenerme de poner a Dom en su lugar, ni siquiera Paula.
―Quiero que lo destruyas ―susurra.
Bueno, que me condenen. Nunca pensé que vería el día en que Paula me animaría a golpear jodidamente a alguien.
Supongo que la contagié en más de un sentido. Engancho un dedo por un enlace de la jaula, apenas logrando atrapar el cuello de su camisa “PEDRO”. Tiro de ella hacia delante, cerrando la pequeña brecha entre nuestros labios.
Muevo mi lengua contra su labio inferior, pero ella se niega a abrir la boca.
Es muy tímida para besarme en televisión, que lindo. Chupo su labio inferior en mi boca y lo muerdo. Como lo había planeado, ella abre su boca con un grito ahogado y me permite unos roces rápidos y hambrientos de su lengua. Ella tira hacia atrás, jadeando.
―¿Ganarás por mí?
Le sonrío.
―Con mucho gusto.
CAPITULO 234
Él sostiene mi cuerpo con fuerza contra el suyo. Sus dedos están extendidos en la parte baja de mi espalda y juro que puedo sentir su piel arder a través de mi vestido mientras me esfuerzo por no derretirme en sus manos. Bailamos, lentamente. Hemos estado bailando de esta manera por lo que parecen horas.
Suspiro y apoyo más de mi peso contra él. Cuando era niña tenía sueños de cómo sería mi boda, pero esto lo supera.
Pedro supera todos mis sueños y fantasías. Es dulce y protector, feroz y leal envuelto en un delicioso cuerpo apretado y la cara más sexy que cualquier otra. Debajo de mi oído, su corazón late en un ritmo fascinante a través de su traje impecable y el sudor en la palma de su mano se
mezcla con la mía.
Él es mi Pedro.
Mi marido.
Cuando conocí a Pedro, nunca me imaginé nuestras vidas enroscándose juntas de tal manera. Yo lo quería. Quería saborearlo, tocarlo. Era atracción sexual pura... entonces algo cambió. Nos conectamos, y una vez que nuestras almas se tocaron, se negaron a separarse. Ahora que estamos aquí, como marido y mujer, debajo del más hermoso candelabro de cristal en forma de araña de Elise que he visto en mi vida, bailando canciones lentas que nunca he escuchado antes.
Nuestras madres jugaron la mayor parte en la organización de nuestra boda. Pedro y yo queríamos una boda pequeña, infierno, fugarnos a Las Vegas fue una opción en un momento dado, pero nuestras madres se negaron, alegando que necesitábamos algo memorable. Yo no necesitaba la extravagancia para hacerlo memorable; Pedro era suficiente, sin embargo, aquí estamos después de haber cedido a los deseos de nuestras madres. Consiguieron lo que querían, la extravagancia, la elegancia, y cada miembro de la familia que teníamos, todo agrupado en una única habitación con sus mejores galas para ver a sus “bebés” casarse. No me importa porque tengo lo que quiero, también. Él. Lo tengo y es todo lo que quiero. Él es todo lo que siempre quiero.
Siento su cuerpo moverse mientras baja su cabeza cerca de la mía.
―¿Estás lista para salir de aquí? ―pregunta en esa voz profunda que me pone la piel de gallina.
Asiento mientras mariposas explotan en mi estómago. He querido salir de aquí durante horas. Pedro se ve positivamente delicioso en el traje negro de tres piezas, pero en lo personal, creo que el traje se verá mejor en un piso en algún lugar, tal vez echado sobre los asientos en el coche.
Me separo de Pedro y encuentro sus hipnotizantes ojos chocolate oscuro. Siempre me han gustado sus ojos, más
aún ahora que están oficialmente conectados a mi marido.
Veo su felicidad en sus ojos y debajo de su felicidad, veo su intención traviesa y de repente mi corazón no puede permanecer quieto. Pedro y yo hemos tenido sexo un montón de veces, más veces de las que puedo contar, pero esta vez es diferente. Esta vez será el principio del resto de nuestras vidas.
Esposo.
ES-PO-SO.
