viernes, 2 de mayo de 2014

CAPITULO 97



―Vamos, Luciano― Pedro lo llama despreocupadamente, caminando a su lado del coche. 

No pierdo el tiempo en abrir la puerta y subir en el coche. 

Tengo que salir de aquí. No puedo soportar ver la expresión de disgusto y depresión de Ramiro por un segundo más. 

Luciano endereza su camiseta negra y se dirige de nuevo hacia el coche. Dejo caer mi atención hacia mis piernas no me atrevo a hacer contacto visual con Ramiro.

―Lo siento ―se disculpa Pedro. Lo miro y me da una culpable, casi triste sonrisa―. No debí haberlo provocado.

―Guárdatelo. No lo sientes en absoluto.

Como lo esperaba, una sonrisa arrogante tiró de sus labios y fruncí el ceño hacia él. La puerta se cierra de nuevo y Luciano mete su cabeza entre los asientos por tercera vez.

―¿Puedes creer las bolas de ese tipo? Jesús. Iba a tratar de enfrentarnos a ambos.

Me burlo


―Él no hubiera hecho nada.

Pedro  arquea una ceja. ¿He dicho algo raro? 
―¿Lo estás defendiendo? ―se burla Luciano, echándose hacia atrás en el asiento―. Increíble. 
―Mierda ―gruñe Pedro ―. Tal vez él tiene una polla mágica.  

Luciano se ríe, pero no me resulta nada gracioso. En lo más mínimo.

―Él no tiene una polla mágica ―escupo―. Ustedes dos están simplemente siendo inmaduros. Pobre chico. Estaba tratando de devolverle su regalo y hacerlo más fácil para él tanto como pudiera.

―¿Él lo hizo más fácil para ti cuando te engañó Dios sabe cuántas veces? ―La voz de Pedro es difícil.

―No, pero…

―Pero nada. No le debes nada. ―Él pasa la mano por su cara,exhalando profundamente―. Si no hubiese estado en este maldito torneo, no sabría qué le hubiese hecho sólo por usar ese tono agresivo contigo. Es un pedazo de mierda. Te mereces algo mejor que eso.

Algo en mí se dispara, enviando mi medidor de ira como cohetes al cielo.

―¿Quieres decir que me merezco a alguien como tú? ¿Alguien del que no sé nada y que no tiene que pelear para follarme, pero tiene un gran problema con las relaciones? Sí, tengo todo lo que me merezco allí mismo.

CAPITULO 96



―¿Lo has follado? ―suelta sobrecogiéndome de mis molestias pasadas.

Mi voz sale mucho más tranquila de lo que me propongo.  

―Eso no es de tu incumbencia.

Ramiro pasa delante de mí, casi golpeándome a su paso. El pánico arde en mí, esto es exactamente lo que quería evitar.

 Mis piernas tiemblan y amenazan con ceder cuando salto de las escaleras y persigo a Ramiro. Esto es demasiado drama para manejarlo. Una leve sonrisa tira de los labios de Pedro y su gran cuerpo abandona el auto mientras Ramiro se acerca.

―¿La has follado? ―exige Ramiro, deteniéndose muy cerca de Pedro. Hay un destello artero en los ojos de Pedro y me doy cuenta que lo he visto antes.

Tiene la misma mirada que tenía ese día en mi trabajo.


―He hecho más que eso. ―Pedro sonríe con satisfacción. 
Luciano se abre paso entre los dos hombres y sus manos vuelan al pecho de Ramiro, causando que su camiseta amarilla se frunza. Lo hace retroceder un poco.  
―No hagas nada estúpido, hombre ―le advierte Luciano en voz baja.  
Ramiro lo ignora y lo empuja hacia atrás.  
―Tú probablemente la has follado también.

