miércoles, 5 de noviembre de 2014

CAPITULO 256



PAULA



Pedro regresó de la arena como una persona diferente a la que ha sido durante las últimas semanas. Parece feliz, genuinamente feliz. No lo he visto sonreír así desde nuestra luna de miel. Cualquiera cosa que hizo o dijo Damian funcionó de maravilla. No puedo interpretar lo que siente Pedro algunas veces, no como Damian o Luciano pueden.


Me acuesto perezosamente en la cama, sonrío a mi libro cuando su voz se filtra desde el baño. Está tarareando una canción que no conozco. Pedro se pasea hacia el dormitorio, tirando de una bonita camisa azul por encima de su cabeza.


La cual se aferra en su pecho y brazos, y se afloja en su estómago. Sus negros pantalones cortos hasta las rodillas y sus tenis blancos completan su atuendo casual pero sexy.


―Vaya ―le digo, mirando por encima del borde de mí libro―. Te ves muy bien.


―Y tú todavía estás en pijama.


Bajo la mirada a mis pantalones y camisa de cama demasiado grande. Una camisa de “PEDRO” que Vanesa me compró durante mi primera pelea en vivo.


―¿Se supone que debo usar algo más? Son las 7:00 p.m.


―Tengo un montón de comentarios inapropiados que puedo usar en respuesta a eso, pero solo lograrán excitarme, lo cual nos hará llegar tarde. Ahora mismo, voy a tomar el camino sin comentarios sexuales y humor hilarante y hacerte saber que vamos a salir para una última cena antes de que nos encierren aquí hasta la pelea.


¿Nos encierren? ¿Aquí? La idea es emocionante y absolutamente aterradora.


―Pero faltan meses para la pelea.


―Estoy consciente de eso, pero Damian piensa que es lo mejor y yo también.


Asiento, vacilante. Si Pedro piensa que va a ayudar, entonces quiero estar a bordo.


―De acuerdo. Si eso es lo que quieres, podemos hacerlo. ¿A qué hora es la cena?


―Tienes treinta minutos.


Me siento erguida, alarmada. Marañas de cabello caen por mi cara y los aparto mientras sacudo mi libro hacia él.


―¿Treinta minutos? ¡Pedro! ¡Tengo todo un capítulo que terminar!


Me mira con los ojos abiertos como si fuera la persona más loca en la tierra.


―Haz una pausa.


―¿Pausarlo? Es un libro, no una película. Hay ciertos detalles que voy a tener que volver a leer si paro ahora.


―Es solo un libro.


―Solo un li… ―Hago una pausa y tomo una respiración. 


Los no lectores simplemente no lo entienden. Cuando me meto en un libro no paro a menos que haya un tsunami, volcanes en erupción o un tornado girando directamente hacia mí. Estoy hablando de un verdadero final no de una maldita cena. ¿Qué es la comida cuando estás en medio de un buen libro?―. Esto es algo más que un libro.Es una historia acerca de vaqueros y damiselas en apuros.


Parpadea hacia mí. Claro que todo esto es lenguaje extraño para él.


―Están montando este caballo junto a un tren de vapor en movimiento, bien, no suena tan impresionante cuando lo digo así, pero el héroe y la heroína están a punto de declarar su amor por el otro. No me puedes apartar ahora.


Pedro cruza la habitación con una sonrisa inocente en su cara y eso me pone en el borde. Nada de Pedro es inocente.


―Cariño ―dice con una voz demasiado dulce para mi gusto ya que me arranca el libro de las manos―… deja que te ayude.


Pliega la esquina de mi página y cierra el libro. Mi boca se abre. ¿Está loco?


―No acabas de hacer eso.


¿Quién pliega ahora la esquina de una página? ¿No ha oído hablar de un maldito separador?


―¿Hacer qué?


Mantengo mi mirada sobre el libro en sus manos.


―Plegar la esquina de mi página.


Pedro frunce el ceño.


