Estoy levantado muy temprano. Dios sabe por qué, apenas dormí anoche gracias a mi horrible pesadilla. ¿Por qué no puedo soñar con ser apuñalado o disparado? Diablos, incluso prefiero el caer de un edificio de setenta pisos antes que a Paula estando con Dom. Esa mierda está dejando cicatrices mentalmente y me estremezco al recordarlo.
―¿Estás listo, Pedro? ―pregunta Damian sobre su hombro desde el asiento del conductor.
Paula me aprieta la mano y apoya su cabeza en mi hombro. Cada movimiento que hace alivia la ansiedad que constriñe mi pecho. Alivia los efectos de la noche anterior.
―Estoy más que listo ―le contesto, forzando más confianza de la necesaria en mi voz.
―Es una pena que tengamos que ver la cara de Dom tan temprano ―dice Luciano, levantando una pierna sobre el salpicadero y haciendo a Vanesa reír―Hubiera sido un día perfecto, de lo contrario.
Sonrío y Damian da un golpe a la pierna de Luciano hacia abajo.
―¿Qué es lo que te pasa, muchacho? ¿Tus padres no te enseñan modales?
Luciano nos mira, sonriendo. Le encanta meterse con Damian y lo hace cada vez que puede. Como la foto que tomó de Damian desmayado en la cabina después de nuestra, no tan impresionante, visita al Spearmint Rhino hace un tiempo. Él lo envió en un texto a todos los contactos de su teléfono y del teléfono de Damian.
Ahora, Damian vigila cuántas bebidas toma alrededor de Luciano, y no lo culpo.
Una vez en una fiesta en la playa en Newport, me desmayé y Luciano me arrastró hasta el borde del océano. A medida que la marea subía y las olas rodaban, me empapé, perdiendo mi teléfono celular y mi cartera. Jodidamente olvídate de dormir cuando Luciano está alrededor.
Avanzamos lentamente a través del estacionamiento del edificio oficial de la MMAC. Se ve todo gris y frío. En la parte frontal, debajo del enorme logo rojo y negro de la “MMAC” está su lema: “Sé fuerte. Sé inteligente. Sé magnifico.” Me da escalofríos. No me gusta que algo tan significativo esté siendo utilizado por personas que no entienden el significado del mismo, y odio que una empresa que solía tener en tan alta estima, no es la empresa que pensé que era. Ya no importa, supongo. Una vez que haya terminado con Dom, he terminado con la empresa y voy a tomar su pequeña y bonita mentira de lema y utilizarla para mí mismo. “Sé más fuerte. Sé más inteligente. Sé más grande”. Síp. Eso se verá realmente bien en un cartel en la parte superior de mi gimnasio. No voy a tomar el camino fácil,
tampoco. Elijo tomar su lema como recordatorio de que soy más fuerte, más inteligente y más grande que ellos. Soy mejor que ellos, mejor que la totalidad de su empresa, y no puedo creer que di todo lo que tenía para entrenar y aprender a lograrlo en su mundo. Desde que estoy con la MMAC, ni una sola vez he sido feliz. Han aplastados mi alma... me quitaron la pasión para luchar por ellos. No nos damos cuenta que el pensamiento de algo es a menudo mejor que la realidad.
En la televisión y en las entrevistas, Matt Somers parece un buen tipo que deja caer la bomba con “m” con demasiada frecuencia, pero a puerta cerrada, es un maldito tiburón a la cabeza de una franquicia multimillonaria. Nuestra pasión como luchadores alimenta su carrera. Sin nosotros, él no tiene un trabajo, pero sin él, nosotros tampoco. Lo he pensado a conciencia. En lugar de confiar entre nosotros y tratarnos como socios comerciales mutuos, Matt Somers nos trata como malditos putos ponis de exhibición, como jodidos perros. Él amasa el dinero en nuestras caras y suelta nuestra correa para encontrar más y traerlo de vuelta a él, sometiéndonos a sus pies. No importa lo que creo, positiva o negativamente, siempre llego a la misma conclusión.
A la mierda la MMAC.
* * *
La sala está en silencio. Nadie hace ni un sonido. En su lugar, miran el pesaje de Dom en un televisor que está en silencio. No miro. No creo que tenga estómago para ver su rostro tan temprano en la mañana, sobre todo después del sueño que tuve. Por ridículo que parezca, quiero que pague por mi pesadilla. Quiero echarle la culpa a él, golpearlo hasta que se disculpe... ¿Qué diablos está mal conmigo?