Me estremezco. Escucharlo hablar de mí con un tono tan disgustado hace que mi pecho se apriete. Miro a Pedro, él fulmina con la mirada a Ramiro ahora, sus ojos brillan con un destello oscuro y letal. Trago duramente, sintiendo mis manos comenzar a temblar con pánico.
―Nah, hombre ―le asegura Luciano, casualmente―. Ella es suya.  
―¿Suya? ―Él casi escupe la palabra y hunde sus ojos azul hielo hacia mí―. ¿Suya?

Trago con fuerza.  

―Sí. 
 
Pensé que estaría feliz restregándole a Pedro a Ramiro en la cara, pero lamentablemente… me hace sentir como una mierda.

―Pero te vi en Internet. Parecías tan incómoda y llevabas el vestido que compré para ti. Pensé…

―Eso no quiere decir nada…  Vanesa me hizo tomar el vestido.

Dirijo la cajita roja de nuevo hacia él. Su mirada cae a la misma y luego de vuelta a mi cara. En mis seis años de noviazgo con Ramiro, nunca lo había visto tan herido… y es demasiado para mí. Tengo que irme.

―Tómala ―dice Pedro, recostándose contra el coche―. Ella no lo quiere.

Los dedos largos y delgados de Ramiro alcanzan y se enrollan alrededor de la caja. Sus dedos fríos permanecen en los míos por un tiempo más largo y se me cae la mirada al concreto antes de tirar de mi mano. Ramiro se mueve hacia un lado y sin mirarlo me dirijo hacia el coche. Cuando estoy al lado de Pedro, su voz rompe el silencio incómodo.
―¿Sabes lo que hice después de la pelea? ―le dice Pedro a Ramiro con una sonrisa sardónica.

Oh, mierda. Mis ojos se abren y la sangre se drena de mi cara. 
 
Pedro

―Arruiné el vestido.

Él no dijo eso. Miro a Ramiro, su rostro no se puede leer, pero encarna la justa ira por el modo en que su cuerpo se vuelve tenso.  Abro la boca para hablar, para decirle que Pedro está mintiendo, que no arruiné el vestido y sólo está tratando de conseguir estar por encima de él, pero el gruñido enojado de Ramiro me obliga a apretar la boca cerrada.

―¡Hijo de puta!

jueves, 1 de mayo de 2014

CAPITULO 95



Cuando nos detenemos en el camino de entrada de Ramiro las mariposas en mi estómago se han ampliado diez veces y casi lloro. El pensamiento de la vista del rostro de Ramiro cuando le regrese este anillo va a ser horrible,especialmente sabiendo que probablemente gastó mucho dinero en ello.


―¿Quieres que vaya contigo? ―pregunta Pedro, acariciando mi muñeca con su pulgar.

Una pequeña risa se cae de mis labios.  

―No, no creo que vayas a ser bien recibido.

―Estamos aquí si nos necesitas ―dice Luciano, metiendo su cabeza entre nuestros asientos otra vez. Y le sonrío. 
―Gracias. 
Saco la pequeña caja de mi bolsillo y abro la puerta. La casa de Ramiro es muy parecida a la mía. Es un complejo de apartamento con una escalera delantera que conduce directamente a su puerta. Salgo del auto y cierro la puerta detrás de mí. Ramiro aparece en lo alto de la escalera y no hay ningún signo de felicidad en su rostro. Sabía que tendría que haber venido sola. Él mete las manos en el bolsillo delantero de sus vaqueros. 
―Por favor, dime que sólo te está dejando.

Niego mientras me acerco a las escaleras.
  
―Esto no tomará mucho tiempo.

Sus ojos azules me miran ferozmente pasando de mí al auto de Pedro.  
 