―No sé lo que eso significa.


Me lanzo de espaldas contra el colchón, exhalando.


―Por supuesto que no.


Sus grandes y cálidas manos agarran mis tobillos y chillo mientras me da un tirón hacia abajo de la cama, me detiene con las manos en las caderas antes de que me deslice completamente abajo. Baja su cara a la mía.


―Vamos a tener pizza para la cena.


Pizza, la palabra ilumina al instante mi estado de ánimo. Pensaba que iba a llevarme a algún lugar donde solo hacen salmón magro y otras cosas raras que no puedo pronunciar. No he comido comida chatarra durante tanto tiempo.


Cuando Pedro come bien, no se puede encontrar nada malo en casa, es no a todo, incluso el chocolate. Su nutriólogo trató de convencerme de que podemos sustituir el chocolate y hacer las cosas a partir de cacao, pero traté y sin duda no es chocolate. La mayoría de las veces me escapo a la habitación de Vanesa y me lleno de malos carbohidratos. Él se ríe cuando mis labios se estiran en una sonrisa.


―¿Pizza? ―pregunto, aumentando mi voz―. ¿En serio?


Espero que se ría de mí o admita que está jugando alguna especie de enferma broma retorcida. En cambio, Pedro planta un beso en mi boca. Es rápido, demasiado rápido para disfrutar y casi hago pucheros.


―En serio. Ahora levántate. Te espero abajo, en veinte minutos.


―Espera ―llamo en su lugar―. ¿Quieres decir pizza de verdad? No ese tipo raro de pizza saludable hecha a base de hojas de lechuga, ¿cierto?


―Sí, Srta. Piggy. ―Se ríe―. Quiero decir de verdad auténtica pizza-pan, carne, queso-todo el lote. Ahora vamos. Estás perdiendo tiempo.


Endereza su postura, lanza mi libro sobre la cama, y sale de la habitación.


Me deslizo fuera de la cama, aterrizando sobre mi culo. Duele, pero no podría importarme menos. ¡Voy a cenar pizza!

CAPITULO 255



Cuando dejo a Paula de regreso en nuestra habitación, está vacía. La cocina está limpia y Luciano no está por ningún lado. En mi pecho, siento algo que no siento muy a menudo: mal. Me siento mal por atacarlo y luego salir, pero él tenía que oírlo. Mientras corríamos, Paula y yo no hablamos. Ella me permitió procesar todo lo que pasó esta mañana por mi cuenta. El jadeo constante que cayó de sus labios fue todo el apoyo que necesitaba.


―Nos vemos más tarde ―dice Paula mientras rebota hacia arriba de las escaleras, entrando para la ducha―. Diviértete.


Cierro la puerta y me dirijo por el pasillo. Meto mis manos en los bolsillos de mi sudadera con capucha negra y saco mis hombros, agachando la cabeza. Una diminuta anciana atrapa mi atención desde siete pies de distancia y la miro desde debajo de mi capucha. Sus ojos me rastrillan con temor de juicio, y cuando paso en el camino hacia el ascensor, le sonrío y asiento hacia ella. Ella se aleja mucho
más rápido de lo esperado para alguien de su edad y se apresura a golpear su tarjeta de acceso. Su puerta se abre y se lanza hacia el interior, cerrando la puerta detrás de ella. Arqueo una ceja ante su puerta cerrada. Es muy crítica para ser una señora mayor que se hospeda en Las Vegas. Poco sabe ella (o le importa saber) que soy el tipo de persona que le ayudaría a cruzar la calle o llevar sus bolsas si eran demasiado pesadas. Me río para mis adentros.


Son las pequeñas cosas de la vida.



*****



Absorbo toda la arena iluminada y pulida desde la última fila hasta la jaula.


Si hay una cosa que voy a extrañar, es la sensación de todo el entusiasmo que mi trabajo me trae. Hay un remolino de aprehensión en la boca de mi estómago y me hace volver a mi decisión a renunciar... después de épico sexo, le hace eso a un hombre, ya sabes, meterse con tu cerebro.


