lunes, 7 de abril de 2014

CAPITULO 13



continuo caminando con papá al coche y lo saludo antes de volver a entrar en el gimnasio. Mi teléfono vibra y lo saco de mi bolsillo trasero.
 
DE: Ramiro 08:59 A.M.
Esta es la última vez que te advierto Deja de ver a ese tipo.
 
Vaya. No hay nada como un texto de un ex que te diga cómo vivir tu vida para ponerte de mal humor. Siento mi cara con el ceño fruncido y me duele. Odio el ceño fruncido. 


PARA: Ramiro 9:00 A.M.
Déjame tranquila.
 
Siento que mi teléfono vibra una y otra vez en el bolsillo, pero no contesto. Tengo mierda que hacer. Son sólo las nueve de la mañana y ya hay unas toallas cubriendo los equipos. Hago una ronda rápida por el piso,recogiendo las toallas y limpiando el equipo húmedo. Pronto, voy a tener que rociarlos para que estén limpios y estériles para la siguiente persona.

Alegría.

A propósito dejo las salas de entrenamiento y boxeo para el final. En secreto, espero que Pedro haya terminado para cuando tenga que ir a esa sección. 

No quiero sentir… lo que sea que siento cuando estoy cerca de él.

No soy esa clase de chica, pero me hace desear que lo fuera… y odio eso. Me hace sentir barata y… sucia.
De mala gana, entro en su área. Hago un rápido escaneo y por suerte no hay toallas. Me vuelvo sobre mis talones, sonriendo. Creo que es hora de un merecido descanso en la oficina de papá. 

―Espera ―la profunda voz de Pedro me llama y me congelo mientras el pavor se desliza a través de mi estómago. 

Me vuelvo hacia él y su expresión sería totalmente sexy, si la mirada en sus ojos no fuera tan ilegible. La toalla blanca que sostiene en su mano cae al suelo. 

―Se te olvidó una.

Echo un vistazo a la toalla y luego de vuelta al rostro severo de Pedro. 
No tengo idea de lo que está haciendo o qué juego está jugando.

Lentamente, me dirijo hacia él. Su rostro no tiene remordimientos, como de costumbre. Frunzo el ceño. No hay movimiento de su labio o calor en su mirada. Debe estar realmente enojado. Por desgracia no me siento con ganas de hacer lo que él dice, hoy no. Estoy enojada, también. 

Podría haber recogido la toalla si otro masculino ya no me hubiera demandado que hiciera algo, o dejara de hacer algo en el caso de Ramiro. 

Estoy parada ante el enorme trozo de músculos y de ninguna manera soy repentinamente inmune a la autoridad que emana de él, pero no me gusta la forma en que me habló. Presiono mi dedo índice contra su pecho duro y húmedo,haciendo todo lo posible por ignorar la corriente eléctrica disparándose a través de la punta de mi dedo y produzco mi mejor sonrisa de “vete a la mierda”.
―Recoge tu maldita toalla. 
No me alejo, a pesar de que lo planeaba en mi cabeza. No puedo y no tengo ni puta idea de por qué. Él está en mi espacio personal de nuevo y no creo que vaya a ser capaz de escapar esta vez. Nuestros ojos permanecen fijos, manteniendo al otro en su lugar. 

Su mano encuentra mi cadera y mi respiración queda atrapada en mi garganta cuando la agarra, tirando de mí hacia él. Estoy sin aliento por su contacto y él no parece en lo más mínimo afectado por mí. Se siente como si mi pecho estuviera a punto de explotar mientras mi corazón tartamudea, se detiene, y luego se acelera de nuevo en un ritmo errático. 

Me quedo mirando sus labios, sabiendo exactamente cómo se sienten contra mi propia piel. Su cara todavía está enojada, pero un toque de placer destella en sus ojos oscuros mientras sigo a su mano y doy un paso más cerca de su cuerpo. 

El dedo que tenía en su pecho se aplana por lo que toda mi palma presiona firmemente contra su carne y puedo sentir el latido de su corazón, golpeando tan rápido como el mío. 