No creo que alguna vez me canse de tener presente mentalmente esa palabra, no es que pueda llegar a admitirlo en voz alta en algún momento. Pedro tiene la costumbre de atormentarme hasta que mi cara está roja y ardiendo. Le encanta. Le encanta meterse bajo mi piel, y por mucho que me encanta ver sus ojos brillar, contento con mis reacciones o su sonrisa con un exceso de confianza que me da ganas de chupar sus labios justo directamente de su cara, es molesto. Él es molesto, muy posiblemente el hombre más molesto que he conocido, y malditamente lo amo. Lo amo con todo lo que tengo, y esta noche he prometido que lo haré por el resto de mi vida.
―He estado muriendo para deshacerme de nuestras familias, desde que nos besamos en la iglesia ―murmuro por debajo del aliento para que los abuelos de Pedro no oigan.
Ellos sonríen y nos saludan a Pedro y a mí, mientras pasan bailando el vals por ahí y devolvemos el saludo con risitas incómodas.
―¿Desde que nos besamos? ―pregunta, dándome esa maldita sonrisa―. ¿En serio?
Siento mis mejillas sonrojarse.
―Sí.
Sus hermosos ojos marrones brillan. Él quiere burlarse de mí, puedo verlo.
Sus labios se curvan tan ligeramente.
―Eso es horriblemente vago de tu parte.
Frunzo el ceño y se inclina hacia delante, llevando sus labios justo a mi oreja.
Su cálido aliento sopla sobre el lóbulo de mi oreja, lo que debilita mis rodillas. Si Pedro no me estuviera sosteniendo, estoy segura que me disolvería en un charco de estremecimientos y gemidos.
―Me moría por huir contigo desde el momento en que vi que entraste por la puerta.
Me río una vez.
―Eso fue solo seis o siete minutos antes de nuestro beso.
Él se encoge de hombros, balanceándome de lado a lado y presionándome con fuerza contra su cuerpo.
―Está bien, así que estoy seis o siete minutos más atraído por ti de lo que tú lo estás por mí.
―Eso no tiene sentido.
―Oh, yo creo que sí.
―¿Cómo puedes estar más atraído por mí de lo que yo lo estoy por ti? ¿Te has visto?
Pedro inclina su cabeza, sus ojos sonriendo junto con sus labios. Con su mano, sin soltar mi espalda baja, desciende más allá y roza su dedo meñique sobre la curva de mi trasero.
―¿Tú te has visto a ti?
Mi respiración se profundiza a medida que su mano se desliza aún más bajo en la curva de mi trasero. Él tira de mí con más fuerza contra su cuerpo y siento cada firme centímetro de él. Dejo caer mi cabeza en su pecho con un gemido silencioso y se ríe oscuramente bajo su aliento. Sus dedos se crispan en mi trasero antes de liberar una exhalación fuerte y de mala gana regresa sus garras deseosas a una posición más segura en mi espalda.
―Será mejor que detengas eso ―advierte―. O toda esta sala va a ver lo caliente que me pones.
―Me dices que pare como si fuera posible contigo alrededor. ―Me río acurrucándome en él.
Mis pies están doloridos, mis músculos faciales duelen de sonreír demasiado, pero no podría estar más feliz. Estoy tan feliz que apenas puedo contenerlo. De vez en cuando mis dedos se contraen involuntariamente en la mano de Pedro y río sin motivo.
―Vamos a salir de aquí. Es hora de poner a prueba tus habilidades de actuación ―murmura, antes de envolver un brazo alrededor de mis hombros.
¿Eh? Trato de inclinar mi cabeza para mirarlo, pero él me aprieta contra él, metiendo mi cabeza en su pecho. Mi Dios, huele bien, como a jabón, colonia y a él. Eso prende fuego a mi sangre, amenazando con quemar el vestido de mi cuerpo.
―Está cansada, ¿cariño? ―Oigo a mamá preguntar, sintiendo su mano rozar mi cabello ni un segundo más tarde.
―Está muy cansada ―responde Pedro con un suspiro. Su voz retumba en su pecho, haciéndome vibrar de pies a cabeza―. Puede ser que nos retiremos.