¿Quiero realmente renunciar? ¿Puedo existir sin mi pasión? ¿Puedo funcionar sin él? Las preguntas se acumulan en el fondo de mi mente, de todo tipo que se te puede ocurrir.


―Es hermosa, ¿no es así? ―pregunta Damian, sonriendo ampliamente en el espacio abierto frente a nosotros. Su voz me saca de mis pensamientos, por suerte alejó las preguntas que llenan mi cráneo y amenazan con estallar de mis oídos.


Miro la arena, y lo que es más importante, la jaula. Sus gruesas cuerdas negras envían calor surgiendo a través de mi cuerpo y la imagen perfecta de la piel de porcelana de Paula contra ellas.


Asiento, colocando las manos en mis caderas.
―Sí que lo es.


Es agradable estar con Damian. No lo he visto mucho, no fuera del entrenamiento, de todos modos. Su esposa está en Las Vegas para pasar unas pocas semanas y han estado pasando tiempo de calidad. Eso o me está evitando porque no nos hemos estado juntado mucho recientemente.


―Escuché sobre el club anoche. Esta por todo Internet, incluso en las noticias.


Con las manos en los bolsillos, troto por las escaleras, por lo que poco a poco hago mi camino a la jaula masiva en el centro de la habitación.


―Sí, bueno, fue todo un espectáculo. Tiene suerte de que no le pateara el culo en ese mismo momento.


Damian resopla.


―No tenías que hacerlo. Paula lo hizo por ti.


Sonrío y ni siquiera trato de ocultarlo. Damian se detiene y se apoya en una silla de plástico que recubre las escaleras. 


Dejo que mis ojos recorran la arena antes de volver a él.


―Hazme un favor y evita las noticias por el próximo par de días. No te van a gustar las historias que están girando.


Por supuesto que han encontrado una manera de hacer de anoche la edición más grande en Las Vegas.


―¿Qué dicen?


―De acuerdo con todos los demás, Paula los está golpeando tanto a ti como a Dom.


Mis puños aprietan y me río una vez.


―Apuesto a que Dom está amando eso.


―Puedo garantizarlo, y él va a utilizarlo para entrar aún más en tu cabeza.Tienes que ser más cuidadoso, Pedro ―dice, cruzando los brazos―. Él puede tomar todo de ti.


Me burlo.


―Él puede intentarlo.


Sacude su cabeza, pasándose la mano por su cara.


―No es frecuente que te dé un sermón, pero es muy importante que escuches lo que voy a decir.


Doy un paso atrás y me apoyo en la silla de plástico frente a él, abriendo la planta de arriba para que él diga lo que piensa.


―Matt Somers sabe lo que está haciendo. Él ha estado en el juego durante mucho tiempo y sabe exactamente lo que genera dinero. Hay tres cosas que venden boletos en esta industria: sexo, la rivalidad y resentimientos partidos. ¿Quién crees que está girando las historias? Él sabe que no soportas a Dom, sabe que Dom quiere golpear a tu esposa, y él sabe que apenas necesitas una mirada de Dom en su dirección para hacer que desees matarlo.


―Entonces, ¿qué quieres que haga?


―Necesito que aprendas a alejarte. Necesito que puedas aprender a tolerar imbéciles y no dar a esta empresa la información que necesita para hacer dinero contigo.


―¿Cómo? ¿Cómo hago para evitar que Dom y Matt se introduzcan en mi cabeza?


―En primer lugar, deja la mierda de alfa-cavernícola “mío”. El cerebro de Dom funciona como un niño. Si le dices “no”, solo quiere más. En segundo lugar, y más importante, entrena duro, come, duerme, y vive bien. ―Hace una pausa y parpadea hacia mí, asegurándose de que estoy tomando todo―. Y, por último, quédate en casa.