Levanto los ojos del suelo y miro alrededor de la sencilla habitación. Está vacío, solo cuenta con un lavabo, un banco, un par de sillas y un pequeño altavoz en la esquina de la habitación. Matt Somers ha puesto un programa completo para todo el mundo el día de hoy. La sala de conferencias en la parte posterior del edificio está llena a rebosar, llena de periodistas y aficionados ansiosos. Uno tras otro quiere que salgamos y quiere que montemos un espectáculo.
―Tiene el peso correcto ―me dice Damian y yo asiento, aun evitando la pantalla―. ¿Sabes cuánto pesas esta mañana?
―Voy a estar bien ―le digo. Damian se preocupa por mis pesajes, siempre lo hace, a pesar de que suelo seguir su régimen como una “T”, con exclusión de su régimen de sexo, obviamente.
―Pedro, arriba. ―Una voz ronca y femenina anuncia a través del altavoz.
Damian salta a sus pies más rápido que cualquiera de nosotros y abre la puerta. Me pongo de pie, enderezando mi camisa, y agarro la mano de Paula cuando trata de apartarse más allá de mí. La aprieto con fuerza, manteniéndola atada a mi lado.
Sus dedos se aprietan alrededor de la mía y descansa la otra mano en mi antebrazo. Cuando me asomo hacia ella y me sonríe, estoy listo para salir de la habitación.
El pasillo es largo y vacío, no hay colores, solo matices, deprimentes tonos apagados sin brillo. Oigo zapatos conectar rápidamente contra el duro hormigón y hacen eco en mi cabeza. A lo lejos, solo puedo distinguir la radiante voz de Matt a través de un micrófono mientras le dice a la multitud sobre la historia detrás de Dom y de mí. Una y otra vez repite cuánto nos odiamos, y casi puedo sentir el
crujido de la emoción penetrar las paredes y desplomarse sobre mí. A medida que me acerco a las puertas, la adrenalina aumenta, haciendo que mis venas se llenen de espesor y mi cabeza dé vueltas. Es una sensación que voy a extrañar una vez que lo deje.
Me detengo mientras Damian y Luciano dan un paso delante y empujan las puertas. El sonido de los grandes aplausos del público causa que se me ponga la piel de gallina en la parte trasera de mi cuello y se extienda por encima de mi cráneo. Mi mirada se asienta sobre el cartel que cuelga detrás del escenario. Es de Dom y yo. Mi foto es antigua, de la primera vez que firmé con la MMAC, y el
recuerdo me hace hacer una mueca. Me muevo con rapidez, haciendo mi camino al escenario delante de mí.
Paula se mantiene conmigo, tomando pasos más largos para que coincida con el mío. A medida que rodeo la parte delantera del escenario, ella me da un último apretón de tranquilidad y suelta mi mano. La dejo deslizar sus dedos de los míos mientras ella se detiene y yo sigo adelante, inclinando mi cabeza hacia abajo para evitar los flashes de las cámaras que se disparan desde todas las direcciones.
Luciano y Damian están cerca detrás de mí, y una vez que estoy por las escaleras y en el escenario, no pierden el tiempo. Saco mi camisa por encima de mi cabeza y la tiro hacia Luciano. Uno por uno me quito los zapatos y tiro de mis calcetines. El aire acondicionado ondulante de la rejilla de ventilación por encima de mí es frío en mi piel y me paso rápidamente por debajo de él con en el pop del botón para bajar mis jeans.
Ignoro los silbidos mientras arrastro mis jeans por mis piernas y les doy unas patadas en un montón en el suelo.
Miro hacia abajo a mis apretados, pantalones cortos azules.
Me hacen sentir más femenino de lo que me gusta, pero es esto o ir desnudo, y hoy, no estoy de humor para mostrar a todo el mundo mi basura.
Me dirijo al escenario hacia Matt y Dom. Miro a Matt en primer lugar, que se encuentra con orgullo en su caro traje negro, sonriéndome como si fuera su persona favorita en el planeta. Le doy un sutil movimiento de cabeza antes de mirar a Dom que, para mi sorpresa, no tiene la arrogancia en su rostro de siempre.