El silencio entre nosotros se carga de electricidad y una sensación de hormigueo comienza en el centro de mi estómago, irradiando hacia el sur. 
A nuestro lado, una mujer se aclara la garganta y yo salto, sin saber que he perdido completamente la noción de dónde estoy. 

Pedro tensa la mandíbula perceptiblemente cuando desplaza su mirada hacia ella. La chica es rubia y hermosa, definitivamente material de supermodelo. 

Su vestido azul ajustado se aferra perfectamente a su construcción y acentúa sus tetas falsas de tamaño medio. Síp. Definitivamente está aquí por él. Mueve sus largas pestañas negras hacia él, pero incluso puedo ver los ojos azules que brillan fijamente desde debajo de ellas. 

Miro a Pedro, pero él no quita su mano de mi cadera y ahora que ella está aquí decido que me siento incómoda.

Hago palanca en sus dedos apartándolos de mi cadera y él deja caer su mano de nuevo a su costado. Me aparto de ellos y hago mi mejor esfuerzo por parecer casual, mientras camino fuera de esa sección. 

Él habla en voz baja con la chica y ella responde en una voz que es tan vinosa y azucarada que me da náuseas. 

Mis pasos casuales se vuelven rápidos cuando muevo las piernas tan rápido como puedo, sin llamarlo correr, todo el camino a la oficina de mi padre. Una vez allí, cierro la puerta y me apoyo contra ella. 

Ni en un millón de años hubiera pensado que la espeluznante oficina-santuario MMA de papá me traería comodidad. Siento presión en mi cadera, como si su mano todavía estuviera allí y estuviera irradiando placer a través de todo mi ser. 

Cierro los ojos y tomo unas cuantas respiraciones profundas. Cuando recupero la compostura, me dirijo a la ventana. Pedro se dirige a las duchas con sus ropas en la mano y la chica está abandonando el gimnasio con líneas de rímel corriendo por su rostro. 
Pobre chica.

Realmente siento pena por ella y la que vino por él ayer. Nunca quiero ser una de esas chicas. ¿Él siquiera les deja claro de antemano que no quiere tener nada que ver con ellas después de tener sexo… suponiendo que siquiera han tenido sexo? Niego. Por supuesto que ha tenido sexo con todas las chicas que han venido por él hasta ahora. 

Pedro parece una persona muy sexual y probablemente tiene un apetito sexual que yo nunca sería capaz de saciar. 

Caigo en la silla de mi padre y pongo mis pies sobre su gran escritorio de roble. Reflexiono sobre lo que voy a hacer esta noche cuando salga de aquí. Vanesa no va a querer sentarse a ver películas de nuevo.

Incluso ayer por la noche estaba teniendo dificultades para sentarse en un solo lugar. 

Normalmente me paso las noches esperando por Ramiro o con Ramiro. Generalmente, vemos películas y cocinamos juntos. A veces, jugamos a las cartas o un juego de mesa… 

Me doy cuenta de que estoy atascada en una zona de confort, una rutina. La idea de ir a casa para hacer nada me aterra. Me pone ansiosa y por eso decido hacer algo completamente impropio de mí. No puedo romper mi “rutina Ramiro” en casa sola. Tengo que salir. 

Saco el teléfono de mi bolsillo y borro todas las llamadas perdidas de Ramiro de mi barra de notificaciones. Luego, le envío un mensaje de texto a Vanesa.
 
PARA: Vanesa HORA: 9:40 A.M.
En mi casa a las 10 esta noche.
¡¡Vamos a salir!!

domingo, 6 de abril de 2014

CAPITULO 12




Pasar la noche comiendo bocadillos y viendo Chicas pesadas fue exactamente lo que me recetó el doctor.

Después de dejar a Vanesa en la firma de abogados de su padre, me fui al gimnasio. Voy a tener que pasar más tiempo en la cinta de correr hoy si quiero quemar todos esos azúcares y grasas trans que me comí anoche. Sin embargo, valió la pena.

Me acerco al edificio y mientras mis dedos se enrollan en la manija de la puerta, me doy cuenta de que estoy sosteniendo la respiración. La dejo salir lentamente y abro la puerta. No lo mires. No lo mires. Fallo miserablemente y mis ojos me traicionan, lanzándose directamente a donde se encontraba ayer. Hago una mueca cuando mi mirada cae sobre el espacio vacío.