Arrastro mis dientes sobre mi labio inferior ante el pensamiento. Cuando me quedo en casa, tengo los sueños, los sueños de Dom y mi padre. Cuando estoy fuera de casa, me agoto a mí mismo hasta que estoy demasiado cansado para soñar siquiera. Prefiero eso.


―No puedo quedarme en casa. Estoy ocupado.


El rostro de Damian se aprieta junto con una mueca de frustración.


―¿Haciendo qué? Lo único que tienes que hacer es prepararte para tu próxima pelea.


Me parece bien.


―¿Y Paula? ¿Esperas que la obligue a quedarse en casa, también?


―Ella hace lo que quieres que haga. Todo lo que tienes que hacer es preguntar y batir esas bonitas pestañas tuyas y ella se comprometerá a no salir nunca a la calle de nuevo.


Soplo aire de mis labios con escepticismo.


―Ella es mucho más terca de lo que crees.


―Para todos los demás, tal vez, pero tienes a esa chica envuelta alrededor de tu guante. Ella haría cualquier cosa por ti, incluso si eso significa no salir.


Me giro de Damian y continúo por las escaleras. Paula es la única que sabe acerca de los sueños, la que me tranquiliza, me reconforta con sus palabras, y me apacigua con el sexo, pero tal vez Damian puede ayudar. Además de Luciano, nadie me conoce como Damian. Él sabe cómo trabajo y sabe mi próximo movimiento antes de que lo haga.


Oigo sus zapatos golpeteando contra el hormigón mientras pasea hacia la jaula. Está por encima de mí ahora, se cierne sobre mí, provocándome. Mi pecho se aprieta y mi corazón late en mis oídos. Una pizca débil, familiar de pánico se apodera de mi pecho y aprieto los dientes, negándome a dejar que me supere. En mis sueños, esta es la jaula exacta donde consigo que me pateen el culo y mi cuerpo quede roto. Nunca he sido de los que analizan la mierda loca que mi mente sueña... pero esta vez me pregunto si hay un mensaje subyacente. ¿Si renuncio a esta vida y elijo una más lenta con Paula... haría que mi padre se sintiera orgulloso?


Hacer a mi padre orgulloso significa perder con Dom, destruyendo mi propio orgullo en el proceso. Vencer a Dom significa decepcionar a mi padre y le doy a la MMAC exactamente lo que quieren. Pierdo algo, no importa qué camino escoja... y pensándolo bien me importa una mierda lo que haría a mi padre orgulloso.


―Él puede tomar todo por lo que has trabajado tan duro, Pedro ―murmura Damian, alejándome de mi propia cabeza.


Echo un vistazo alrededor. Estoy en la jaula, de pie en el centro, mientras que Damian se apoya en el cable desde el exterior. Hay una sinceridad en sus ojos y le creo. Creo que Dom tiene la capacidad de tomar todo de mí. No porque sea más fuerte, más rápido o más malo, sino porque sabe cómo jugar sucio.


―He estado teniendo estos sueños ―le digo, dando un paseo al borde de la jaula―. Estoy a punto de luchar con Dom, el público se está volviendo loco, la gente está gritando y animando, estás allí, y Paula y Luciano, también. La campana suena y empiezo a ir hacia Dom, golpe tras otro... pero no le afecta, y cuando miro hacia arriba, es mi padre mirándome con aquellos pequeños y brillantes ojos de juicio. ―Paso mis dedos a lo largo de la jaula, sintiendo el alambre fresco bajo mis dedos―. Él me habla, me dice que soy una mierda. ―Me río una vez en voz baja―. Ya sabes, lo de siempre, y mientras estoy hablando con él, Dom sigue golpeándome desde todas las direcciones antes de desaparecer en el aire. Papá me da una bofetada, desaparece, y de repente la sala se llena de nuevo. Todo el mundo está gritándome para levantarme y hay una fuerte presión sobre mi brazo. Dom me tiene en una llave de brazo y no puede liberarme. ―Mis dedos se arrastran sobre el lugar donde me declaré a Paula y maldigo los calores de metal debajo de mi piel. Mis labios se contraen y me vuelvo a Damian―. Él rompe mi brazo y entonces me despierto.