Sus cejas están fruncidas, sus ojos oscuros y castigadores.
¿Él se está tomando esto en serio? ¿Por una vez en su vida va en serio? Le sonrío. Finalmente.
Doy un paso en la báscula y mantengo mis ojos hacia abajo, ya que se balancea entre el peso correcto y el sobrepeso.
Una diferencia de un kilo es todo lo que tengo. Cuando los comisionados detienen el pulsado de la barra, que se
encuentra en el cuadrado sobre los ochenta y siete kilogramos. Ese es un número bueno para un peleador de peso semipesado y ni siquiera tuve que desnudarme.
La multitud estalla de nuevo y más fotos se sobrevienen.
Después, estoy ahí para mis destinados cincuenta segundos de más, doy un paso fuera y camino hacia Damian y Luciano, para que me entreguen mi ropa. Me las arreglo para deslizarme solo en mis pantalones vaqueros antes de que Matt me agarre del brazo, haciendo caer mi camisa al suelo.
Él me lleva de nuevo hacia el lado del Dom.
―¿Fotos, en serio? ―me quejo en voz baja, pero Matt me ignora.
La sesión de fotos... la única cosa que quería evitar más que al mismo Dom.
Me detengo justo en frente de Dom y elevo mis puños. Él sigue mi ejemplo, elevando sus propias manos gigantescas.
Nuestras caras están a solo seis pulgadas de distancia y sonrío hacia su cara grande y brutal que se contorsiona
en una mueca de desprecio.
―Ella no lo sabe, ¿verdad? ―murmura y el tiempo abandona mi cuerpo, mi sonrisa cayendo de mi cara.
―¿Quién no sabe? ―interviene Matt.
Muevo mi mirada hacia él, sonriendo cortésmente ante las cámaras. La comprensión ilumina su cara y él me sonríe.
―¿Paula no sabe lo que hiciste? Joder, es mejor rezar para que no se entere.
―Si ella lo sabe o no, no es tu puto asunto ―gruño, cada vez más cerca de él. Mis dedos se crispan con las ganas de conducir mis puños al estómago de los dos. Pero no lo hago. Si actúo, solo va a atraer más atención y más preguntas. No puedo arriesgarme a que Paula lo averigüe antes de que se lo diga. Tengo que ser yo el que se lo diga.
Tengo una mejor oportunidad de redención de esa manera.
―Sería una pena si alguien fuera a decirle ―dice Dom, y sin pensar... yo reacciono.
Lo golpeo en el pecho con tanta fuerza que escucho el aire forzado salir de sus pulmones. Se tambalea hacia atrás dos pasos gruñendo y lanzando hacia delante. Planto mis pies y me preparo para el impacto, pero Matt Somers se planta de inmediato en el camino de Dom, presionando sus manos planas contra el estómago de Dom. Dom se detiene inmediatamente, al no tener las bolas para empujar a través de su jefe. Si fuera yo, habría aplastado a Matt Somers donde él se encontraba. Esa es la diferencia entre el Dom y yo. Hago lo que quiero y él hace lo que se le dice. Un golpe firme en mi espalda me dice que Luciano está cerca en caso de que algo se vaya abajo. No es que necesite de su ayuda para destruir a cualquiera de los hombres que están ante mí.
―La tensión es buena, la pelea es mala ―me ladra Matt. Él mira a Dom―. Agarra el resto de tu ropa y lárgate.
Observo mientras el entrenador de Dom le entrega su camisa y él la desliza por su cabeza. Saluda a la multitud que lo vitoreaba antes de bajar del escenario.
Mantengo mis ojos en él mientras da un paseo a lo largo de la parte delantera, charlando con la gente a su paso. Matt está en mi oído, castigándome por algo, pero opto por no oírle. Toda mi atención está en Dom, que camina más y más hacia Paula. Me relajo un poco mientras él pasa por delante de ella sin mirar en su dirección hasta que un reportero lo llama en voz alta y lo tira hacia atrás por lo que está de pie junto a ella. Ella se cruza de brazos y a centímetros de él, también lo hace Vanesa. Él no se da cuenta de Vanesa en un principio, hasta que Vanesa lleva Paula por el brazo y trata de hacer que se mueva. Es entonces que veo la enorme sonrisa dibujarse en los labios de Dom. Me doy la vuelta y empujo a través de Luciano y Damian haciendo mi camino hacia ellos.