Pedro no está aquí.

De repente, mi motivación para estar en el gimnasio disminuye.

―¡Paula! ―Mi papá me llama desde la ventana en el centro de la pared, al menos dos pisos más arriba. Hace señas con su mano, haciendo un gesto para que suba las escaleras.
Voy a la oficina de mi padre, deseando estar de vuelta en la cama para dormir. Entro y cierro la puerta detrás de mí. La oficina de papá es su lugar  sagrado y me siento incómoda estando aquí rodeada de recuerdos de sus artistas marciales y boxeadores preferidos, en cajas de cristal en la pared. 

Mamá no le permitiría tener una “cueva de hombres” en casa, por lo que comenzó una en el trabajo. A veces me preocupa que lleve las cosas demasiado lejos. 

―Hola, papá ―digo, dejándome caer en una silla cómoda frente a su escritorio.


Se levanta de su silla y se coloca una chaqueta. 

―Paupy, necesito un favor.

Sus palabras dejan una sensación inquietante en mi estómago, o tal vez es el uso de mi apodo. Agh. 
―… Está bien. 
―Necesito que atiendas el gimnasio por mí hoy. Esteban está de vacaciones y no tengo a nadie que ordene este lugar. Tengo unas cuantas citas médicas para pruebas al azar. ―Revisa su muñeca como si no fuera gran cosa y de repente me pongo preocupada―. Pero debería estar de vuelta en un par de horas.
―¿Está todo bien?

―Sí, todo está bien. Tu madre está preocupada por mi salud. ―Saca sus enormes ojos de cachorro y sonrío.
―Claro, puedo hacer eso por ti.

―Eres una buena chica. ―Extiende sus brazos hacia mí para que le dé un abrazo y yo salto en ellos. Sus brazos se envuelven a mi alrededor y soy atrapada por ese típico olor a padre. Ni siquiera sé cómo describirlo. En cualquier caso, es reconfortante―. Nunca pondría este estrés en ti si tu hermano estuviera aquí.  
―No es estrés, papá. Es sólo por un día. Creo que puedo manejarlo.

Me entrega una larga lista de todas las cosas que tengo que hacer, cosas por las que se niega a contratar a alguien para que las haga cuando abrió este tugurio cuando yo era pequeña. Cosas como, limpiar los equipos, recoger las toallas, vaciar los cubos donde escupen, evaluar las máquinas y un montón de otros trabajos de mierda que mi padre no debería tener que hacer. 

Ajusta una foto de mi hermano y yo de niños antes de colocar un suave beso en mi mejilla. 
―Gracias. 
Lo sigo desde la oficina y mientras cruzamos el piso del gimnasio hacia la puerta principal, veo a Pedro.

Él está aquí.

Se abre la cremallera de la sudadera con capucha negra y la tira sobre una silla vacía. Sus dedos se curvan alrededor del borde de su camiseta blanca lisa y se la saca por la cabeza, dejando al descubierto una deliciosa e  interminable cantidad de músculos. Sus labios están apretados en una delgada línea cuando toma la bolsa con las manos sin guantes. La forma en que sus puños se conectan con fuerza bruta e ira me hacen pensar que algo está mal con él. Muestra sus dientes ligeramente cada vez que los puños golpean la bolsa y sus cejas están fruncidas, envejeciéndolo.

CAPITULO 11



Alejarme de él es difícil, pero me las arreglo muy bien. Me aseguro de mantener mi mirada baja mientras me subo al auto y tiro la bolsa de Vanesa en su regazo. Ella me mira cuando salgo en reversa del estacionamiento hacia la carretera. Pretendo no notar su mirada fija en mí, pero lo hago y me está volviendo loca. 

―¿Hola? La miro brevemente.

―¿Qué? 
―Um, un bombón te persigue desde el restaurante y no me dices nada. 
Me encojo de hombros. 
―No hay nada que decir. Él tenía tu bolso y yo lo recuperé. Él me siguió hasta el estacionamiento para disculparse por la actitud de su amigo.
Ella aprieta su mano sobre su pecho. 
―Qué amor. ¿Te estás viendo con él?