Él me mira de cerca, su rostro vacío de cualquier emoción, ya sea divertida o preocupado.


―¿Quieres saber lo que significa?


Asiento.


―Absolutamente nada.


―¿Nada?


―Absolutamente nada ―repite con firmeza―. Te conozco, amigo. Sé cómo te pones cuando las peleas se acercan y te diré lo mismo que siempre te digo cuando te pones ansioso. No es la gran cosa. Ganes o pierdas, no importa. Si pierdes, Paula todavía estará aquí mañana, así como yo y Luciano, también. Lo mismo ocurre si ganas. ―Una amplia sonrisa se extiende por su rostro―. Lo lograste en las grandes ligas. Le ganaste a todos tus oponentes en el torneo y le ganaste a Júnior Moset en su propio juego con una llave de brazo. Tienes que empezar a darte cuenta de su propio potencial. Dom es nada. No es más que un hombre solitario que paga el MMAC para aumentar las ventas. Ellos realmente no quieren que gane. Tú eres su posesión más preciada.


―Correcto ―digo con absoluta tranquilidad. ¿Qué es en un sueño, de todos modos? Me siento lleno de energía, como una nueva persona en su totalidad.


Antes de venir aquí, estaba cansado y no estaba entusiasmado de ver la arena.


Ahora, cada célula de mi ser está viva y animada, como si estuviera sosteniendo un paraguas después de que un rayo lo haya golpeado.


No he terminado con mi carrera.


Gobierno esta arena.


Este es mi reino y yo soy el rey.

CAPITULO 254



PEDRO



Bajo las escaleras con un extra salto en mi paso. No solo tuve una noche fantástica con Paula y hasta me las arregle para evitar una discusión con Luciano,esta mañana, Damian y yo vamos a ir hasta el MGM Grand para tener una idea de la arena. He luchado allí antes, pero Damian piensa que ver el lugar en el que perdí la última vez aumentará mis tiempos. 


Estoy todo emocionado no porque creo que vaya a ayudar a mantener Dom fuera de mi cabeza, sino porque quiero ver la jaula donde tomé a Paula. Quiero ver la jaula que cambió mi vida para mejor y luego para peor. Me ayudará a decidir si esto es lo que quiero. Ayer por la noche, no pude dormir. 


Estuve mirando al techo, tratando de encontrar la manera correcta de decirle a Damian y Luciano que quiero salirme. 


No quiero pelear más... Quiero ser como Ricardo. Quiero dirigir un gimnasio y ayudar a los demás. No quiero el exceso de estrés. No quiero seguir poniendo mi cuerpo en la línea de fuego por dinero y una habitación de extraños sanguinarios aplaudiendo como si fuera una especie de animal. Sobre todo... Quiero salir por el bien de mi familia, la familia que creo que estoy listo para comenzar.


Aprieto las cuerdas de mis pantalones y saco mi sudadera con capucha. Mis zapatillas rechinan en el último escalón mientras camino en la alfombra. Antes de que me encuentre con Damian, quiero ir a correr y tener tiempo para mí mismo, manteniéndolo fuera de los libros y lejos de los ojos de juicio.


―¿Estás libre? ―llama Luciano desde la cocina―. Iba a preparar el desayuno para compensar por lo de anoche.


Me paseo a la habitación y por supuesto, Jackson tiene todos los ingredientes para un buen desayuno en el mostrador. Mi estómago gruñe ante la visión de tocino. 


Mieeerdaa. No he tenido el tocino en una semana. Él se mueve sobre la tapa de la estufa y pone su brazo sobre su frente, con la cabeza hacia abajo, en ángulo lejos de mí.


―Pensé que debería pedir perdón por lo que pasó.