―¿Pedro? ―Oigo la llamada Damian, pero sigo en movimiento.
Observo y camino mientras Dom saca casualmente su teléfono del bolsillo mientras él habla con el reportero. La reportera con el cabello negro largo y ojos grandes saca de un bolso de documentos un periódico para Dom.
―¡Dom! ―grito, tronando por las escaleras. Sus labios se contraen, pero él no me mira. Le entrega el periódico a Paula y yo ya sé lo que está en la primera página. Ella lo alcanza, pero Vanesa lo arrebata fuera del camino, apretándolo contra su pecho. Paula le frunce el ceño a ella y luego a mí antes de poner los ojos en Dom. A medida que se aleja, Dom la agarra del brazo y la jala de nuevo, empujando su teléfono en su rostro. Al ver su cuerpo sobre el de ella me siento mal del estómago. Ella observa lo que está en la pantalla y todos sus rasgos se contorsionan juntos. Me detengo a unos pocos metros de ellos y Vanesa lentamente se aleja, nerviosamente torciendo el periódico en sus manos.
Todo el minuto que ella mira el vídeo en la pantalla se siente como una eternidad. Cada vez que ella se estremece o se encoge, mi corazón se contrae en mi pecho... y finalmente, sus ojos verdes se mueven hacia mí y veo su corazón roto.
PEDRO
Mis rodillas están debilitadas. Mis brazos... demasiado pesados para que mi cuerpo los cargue, y hay un vacío en mi estómago que no puedo especificar. No puedo hacer esto.
Tengo que parar, pero no puedo. No puedo dejar que Dom gane. No esta vez.
Paula, Damian, y Luciano me miran desde su esquina... burlándose de mí como si no fuera bueno. La mayoría de ellos está usando sus camisetas de “DOM”, burlándose de mí como si nunca hubiéramos sido un equipo. Miro por encima de mi hombro, a mi esquina.
La única persona en ella es Vanesa, que llevaba una playera apretadísima de “PEDRO”. A parte de la gente que quiero,
¿la única persona que me queda es la jodida Vanesa? Genial.
Simplemente genial.
Ella frunce sus labios color rojo cereza y sopla un beso hacia mí, pero no le correspondo. ¿Por qué demonios iba a hacerlo? Niego hacia ella, preguntándome por qué ella está mandándome besos. Volviendo mi atención de nuevo a la jaula, veo a Dom que está bailando alrededor del ring, burlándose de mí. Él tiene a la multitud coreando “Dom” y el sonido me revuelve el estómago. Dom no se merece su devoción. Él no es un modelo a seguir o alguien a quien puedes admirar. Por supuesto yo tampoco, pero soy mejor opción, eso es seguro.
Todo mi cuerpo vibra con motivación y odio renovado. Los siento consumir mi cuerpo hasta que supura de mis poros.
Observo, construyendo mi ira mientras él hace alarde de lo feliz que es. Robó la felicidad de mí, igual que su lugar en la MMAC. Nada de lo que ha ganado ha venido del trabajo duro. Todo ha sido robado.
Dándome la espalda, Don hace señas para que Paula se acerque a él. Con una linda sonrisa, ella deja su asiento y alisa su sexy vestido rojo con las palmas de sus manos. Se
ve bien, como de costumbre, pero esta vez no es para mí. Es una mujer magnífica prácticamente envuelta en un gran lazo rojo y no soy el que va a conseguir desenvolverla.
Ella agarra la jaula y se impulsa hacia arriba, apoyando su figura contra el alambre. Dom se inclina, murmurando algo que no puedo oír. Lo que sea que dice hace que Paula suelte
una risita y sus brillantes ojos verdes parpadean hacia mí.
Sus ojos permanecen anclados en mí mientras Dom se inclina. Cada vez más cerca hasta que llega a su perfecta boca, y me quedo inmóvil, esperando a ver si deja que la bese.
Lo hace.
Sus malditos labios tocan los de ella y cierra los ojos, abre su boca contra la de él. A partir de ahí, todo lo que veo es rojo, un rojo más oscuro que el vestido que cubre el cuerpo
de Paula. Me lanzo hacia delante, moviéndome más rápido y más duro que un tren de carga. Gruño mientras lo agarro del cuello, lo tiro hacia atrás y le doy un puñetazo en plena cara.