Me burlo y tal vez empujo un poco demasiado fuerte el acelerador. 
―¿Qué? No, nos conocimos brevemente en el gimnasio esta mañana y…
―¡Cállate! ―chilla―. ¿Él es lo que te hizo olvidar responderme el mensaje de texto? ¿Lo hicieron, tú sabes? 

―¿Tú sabes? ¿Qué edad tenemos, doce? Ella estalla en un ataque de risa y siento mis mejillas ardiendo. 
―No, no lo hice. No soy tú.

Vanesa no tiene el libro de registro de relaciones sexuales más corto o más limpio y ella lo sabe. Vanesa levanta las manos, en señal de derrota.

―Está bien, está bien, pero si lo haces, será mejor que me lo cuentes.Pongo los ojos en blanco.
 
―Lo que sea.

Después del restaurante Vanesa y yo nos quedamos en mi casa por el resto del día. No hicimos mucho. Me ayudó a limpiar y preparar la cena y luego nos fuimos a la tienda a comprar bocadillos para nuestra noche de películas. 

Cuando regresamos a casa, extrañamente no podía dejar de pensar en Ramiro. Desplazo su nombre en mi lista de contactos y lo miro fijamente.

―Tal vez debería llamarlo… ―le digo a Vanesa mientras pone el pollo en la parrilla portátil.

―¿Llamar a quién?

―A Ramiro.

Deja de hacer lo que está haciendo y me enfrenta. Sin previo aviso, su mano golpea firmemente mi mejilla, lanzando mi cabeza hacia un lado. Mi piel quema y la ira hormiguea a través de mi carne.
―¿Qué demonios, Vanesa?

Saca el teléfono de mis manos y lo arroja al salón. Rebota en un mullido almohadón azul y luego cae en mi alfombra peluda color turquesa. 
―No puedes llamarlo. Usará cualquier mierda astuta que pueda para hacer su camino de regreso a tu vida. Te engañó, un millón de veces. Te mereces a alguien mejor que él. 
―Lo sé, pero debería llamarlo y ver si está bien.
Negaba mientras se ataba los rizos en un moño en la parte superior de su cabeza. 
―Él está bien. No te convenzas de que está sentado en casa mirando el teléfono esperando a que llames, porque no lo está. Va a estar fuera en algún lugar ligando chicas y bebiendo hasta desmayarse. Al diablo con ese ruido.
Me aparto de ella para verter la salsa César a la mezcla de ensalada. Sé que no soy la que hizo algo malo, pero, ¿se supone que deje que seis años se vayan por el desagüe como si no significaran nada? ¿Es así como funciona?
Seis años de tu vida es mucho tiempo para darle a alguien. Al menos debería aclarar las cosas entre nosotros, así me sentiré mucho mejor sobre perder tanto tiempo. 
Vanesa termina de mezclar el pollo con la ensalada y deja que se enfríe.
―Tengo que hacer pis ―anuncia, dejando la cocina en busca del baño.
Tan pronto como escucho cerrarse la puerta del baño corro hacia mi teléfono y salgo. Llamo al número de Ramiro y por primera vez en la historia,responde inmediatamente.
―¿Estás follando con un tipo llamado Pedro Alfonso? ―No hay calidez en su voz y eso me sobresalta. 
―Hola a ti también… 
―Respóndeme.

―¿Quién te dijo eso? ¿Y cómo es que sabes quién es? Es nuevo en la ciudad.

―Un amigo te vio con él en el restaurante de carnes y todos los que siguen la MMA de aficionados saben quién es. No quiero que lo veas.

La demanda en su voz me molesta al instante. ¿Cómo se atreve a decirme qué hacer?

―Puedo ver a quien quiera. No estamos más juntos, ¿recuerdas? Rompí contigo.

No niego si estoy o no estoy viendo a Pedro. Ramiro piensa que soy aburrida y sencilla, así que quiero que vea que otros hombres, hombres sexy,me desean. Quiero que vea que lo arruinó.