Saco un taburete cercano y caigo en él con una risita.


―¿Preparando el desayuno en la misma cocina donde tenías tu pene fuera?
Estoy seguro de que Paula va a encontrar eso muy apetecible.


Niega antes de mirarme. Un oscuro, negro moretón rodea su ojo izquierdo y su labio esta partido. La última vez que vi su rostro tan reventado era cuando él estaba saliendo con Amelia... la mierda que ella le hizo hacer terminó con él luchando el noventa y nueve por ciento del tiempo.


―Jesucristo, ¿qué te pasó en la cara? ―pregunto, tirando de una rebanada de pan de centeno en el plato blanco grande en frente de mí y rasgándolo por la mitad.


―Nada ―dice, quebrando un huevo y vertiendo su contenido en la sartén―. Fui a uno de nuestros antiguos territorios, una visita, eso es todo.


Me rio, metiéndome un trozo de pan en la boca.


―Te anotaste, ¿no?


Se encoge de hombros.


―Algo por el estilo.


Se siente como si hubiera pasado toda una vida, pero Luciano y yo solíamos pelear en estos clubes subterráneos de mal estado por dinero. No fuimos lo suficientemente mayores como para unirnos a cualquiera de los torneos reales, así que fuimos de bajo perfil y participamos en unas cuantas rondas de vez en cuando, cogiendo dinero extra aquí y allá. El de Las Vegas estaba debajo del Bar Lucky's. Luciano y yo nunca perdimos una pelea allí. Cuando dejé de aparecer, Luciano no lo hizo. Estaba pasando por una fase muy oscura con Amelia y participó en cualquier pelea de clubes que lo dejaran entrar. Era su forma de expresar sus frustraciones... esa era su manera de hacer frente a su relación jodida.


―¿Conseguiste que te patearan el culo? ―pregunto en voz alta.


Frunce el ceño, claramente ofendido.


―¿Yo? ¿Conseguir que me patearan mi culo? ¡Fuera de aquí! Nunca he perdido una pelea.


―¿Qué pasa con aquella vez…?


Él me lanza una cáscara de huevo, la esquivo, y navega por encima de mi cabeza y se estrella en el azulejo.


―Vete a la mierda, tenía dieciséis años, y en mi defensa, me tuvo con gas pimienta.


―Lo que tú digas, hombre. ―Niego―. Pero si Vanesa te está haciendo volver de nuevo a estos lugares, termina con ella. No sé lo que le ves, de todos modos. 


Luciano me sonríe, sus ojos verdes oscureciendo una fracción.


―No las has visto desnuda.


Sonrío. Es una respuesta típica de Luciano. Siempre físico con él. Dios no quiera que tenga una chica con un buen corazón.


―No, supongo que no lo he hecho.


Antes de Paula, solía decir ese dicho también. Pero ahora sé que el valor de una mujer no se mide por el aspecto o la forma de su cuerpo. Se mide por su corazón, su compasión y su fuerza. Todas estas cosas que no se pueden ver en el exterior, desnuda o no.


Él rompe otro huevo y luego otro.


―Ella es una persona difícil con quien estar ―dice―. Es de carácter fuerte, apasionado, y tiene un gran corazón.


―¿Pero?


―Pero no lo entiende. No entiende por qué soy como soy. 
―Él lanza una cáscara de huevo que gotea en la bolsa de plástico en el mostrador―. Ella no me deja en paz. Hay un flujo constante de preguntas que caen de su boca, las preguntas que he estado presionando a la parte trasera de mi mente y no me las he contestado a mí mismo todavía. ¿Me sigue gustando la otra chica? ¿Todavía pienso en ella? ¿Me metería de nuevo en esa relación si me dieran la oportunidad?


―¿Lo harías? ―pregunto, apretando el puño, listo para golpear algo de sentido en él si contesta mal. La mirada verde de Luciano cae en mi cara.