Él cae al suelo con un ruido sordo, sacudiendo toda la jaula.
Mientras se encuentra en el suelo, agarrándose el rostro y gimiendo, miro a Paula, que me mira a través de ranuras delgadas y no me gusta la forma en que hace que mi corazón duela. ¿Por qué ya no me ama? ¿Por qué él? Estoy gritando las palabras en mi mente, pero se niega a vocalizarlas.
―¿A ese es al que quieres ahora? ―exijo―. ¿Dom-jodido-Russell?
―Sí ―dice furiosa―. Ya no te amo.
Me estremezco. Es curioso cómo esas cuatro pequeñas palabras pueden destruir por completo físicamente un corazón humano. Es curioso cómo esas cuatro pequeñas, pequeñísimas palabras pueden hacer que una pieza suave de músculos y tejidos se sienta afilado, como hojas de afeitar.
―…Y eso es culpa tuya, no mía ―añade con desánimo―. Lo amo.
No bajo mi maldita guardia. Me lanzo hacia adelante y agarro sus dedos, apretando el alambre con ellos. Ella no puede amar a nadie más, no voy a dejarla.
―No te dejaré.
―Déjame ir ―dice ella de golpe, arrebatando sus dedos―. No puedes detenerlo,Pedro.
¿Ah sí?
―Jodidamente obsérvame.
Paula grita, rogándome que me detenga, mientras me giro y me sumerjo en Dom.
Aprieto sus caderas entre mis piernas para que no pueda moverse y envío mis puños lloviendo sobre él. Sigo golpeando, forzando mis nudillos contra su cara hasta que se tiñó de sangre. Todo lo que puedo oír es el sonido de la carne contra carne y Paula gritando en mi oído. Debajo de mí, Dom deja de moverse. Tiro una última vez, y mientras dejo volar mi puño, Dom desaparece y golpeo el suelo. Me quedo mirando el espacio vacío debajo de mí... no está ni siquiera manchado con una sola gota de mi venganza. Miro a mi antiguo equipo y han desaparecido. Toda la completa arena está vacía. El único sonido que oigo es el ruido sordo de unos tacones en la colchoneta. Jadeante, giro lentamente mi cabeza en la dirección del ruido. Todo mi cuerpo se tensa cuando veo a Paula, pareciendo furiosa como el infierno, haciendo su camino hacia mí. Las lágrimas en sus ojos brillan y se reflejan en sus mejillas bajo la luz brillante. Se detiene a dos metros de mí y me asomo hacia ella. Ella
solloza, enjugándose una lágrima, y mi corazón se retuerce en la boca de mi estómago.
―¿Por qué me haces esto, Pedro? ―exige, su voz fuerte y estresada―. Ya hemos pasado por esto. ¡Deja de arruinar mi vida!
―¿Yo estoy arruinando tu vida?
―Esto no es mi culpa ―chasquea ella―. Tú elegiste a Vanesa.
Niego, suplicando de rodillas.
―Nunca habría elegido a nadie sobre ti. Pau, ¡Te amo!
De la nada, ella me golpea con fuerza en la cara. Arde, jodidamente pica, pero no me atrevo a alejar mis ojos de los de ella.
―Tú ya no tienes el derecho a decirme eso. No soy tuya.
No me importa que me golpeara. Solo quiero que me ame de nuevo. Quiero que me mire como antes, que me toque como solía hacerlo.
―Estás loca si crees que voy a dejar que seas otra cosa aparte de mía ―le digo―. Siempre serás mía. Tú lo sabes, yo lo sé.
Ella levanta su mano de nuevo, pero esta vez la atrapo antes de que me golpee y la tiro hacia abajo sobre sus rodillas. Ella se desploma sobre sí misma, derrotada. Las lágrimas caen libremente por sus mejillas mientras levanta sus manos para acunar mi cara.
―Jodidamente te odio.
Deslizo mis manos por su brazo y en sus manos frías y pequeñas que descansan sobre mis mejillas.
―Tú jodidamente me amas.