Él aligera su agarre y me da un empujón fuera de mi lugar cómodo. Supongo que es mi turno de actuar. Por suerte para él, pasé teatro en la escuela con gran éxito.
Fingí un bostezo mientras me giro a mamá, haciendo caso omiso de Pedro, que jura por lo bajo. ¿Qué? No estoy haciendo tan mal trabajo. Mamá se ve muy bien en su vestido color ciruela y maquillaje sutil. No la he visto usar maquillaje en años, pero sus ojos ahumados y labios pintados de ciruela profundo le quedan. Ella retira un corto mechón de cabello de sus ojos y realmente se ve preocupada por lo cansada que estoy. Le doy a Pedro una sutil mirada engreída y él rueda los ojos.
―Necesito una cama ―le digo―. Me duelen los pies y los ojos pican.
Mamá me da palmaditas en el hombro y aprieta la carne ligeramente de esa manera reconfortante que solo una madre puede hacer.
―Ve, cariño. Has tenido un día tan grande. ―Ella vuelve sus repentinamente acusadores ojos en Pedro y apenas sin parpadear pregunta―: ¿Cuánto has bebido?
―Ni una gota.
Sus cejas afiladas se juntan.
―Te vi en el bar un par de veces esta noche.
―Solo agua fría, lo juro.
Lo estudia durante un rato y Pedro no se inmutó en lo más mínimo. Cuando era niña, su mirada podía hacerme admitir cualquier cosa. De verdad. Puede ser bastante aterradora cuando quiere serlo, simplemente pregúntale a Vanesa.
Está aterrorizada de mi mamá.
―Está bien, te creo. ―Sus labios tiemblan―. Diviértanse. Los veré a ambos después de su luna de miel.
Nos jala para un abrazo y se prolonga por unos segundos.
―Nos hicieron muy orgullosos hoy. ―Sorbe―. La imagen perfecta.
―Mamá, no llores ―le dije, riendo.
Nos deja ir y seca las lágrimas que ruedan por su rostro.
Agarra mi brazo y me acerca, plantando un beso suave en mi mejilla.
―Te amo ―le digo, apretando su brazo.
―Yo también te amo.
Pedro me toma por el codo y rápidamente me saca del salón. Lo admito, sí me siento un poco mal por dejar de lado a nuestras familias, pero no puedo estar con Pedro un segundo más sin rasgar su ropa. Él tira de mí a su lado mientras rompe en un trote rápido.
―Alguien está ansioso ―bromeo, centrándome muy duro en no torcerme el tobillo. Apenas puedo seguir su ritmo y su afán de salir de aquí―. Estoy usando tacones, lo sabes.
Suspiro mientras tira de mi brazo, me envía hacia adelante, y pierdo mi aliento mientras me levanta en sus fuertes brazos.
―Te llevaré, entonces.
Envuelvo mis brazos alrededor de su cuello y me aferro mientras me carga por unas escaleras.
―Podrías haberte detenido el tiempo suficiente para que me quite los zapatos.
Niega, su sonrisa diciendo un millón de palabras traviesas.
―Los zapatos tienen que quedarse puestos.
Cuando llegamos al coche, abre la puerta y me sienta en el interior, con cuidado de no atrapar mi vestido cuando lo cierra. Lo veo caminar alrededor de la parte delantera del coche, buscando las llaves en su bolsillo. Se detiene bajo una farola para buscar más profundamente en el tejido y lo admiro desde mi asiento.
Bajo la luz brillante, se ve tan angelical y puro, tan puro que medio esperaba que le crecieran alas y volara. Pero, cuando mira hacia arriba, hacia mí desde debajo de su frente y las sombras oscurecen la mayor parte de su cara, veo su oscuridad.
Veo el demonio que realmente es, y aunque admiro el lado dulce y angelical de Pedro, voy a estar para siempre consumida por su lado oscuro, el lado que hace lo que quiere y toma lo que cree que le deben.
Esta noche nos casamos, y lo que viene después no es asunto de nadie más que de Pedro y mío. Tengo muchas cosas planeadas para él, cosas que sé que lo volverán salvaje. Nunca he sido de las que besan y cuentan... Pedro, sin embargo, sin duda, le dirá a todo el mundo.
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