Temor rueda por mi estómago cuando escucho dos puertas del auto que se abren y cierran. Doy la vuelta y veo como ellos se apoyan contra el auto esperando a que Ramiro haga algo. Luciano sacude su cabeza ligeramente casi como si dijera “te lo dije”. El rostro de Pedro intimida, incluso para mí. Sus gruesos brazos están cruzados sobre su pecho y sus ojos son oscuros y temerarios.  
Trato de darle mi mejor rostro “relajado” y estoy segura de que él sabe lo que quiero decir. Me vuelvo hacia Ramiro que todavía mira a los chicos con mucha repugnancia y odio. 
―Olvida que ellos están siquiera aquí ―digo, subiendo la escalera.

Él arrastra sus ojos sobre mi rostro y sonríe hacia mí, mostrando sus hoyuelos.   
―Fácil de hacer. ¿Quieres entrar?

―No.

Él casi se estremece.   
―¿Por qué no?

le extiendo la caja roja―. No puedo aceptar esto.

Él no la toma.  

―Lo compré para ti.

―Lo sé, pero no estamos juntos. Está mal para mí tomarlo.

―Entonces considéralo como un regalo de “quiero que vuelvas”.

Oh muchacho. Esto no va a ser fácil.  

―Es hermoso, realmente lo es, pero no lo quiero.

―Paupy, bebé…

―Y tienes que dejar de llamarme bebé. Es inadecuado.

Él levanta su voz, cada vez más enojado y dominante. 
 
―Como la mierda lo es. Fuiste mi novia durante seis años. Me he ganado el derecho de llamarte así.

Me burlo.  
―No has ganado una maldita cosa. Fuiste mi novio durante seis años.Yo fui tu novia por dos. Eso fue cuando tú comenzaste a engañarme. 
―No creo que haya sido…

―Dos años, Ramiro

Él mira fijamente, esperando que diga o haga algo. La mirada de Ramiro se arrastra sobre mi cabeza a Pedro y luego de regreso a mí.

―¿Y crees que él se interesa por ti?  

Casi me río. Pedro realmente se preocupa por mí. He pasado suficiente tiempo con él para saber que lo hace.

―Sí.

―Confía en mí. ―Su mano descansa sobre mi hombro―. Lo he visto con chicas en el Heaven. Él no respeta a las mujeres, Paupy.

 ¡Ja! Mirando. La. Paja. En. El. Ojo. Ajeno. Me encojo de hombros apartándome de él. 
 
―No sabes una maldita cosa sobre él. Entiendo qué impresión da, pero él es diferente conmigo.

Ramiro mete su labio inferior entre sus dientes, un hábito molesto que he tenido que aguantar los últimos seis años. Para evitar verlo, trato de evitar discutir con él.

CAPITULO 94




Echo un vistazo de reojo a Pedro. Su rostro es neutro, desprovisto de cualquier emoción específica. Él no haría nada estúpido, ¿verdad? La última cosa que quiero es conseguir lastimar a Ramiro o a Pedro en problemas. 

Cuanto más nos acercábamos a mi casa, más nerviosa me ponía. No tengo ni idea de lo que voy a decirle a Ramiro o si incluso estará en casa. Saco el teléfono de mi bolsillo.  

―Probablemente debería llamarlo. 

Marco su número y lo pongo en mi oreja. Él contesta inmediatamente.   

―¿Bebé?  

Pedro me mira ligeramente y frunce el ceño. Creo que lo escuchó.  

Momentáneamente, estoy insegura de qué hacer. Si lo corrijo o solamente lo ignoro.

―¿Paupy?  

Joder. Lo corregiré la próxima vez. 

 ―Ramiro, hey.

Él parece optimista y entusiasmado, como si esperara buenas noticias de mí.  

―¿Cómo estás?

Hay un silencio sepulcral en el auto y esto me desconcierta.
―Bien, gracias. ¿Vas a estar en casa hoy? Necesito…

―Sí, estaré en casa todo el día. ¿Cuándo piensas venir? 
―Debería estar allí en media hora. ―Miro a Pedro y él asiente.  

―¡Genial! Realmente te extrañé, Paupy.

Casi me estremezco.  
―Sí, nos vemos entonces.