―Paupy ―Ramiro respira en el teléfono―. Este tipo golpea personas para ganarse la vida. No quiero que estés cerca de él. ―Su tono tiene un borde más suave y casi me llega hasta que oigo una chica en el fondo diciéndole que vuelva a la ducha. No voy a mentir, eso dolió. ¿Por qué siquiera lo llamé en primer lugar? Me gusta el aire entre nosotros así como está, sucio, como él .  
―Voy a continuar viendo a Pedro si quiero. ―Estoy segura de que puede oír el temblor en mi voz, pero estoy agradecida de que no pueda ver mis manos temblorosas―. ¡No te pertenezco, a nadie! ―Cuelgo cuando la puerta del cuarto de baño se abre. 
Vanesa entrecierra sus ojos verdes hacia mí, cruzando los brazos sobre su pecho. 
―Por favor, dime que no acabas de llamar a Ramiro.
Empujo más allá de ella.

―Sí, y te alegrarás de saber que todavía está todo terminado entre nosotros. 
Lanzo mi teléfono en el sofá y me dejo caer en una silla en la mesa de la cocina. El aspecto del pollo grillado en la ensalada me hace la boca agua. A pesar de lo cabreada que estoy, una chica tiene que comer. 

Mi estómago gruñe y estoy más allá del punto de tener hambre. Me siento un poco mareada, pero todo huele tan bien. Ataco mi ensalada comiendo grandes bocados de pollo y lechuga, tragando con gratitud. 
―Entonces ―comienza Vanesa, recogiendo en su ensalada―. ¿Vas a decirme lo que pasó con Ramiro?
―Como que le dije que tenía un nuevo novio ―digo con la boca llena de comida. 
Sus ojos se abren.


―¿Qué dijo?

―Que no quiere que lo vea.

―¿Qué lo veas?

―Le dije que estoy saliendo con Pedro.

―¿Quién es Pedro? 
¿Qué? Estoy a punto de tirarle mi tenedor. 
―El tipo del restaurante de carnes.

Coloca una cuidada mano sobre su boca y se ríe a través de sus delgados dedos. 
―Jesús, Pau. ¿Por qué hiciste eso? 
Casi me hizo gracia.

―Porque Ramiro parece pensar que soy simple y nadie más me querría.Quiero que vea que soy deseable para los hombres, sobre todo para alguien como Pedro que, seamos sinceras, tiene una cara y un cuerpo esculpidos por
Dios mismo. Él puede tener cualquier chica que quiera. 
―No todas las chicas ―dice Vanesa, tratando de hacer una declaración.

Inclino mi cabeza y estrecho mis ojos hacia ella, desafiándola. Incluso Vanesa sabe que cualquier chico guapo que hace batir una pestaña hacia ella y ella irá con él, ni siquiera tiene que ser guapo la mitad del tiempo.
Mastica un pedazo de lechuga, riendo.

―Mentí totalmente. Le dejaría tomarme. Maldición, si hubiera sido él el que pedía una mamada en el baño, lo hubiera hecho y le hubiera pagado.

Escupo ensalada por toda la mesa, sin poder contener la risa. Vanesa se ríe también y pronto, la conversación entre Ramiro y yo sale de mi mente.

Todo lo que quiero hacer es pasar el rato con mi mejor amiga.

CAPITULO 10



Echo un vistazo por encima de mi hombro y le doy una ligera sonrisa.
Sus palabras me emocionan porque suenan casi como una garantía. Vanesa tiene un firme agarre sobre mi antebrazo mientras me arrastra fuera del restaurante. Antes de que saliéramos se voltea hacia el grupo de los chicos y ellos se ríen ruidosamente. Cuando estamos afuera y fuera del alcance del oído le pregunto qué pasó.
―Son groseros ―dice con sencillez.
No presiono el botón de desbloqueo en mis llaves y ella se pone de pie en la puerta del pasajero esperando impacientemente para que la desbloquee.
―¿Por qué son groseros?
―Pensaron que era una prostituta y querían pagar por mamadas en el baño.
La forma en que sus cejas se juntan, formando una pequeña arruga en el puente de la nariz me hace estallar en carcajadas. Apoyo mi espalda contra el auto, apuntalando todo mi peso sobre ella mientras mi estómago comienza a arder. 