―No lo sé. Vanesa es la única cosa que me hace pensar con claridad. Sus sentimientos son lo único que me impide responder a las llamadas de Amelia y responder a sus textos.


―¿Por qué?


Sus hombros se enderezan.


―Porque la jodí a ella. La cambié... Soy su Amelia y no puedo dejarla sabiendo que la he destrozado para alguien más. Lo que he hecho con ella, lo que me dejó hacer con ella, no sería justo dejarla.


Mi pecho se aprieta y la repentina urgencia de defender a Vanesa posa sobre mis hombros.


―No puedes arrastrarla, Luciano. Si no la amas, dejarla ir. Ella te ha dado un ultimátum. Sé un hombre y dale una maldita respuesta.


―No soy como tú, Pedro. No puedo sentar cabeza y jugar a las familias felices.


Necesito emoción. Necesito tener emoción constante a través de mi pecho o dejo de moverme.


―¿Así que eso es todo? ¿En lugar de tomar el control de tu propia vida vas a arruinar la vida de otros? ―Saco mi taburete y me levanto a mis pies. Luciano apenas se estremece. Él es una de las pocas personas que no puedo intimidar―. ¿Sabes lo que haces, Luciano? Te sientas y te pones de mal humor, escondiéndote detrás de tu máscara. ¡Esto no eres tú!


―¿Pedro? ―La voz de Paula resuena a través de la cocina, pero lo ignoro.


Luciano necesita escuchar esto.


―No has sido tú mismo durante mucho tiempo. ¡Antes de que la conocieras eras un puto imparable! Hacías lo que querías. Tuviste sueños y ambiciones. ¿Y ahora qué? Te sientas a esperar por mí. ¡Estoy viviendo tu vida, Luciano! Lucho las peleas en las que deseas estar. Tengo todo esto de la fama y dinero, la esposa y la casa, tengo todas las cosas que querías y las cosas que siempre dije nunca querer.


Sus iris verdes se oscurecen mientras su agarre con los dedos en el mostrador se vuelven blancas con tanta fuerza.


―Así es, idiota. Es posible que hayas olvidado tus ambiciones, pero yo no.
Me acuerdo de la persona que eras y te necesito para empezar a recordar también, porque una vez que he terminado de luchar contra Dom, quiero salir de esta vida superficial.


Sus cejas surcan el rostro ante un deslumbramiento.


―Si quieres estar en el lado del ring, si quieres sentir el alambre de una jaula y estar entre multitudes gritando, entonces lo haces, porque yo no quiero esto. He vivido mi sueño y lo odio. ―Me dirijo a Paula y me siento aliviado de verla en pantalones deportivos negros y una camiseta―. Ponte tus zapatillas de deporte. Vamos a correr.


Sus soñolientos ojos verdes se ensanchan.


―¿Una carrera? ¿Ahora?


Antes de responder, ella desaparece de la habitación y miro hacia atrás a Luciano.


―Necesitas despertar y decidir lo que quieres. ―Mi voz es más baja cuando hablo esta vez y Luciano se niega a mirarme―. Eres feliz con Vanesa, lo más feliz que te he visto en mucho tiempo, y si significa o no algo para ti, eso no lo sé, pero termina con ella si solo vas a perder el tiempo. 
Vanesa puede ser un dolor en el culo y yo podría no gustarle mucho, pero Paula lo hace, y eso me es suficiente para saber que ella es una buena chica en el fondo y se merece algo mejor que tú.


Salgo de la cocina y me dirijo por el pasillo. Paula está esperando junto a la puerta, con los ojos ahora amplios y alerta. Hay una curva de preocupación en sus cejas, pero no voy a sumergirme en lo que pasó en la cocina con ella. Hay demasiado ahí. Para entender lo que pasa tiene que saber todo acerca de Amelia, y por desgracia, Luciano es el único que realmente conoce esa historia.


―¿Desayuno para uno, entonces? ―grita Luciano detrás de nosotros y yo cierro la puerta.