Cuelgo y guardo mi teléfono en su sitio. Mis dedos nerviosamente se encuentran entre sí, enredándose en un tenso movimiento nervioso.

Cuando nos detenemos frente a mi casa, agarro mi bolsa de viaje del piso y salto del auto. Pedro y Luciano esperan mientras corro escaleras arriba para agarrar la pequeña caja roja. No me molesto en cambiar mi ropa. Estoy demasiado cómoda en mis vaqueros y camiseta. Paso a mi dormitorio e inmediatamente encuentro la caja roja sobre mi mesita de noche. Mi bolsa de viaje aterriza con un pequeño golpe en la alfombra junto a mí y doy un paso adelante.

Agarro la caja y siento el agradable material aterciopelado sobre mis dedos antes de que lo empuje en la palma de mi mano. Por alguna razón, mis manos tiemblan y me siento un poco ansiosa. Estoy noventa y nueve por ciento segura de lo que hay dentro… pero no sé qué tipo de emociones van a ser abiertas con la caja. Esta cruje cuando mi dedo índice la empuja para abrirla un poco. Tomo dos respiraciones profundas, dentro y fuera, dentro y afuera, y abro el resto del camino. Inhalo bruscamente, totalmente abatida por el bonito anillo de oro incrustado en la tela de seda blanca. Es realmente hermoso y algo que definitivamente habría apreciado cuando estábamos juntos. Pero ahora, no lo quiero. Esto representa todos mis errores y todo de lo que trato de aprender y crecer. Cierro la tapa y la meto en el bolsillo de mis vaqueros, haciéndolo abultarse ridículamente. No quiero pasar mucho tiempo aquí entonces corro hacia la puerta de calle, asegurándome de cerrarla detrás de mí. Le doy la dirección de Ramiro a Pedro cuando regreso al auto, pero aparte de eso nadie me dijo nada, gracias a Dios.

CAPITULO 93



Veo la casa gigante y de aspecto de arenisca de Vanesa en la distancia mientras conducimos por su calle. En el momento justo Luciano el bello durmiente bosteza,despertando de su muy larga siesta.

―¿Estamos aquí ya, huh? ―La voz de Luciano es ronca por el sueño.

Abro mi boca para contestar, pero los distintivos ruidos de besos y risas tontas me detienen y hago rodar mis ojos. Si hay una cosa que no extrañaré de este viaje son las largas sesiones de besos entre Vanesa y Luciano. Jesús. ¡Esto es de nunca acabar! Afortunadamente, nos detenemos frente a la casa de Vanesa.

―Te llamaré ―me grita Vanesa mientras sale y Luciano la sigue.

Directamente en frente del auto prácticamente follan entre sí como despedida y gimo, lanzando mi cabeza de vuelta contra el asiento.

―Tú debes ser verdaderamente feliz de estar lejos de esto. ―Pedro se ríe, reclinándose en su asiento.


―No tienes ni idea. 
Su mano se curva alrededor de mi muñeca y la hala a sus labios, besándola suavemente. Sus labios están sorprendentemente cálidos sobre mi piel y hormigueos estallan en mi estómago.  
―Cuando terminemos aquí vamos a pasar por tu casa, conseguir ese anillo y devolverlo a ese tipo de mierda.  
Inclino mi cuerpo hacia él. 
―¿Detecto celos? ―bromeo.  
Él ríe contra la palma de mi mano.  
―¿Celos? No ¿Posesión? Tal vez. Si alguien va a comprarte cosas en bonitas cajas rojas, soy yo.  
Tiro mi mano hacia atrás.  
―Gracias, pero no necesito que me compren cosas para ser feliz. Ramiro parece pensar que lo hago, pero eso solo refleja lo poco que en realidad sabe de mí. 
―¿Y qué necesitas para ser feliz? 
Me siento un rato mientras pienso. Nunca me han hecho una pregunta así antes. Meto un mechón de mi cabello detrás de mi oreja antes de hablar.  
―Quiero lo que todos quieren, supongo. Salud. Amigos leales. Amor. No sé…

Él me sonríe con satisfacción, sus ojos brillando con admiración.  
―Si escogiera algo materialista, elegiría un baño.  
―¿Un baño? ―repite, casi risueño.