―No es gracioso ―gime Vanesa. 

Lágrimas exprimen su camino por el rabillo de mis ojos.
―No me estoy riendo por lo que dijeron. ―Me las arreglo para decir entre respiraciones profundas de aire―.¡Me río porque te ves tan disgustada!


―Estoy disgustada. ―El viento sopla un rizo suave y rubio en su rostro y lo aparta de un golpe―. ¿Puedes desbloquear el maldito auto de Dios para que podamos salir de aquí?
Al pulsar el botón, ella no pierde tiempo en saltar dentro del auto.
Aspiro un par de veces antes de abrir mi puerta y deslizarme detrás del volante.


―Oh, mierda ―maldice Vanesa, dejando caer su rostro entre sus manos.

―¿Qué? ―pregunto mientras mi pecho hipa con una risita restante. ―Dejé mi bolso adentro. ―Bueno, no voy a volver a buscarlo. ―De ninguna manera. 

 Vanesa se vuelve en su asiento por lo que la mayor parte de su cuerpo está frente a mí. Sus grandes ojos verdes tienen un brillo suplicante mientras presiona sus palmas juntas. 

 ―¡Por favor, Pau! Por favor, no me hagas volver allí. Ya estoy lo suficientemente avergonzada así como está. 
 ―¿Te parece que estoy ansiosa por volver ahí? ―Deberías. Tu chico era una total ricura y le gustabas mucho. No, a él le gustaba el hecho de que tengo una vagina, no yo como persona. Aprieto el volante. 
 ―Él no es mi chico. ―Es lo único que logro decir. 

 ―Sólo hazlo por mí y no tendremos que ir al club esta noche. Nosotras… Antes de que termine su oración estoy fuera del auto y marchando de nuevo hacia el restaurante. 

Haría cualquier cosa por evitar ir de clubes. Abro la puerta y suena la campana. Me permito una profunda e irregular respiración antes de levantar la mirada del suelo. 
Varios pares de ojos parpadean hacia mí, pero el único par que veo son los marrones conectados a un rostro muy hermoso. Mi boca se seca al instante y me odio por ello. Él está apoyado en la parte posterior de la cabina de sus amigos con el bolso de Vanesa escondido muy bien bajo su brazo. Tiene las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros y por dentro, me sacudo la cabeza a mí misma. Realmente necesito comportarme como hombre. Odio sentirme tan pequeña y vulnerable frente a él, frente a un extraño. Me obligo a caminar hacia él, sosteniendo mi mano hacia la bolsa de Vanesa. Mira mi palma con una sonrisa, que es más como la contracción de la esquina del labio, pero aun así quiero chupárselo de la cara. Me aclaro la garganta. 

 ―¿Puedo tener el bolso de mi amiga, por favor? Sorprendentemente, él me lo da sin decir nada y lo tomo. Rápidamente, me vuelvo sobre mis talones y me dirijo hacia la puerta, pero antes de hacer eso, su amigo me llama.

 ―¡Oye, tú!   

Dejo escapar una exhalación lenta y me giro, forzando mi sonrisa más cortés. El tipo con el asqueroso bigote me sonríe, dejando al descubierto sus dientes. 

 ―¿Sí? 

 ―Dile que le vamos a pagar extra si vuelve y le agregaré el doble si esos labios carnosos y rosados tuyos están dispuestos a participar. ―Él me sonríe como sí que yo estuviera en el precio fuera correcto y acabara de recibir un acuerdo impresionante. Parpadeo hacia él, repetidamente. Qué. Cretino. El hombre de la gorra roja mira sobre su hombro y me sacude la cabeza, avergonzado por el comportamiento de su amigo. Miro a Pedro y su expresión divertida se convierte en asesina mientras se vuelve a su amigo. 

 ―Muestra un poco de maldito respeto ―exige con una voz que es baja y agresiva, sorprendiéndome. La cara de bigote se desploma un poco en su asiento y cuando sus ojos color avellana caen de nuevo en mí, vuelvo la atención a Pedro. 

―Gracias, pero puedo defenderme. Salgo como una fiera del restaurante y no escucho que la puerta se cierre detrás de mí cuando bajo por la pequeña escalera de hormigón. El temor se escurre a través de mi estómago porque sé que él está detrás de mí. 

―¡Paula! ―llama Pedro, obligándome a caminar más despacio. 

Me giro para enfrentarlo―. Lo siento por mis amigos. Tienden a ser un poco… estúpidos, en presencia de mujeres hermosas. Mi estómago revolotea y mi vista cae al soso hormigón por una fracción de segundo. Nunca hubiera esperado que me considerara como una “mujer hermosa”.

 ―No es tu culpa. No podemos controlar la estupidez de nuestros amigos, no importa lo mucho que queramos ―digo con una sonrisa―. Nos vemos.   

sábado, 5 de abril de 2014

CAPITULO 9



Abro mi libro y lo levanto para cubrir mi cara ardiente. Mis mejillas son de color rojo brillante, puedo sentirlo. 
Pedro es intimidante con su marco ancho, físico ideal y rostro molestamente hermoso.Por favor, por el amor de Dios, no dejes que me recuerde.
No hubo suerte.
Dos largos dedos callosos se curvan en la parte superior de mi libro y lo sacan de mis manos.
Lo primero que noto es un par de holgados jeans azul marino y una sudadera azul que estaba por encima de su cabello negro. La cremallera está abierta, apoyada en su duro torso y exponiendo una franja de su deliciosa y desnuda sección media. Me aclaro la garganta con nerviosismo mientras mis ojos se encajan en los suyos y me esfuerzo al máximo absoluto por mantener mis ojos en él y no en la increíblemente dura, e increíblemente tentadora franja de carne.

―¿Hay lugar para uno más?

Abro la boca para decirle que está tomado, pero se deja caer en el asiento frente a mí de todos modos, colocando mi libro sobre la mesa. Un palillo de dientes cuelga de su tentadora boca y nunca he querido tanto ser un objeto inanimado en mi vida. Seth empuja las papas fritas de Vanesa fuera del camino y me inclino ligeramente para mirar más allá de él. Me encuentro con los ojos verdes de Vanesa. Ella sonríe, y me da los pulgares para arriba.
Lucho con el impulso de fruncirle el ceño y dirijo mi atención a Pedro que me está mirando, fijamente. Él tiene el mismo brillo en sus ojos que me deshizo en el gimnasio esta mañana. Su dedo índice golpea la mesa y mi centro caliente late cada vez que su dedo golpea contra la madera. Él no dice nada, pero puedo sentir sus ojos penetrando mi ropa y lamiéndome por todos lados. Tomo una inhalación profunda por la nariz en un intento por controlarme. 

―Soy Pedro, por cierto ―dice, sacando el palillo de su boca.

―Sé quién eres. ―Me estremezco interiormente. No quería que mi voz saliera tan groseramente.
Gira su cabeza en ángulo hacia un lado como si estuviera estudiándome detenidamente y la comisura de su boca se convierte en una sonrisa.
―¿Es aquí donde trabajas?
―No, yo, eh, yo trabajo como recepcionista de un psicólogo. ―Bajo la mesa, juego con mis dedos. Estoy muy nerviosa y no tengo ni idea de cómo manejar esta situación―. Estoy aquí para almorzar con mi amiga. ―Asiento hacia Vanesa con sus amigos en la cabina, pero no gira para mirar.
Sus piernas rozan contra la mía, enviando una ola de electricidad a través de mi cuerpo y me aparto. Si se tratara de cualquier otra persona, me hubiera ido ya, pero con Pedro… Parece que no puedo reunir el valor para alejarme. 