―Sí, un agradable baño de espuma caliente. Han pasado años desde que he tenido uno. 
Él deja caer mi mano y pasa sus dedos por su cabello. 
 
―Eres tan buena que ni siquiera puedo manejarlo. 
―¿Soy buena? ―me mofo, casi ofendida. Nunca me han llamado buena antes―. No soy buena.

Se extiende a un lado para apretar mis mejillas ya rosadas y le doy un manotazo alejándolo.

―Bueno, ¿a dónde ahora? ―pregunta Luciano,deslizándose atrás en el auto y cerrando de golpe la puerta detrás de él. Su rostro se interpone entre nuestros asientos y lo miro. Cuando pienso en ello,Luciano y Vanesa lucen muy similares. Su cabello es un poco más oscuro, pero ambos tienen los mismos ojos verdes y la estructura facial, afilada y angular.

―Vamos a pasar por la casa de Paula y recoger algo para dejárselo a su ex ―le dice Pedro a Luciano como si no fuera gran cosa.

―¿Vamos? ¿Estás seguro que esa es una buena idea?

―No ―declaro firmemente.

―Sí ―contesta Pedro sobre mí―. Creo que es una muy buena idea. Su ex es un cretino.

Luciano se inclina hacia atrás en el asiento y su obvia desaprobación pende de un hilo, haciéndome sentir incómoda.  

―Mayor razón para no ir ―contesta.

―Eres más que bienvenido a caminar a casa ―dice Pedro, saliendo a la carretera.

Pedro

―No ―interviene Luciano―. Te acompaño, solamente no hagas nada estúpido

miércoles, 30 de abril de 2014

CAPITULO 92


Conducir de regreso a Portland me deprime. Tuve un tiempo muy bueno en Concord con Pedro y su equipo.  

No fue mucho. La mayor parte del tiempo Pedro y todos los demás estaban en el gimnasio entrenando por ridículas cantidades de tiempo, dejándonos a Vanesa y a mí para pasear. Aunque la pasamos bien, fue definitivamente un muy necesitado descanso, pero ahora que estamos en casa, tengo que lidiar con todo lo demás, como Ramiro y Carlos.

La pequeña caja roja aterciopelada que Ramiro me dio todavía está situada sobre mi mesita de noche. No la he abierto, pero lo haré hoy cuando esté sola y se la devolveré esta tarde. Quiero a Pedro, no a Ramiro. No puedo tener a Ramiro interfiriendo y jugando con mi cabeza. Él me dio un anillo sin explicación. Esto apenas es romántico. Pedro no me ha dado nada y sin embargo ha logrado hacerme sentir que soy especial para él.

―¿Vas a devolverle el anillo a Ramiro hoy? ―pregunta Vanesa,sacándome de mis pensamientos. La mano de Pedro aprieta el volante brevemente y él mantiene sus ojos color chocolate sobre la carretera, pero sé que está escuchando. Le dije a Vanesa esta mañana que le devolvería el anillo a Ramiro. ¿Si tenía preguntas, por qué no me las hizo entonces? Odio conversar acerca de Ramiro delante de Pedro. Es incómodo. Echo un vistazo sobre mi hombro, Vanesa está masticando sus uñas de color rosa brillante y Luciano duerme profundamente con su cabeza en su regazo vestido de mezclilla. Devuelvo mi mirada a la carretera delante de mí, no prestando atención a ninguno de los edificios moviéndose rápidamente por delante.

― Sí, iré a verlo hoy.


―Iría contigo, pero papá llamó y me quiere en la oficina hoy.
Agito la mano prontamente.  