El placer llamea en las oscuras profundidades de sus ojos y me pregunto si voy por el mal camino. Él parece estar atraído por la manera en que yo lo considero. El problema es, que no sé de qué otra manera tratarlo.
Es sexy como el infierno y por un lado no quiero nada más que él rasgue mis ropas, pero por otro, me niego a ser esa clase de chica por no mencionar el hecho de que tiene novia. 
―Si no te conociera mejor,Paula, diría que te repugno.
Siento que mis labios forman una fina línea y pienso con cuidado acerca de mi respuesta.
―No me repugnas. Simplemente no soy esa clase de chica. 
Pedro empuja la capucha fuera de su cabeza, dejando al descubierto su sexy cabello oscuro y se inclina hacia adelante sobre la mesa con los codos.
Su cabello es corto, pero desordenado y mi dedos se contraen con el impulso de correr mis manos a través de él.
―¿Y qué clase de chica es esa? ―pregunta con una voz que es tan dura que hace vibrar todas mis partes sensibles. Me encojo de hombros.
―El tipo que coquetea con un chico que tiene novia…
Sorprendentemente, la sorpresa no se registra en su rostro. En cambio,sonríe una sonrisa completa que expone sus perfectos dientes blancos y puedo sentirme con el ceño fruncido. 
Se recuesta contra la cabina y los brazos de su sudadera se aprietan cuando cruza sus brazos gruesos y fuertes. 
―¿Quién? 
―La guapa morena con las grandes tetas falsas…
Mira mi pecho antes de mirar de nuevo mi cara, sonriendo sin pedir disculpas. Mi ceño fruncido se profundiza porque a él no parece importarle que lo haya visto hacerlo.
―No tengo novias.
Sus palabras desinflan un globo en el pecho que ni siquiera sabía que existía y miro por la ventana hacia el estacionamiento.

―Tengo chicas con las que me acuesto, pero ese es su alcance.
Arrastro mi mirada hacia el rostro de Pedro, mis cejas se juntan.
―Así que, ¿eres soltero?
Se encoge de hombros.
―Prefiero el término libre.
Libre Me gusta eso. Desde anoche, soy libre también y mi Dios es refrescante.
Meto una papa en mi boca y miro torpemente alrededor del restaurante. Me siento tan fuera de lugar teniendo a este gran hombre sexy hablando conmigo.
―Ahora que hemos aclarado la cuestión de la novia. ―Su pierna se inclina contra la mía y mete el palillo de nuevo en su boca. Lo mueve sutilmente por el húmedo labio inferior un par de veces, su lengua apenas se ve detrás de sus flexibles labios―. ¿Qué hacemos ahora?
Su tono implica muchas cosas, pero no tengo ni idea de lo que realmente quiere decir. Lo observo mientras está sentado delante de mí con sus hombros anchos y un fragmento de su tatuaje en el pecho se asoma por debajo de su chaqueta. 
Sus ojos se caen de los míos y se quedan fijamente en mis labios. 
El brillo juguetón que tenían hace unos momentos desapareció, y parecen estar ardiendo, a fuego lento,oscuramente hacia mí desde el otro lado de la mesa. Abro la boca dispuesta a obedecer con lo que sea que él quiera hacer, hasta que Vanesa se aclara la garganta, trayéndome de vuelta a mis sentidos. Incluso si está “libre” no soy el tipo de chica que tiene sexo con alguien a quien apenas conoce… o por lo menos creo que no lo soy. 
Pedro se lame los labios en señal de frustración antes de volver su atención a Vanesa.
Veo el pecho de ella subir y bajar rápidamente bajo su mirada. Por lo menos no soy la única afectada por su presencia.
―Pau ―dice, volviendo sus ojos hacia mí―. Nos tenemos que ir.
Ella está agitada. Puedo decirlo por la forma en que se frota los dedos contra los costados y hace una mueca con sus labios rosados. Me pregunto lo que le dijeron esos chicos.
―Lo siento ―le digo a él por segunda vez en el día―. Me tengo que ir.
Me estiro a través de la mesa y agarro mi libro antes de deslizarlo de nuevo en mi bolso. Miro mi plato. Sólo pude tomar un bocado de mi hamburguesa y todavía tengo hambre. Arrastro los pies para salir de la cabina manteniendo los ojos en la mesa. Cuando me alejo de la cabina todavía siento sus ojos en mí… analizándome.
―Te veré por ahí ―dice.