―Está bien. Probablemente debería hacerlo sola de todos modos.

Pedro apoya su codo en el descanso entre nuestros asientos y pregunta:

―¿Él es una persona violenta?

―No ―contestamos al unísono Vanesa y yo.

―Él no es violento ―Vanesa siente la necesidad de decirlo―, pero es persistente y despreciable. Siempre tiene mierda en su manga. He perdido la cuenta de cuántas veces estos dos han roto y milagrosamente terminaron de nuevo juntos.

Estoy frunciendo el ceño hacia ella por el espejo en mi visera de sol,pero ella no me mira. Su atención está sobre sus uñas rosadas de mierda.   
―Debe tener un pene mágico porque no hay manera de que siga saliendo con alguien que me engañaba cada semana.

―Está bien, Vanesa ―espeto, cruzando mis brazos sobre mi pecho―Lo entendimos.

―Mierda, lo siento. 
―Puedo llevarte ―ofrece Pedro, pasando un pulgar a lo largo de mi muslo, consoladoramente.  
Niego.   
―No, solamente empeorará las cosas. Él no coopera bien bajo presión.  
―Te llevaré ―dice y me doy cuenta que su oferta no era en realidad una oferta, sino una demanda. Abro mi boca para protestar, pero sus palabras me cortan―. Me quedaré en el auto con Luciano. Por lo menos tendrás a alguien ahí si se decide a hacer algo.

Sus ojos autoritarios bloquean los míos brevemente antes de que vuelvan a la carretera. No voy a pelear. Si quiere llevarme a la casa de Ramiro,entonces está bien.

CAPITULO 91



Mi labio inferior cae un poco ante sus palabras, dejando mi boca ligeramente abierta. Si tenía alguna reserva sobre entrar en una relación con Pedro antes, esta se ha ido completamente ahora. Lo quiero, no, lo necesito en mi vida. 

En el poco tiempo de conocerlo, él le ha dado vuelta a mi mundo,más de una vez. Puede hacerme enojar, entristecer y confundir todo en el mismo minuto, pero puede también hacerme más feliz de lo que alguna vez he sido. Estar alrededor de Pedro es apasionante y peligroso y me gusta esto… me gusta él. Nuestro reflejo se vuelve poco claro cuando el cristal se empaña otra vez y él cierra la ducha. Piel de gallina estalla sobre mi piel cuando empujo la puerta abriéndola y me paro sobre el suave felpudo, marrón.  

Vapor flota de nuestra piel caliente mientras Pedro agarra dos toallas y me da una para mí. Nos secamos en silencio, pero de tanto en tanto él me sonríe con una perezosa, adorable sonrisa, haciéndome reír. Cuando regresamos al dormitorio, encontramos nuestra ropa y nos la ponemos. 

Ahora, la cama doble extra grande me atrae. Mis párpados están pesados y todo lo que quiero es dormir.

―Déjame arroparte antes de que me vaya.  

―¿Quieres arroparme? ―pregunto con incredulidad.

―Desde luego. Cuido de lo que es mío. 

―Y yo soy tuya ―murmuro, retirando las sábanas y subiéndome. 

Pedro se acerca a mi lado de la cama, sonriendo con una sonrisa orgullosa.  

―Tú eres mía.


Él tira las pesadas mantas sobre mí y se inclina hacia abajo para besarme suavemente en los labios.  

―Te veré mañana. 
Asiento y sofoco un bostezo.  
―Nos vemos.

Antes de que él incluso haya dejado la habitación, mis ojos se cierran.

Intentar abrirlos otra vez causa dolores innecesarios entonces no me molesto. Mi corazón se hincha. Esta noche no era sobre sexo. Él estaba tan tierno y atento… quería que viera cuánto se preocupaba por mí. No estoy segura de cuánto tiempo después de que él se fue me dormí, pero sé que cuando el sueño me llevó, tenía una amplia risa sobre mi rostro.