Y así como así, ella estrella su boca en la mía. Se aferra a mi cuerpo, tirando de mí tan cerca como es físicamente posible. La extraño... mentalmente, no tengo idea de cuánto
tiempo se ha ido y nada de esto tiene sentido, pero la extraño independientemente de eso.
La inhalo. Ella huele exactamente como recuerdo, como el jabón corporal frutal que utiliza y que amo tan malditamente mucho.
Su lengua choca con la mía y ella es la cosa más dulce que he probado, como los Skittles morados.
Mis manos caen de las de ella y tiro de su vestido. No tiene cremalleras, ni botones y ningún maldito lazo para que rasgue la maldita cosa de su magnífico cuerpo. Ella jadea
en mi boca, pero no se atreve a despegar sus labios de los míos. No me importa su vestido, lo único que sé, es que la necesito más que a nada en el mundo, y la tendré.
La empujo sobre su espalda, bajando mi cuerpo encima de ella. Las luces por encima de nosotros son brillantes y cálidas en la piel. Hacen que aparezcan perlas de sudor entre nuestros torsos desnudos al instante. Paula empuja desesperadamente mis shorts hasta que mi polla dura salta libre. Alineándome yo mismo, la penetro con impaciencia y en el segundo que siento su túnel suave y aterciopelado confinándome, apretándome más allá de lo creíble, retiro mis labios de los de ella y la miro a los ojos. Una sola lágrima rueda por el rabillo de su ojo y me sonríe.
―Te am…
Jadeo y mis ojos se abren después de que un fuerte aumento de excitación haga a todo mi cuerpo temblar. Mi respiración es pesada y rápida, llenando una habitación de otra manera silenciosa. Otro golpe de placer arrasa todo mi ser mientras trato de orientarme. Estoy apretujado con Paula... estamos desnudos y mi erección está justo entre sus piernas, presionando contra sus labios. Ella está húmeda y goteando sobre mí.
―¿Paula? ―le susurro meciendo su hombro ligeramente.
No hay respuesta―. ¿Paula? ―vuelvo a intentarlo... aún nada.
―Pedro―gime ella aún a la deriva en la tierra del sueño.
Me encuentro a mí mismo sonriendo ante el hecho de que ella me desea, incluso cuando está durmiendo y luego me sorprendo y trago duro. No quiero que piense que yo deliberadamente me puse ahí... eso sería extremadamente incómodo y dudo que pueda ser capaz de sonreír para salir de esta. Agarro su muslo y lo levanto ligeramente, lo suficiente para retirarme sin rozar cualquier parte de su piel.
Mientras levanto su pierna, ella agarra mi brazo y me congelo, atrapado en una posición aún más comprometedora. Sin decir una palabra, ella libera su pierna y planta mi mano en su cadera mientras se empuja de nuevo contra mí.
―Quédate así ―murmura―. Me gusta.
Ella se acurruca en mí y al instante vuelve a caer dormida dejándome mirando a la oscuridad. Hay peores posiciones para dormir, supongo. Cierro los ojos tratando de no centrarme en lo duro que estoy, lo cálida que es, o en mi pesadilla.
Las dos primeras me las arreglo para bloquearlas, pero la última... no puedo.
Eso fue todo.
Mi primer sueño culpable por lo que hice a espaldas de Paula. Fue una pesadilla para competir con cualquier pesadilla... porque hay una posibilidad de que se vuelva realidad. Hay una posibilidad de que ella me odie... que ella me deje. Tiro de ella aún más cerca. No puede dejarme, no voy a dejarla.
En mi bolsillo delantero suena mi teléfono, vibrando toda mi pierna. Sin pensar lo respondo y lo pongo en mi oído.
―¿Hola?
―¿Paula?
Me estremezco mientras la voz de mi madre suena a través de mi oído.
―Hola, mamá ―la saludo, forzando la alegría en mi voz.
Con eso, Damian me aprieta el brazo y susurra:
―Voy a dejar que ustedes dos resuelvan lo que quieren hacer.
Él se va. Marco el altavoz en mi teléfono y lo bajo al mostrador. Pedro se inclina hacia delante, cruzando los brazos y apoyándolos en la superficie. En esa posición, las líneas y crestas en sus brazos son prominentes, haciéndome tomar nota de la palpitación entre mis piernas.
―¿Paula? ¿Estás ahí? ―dice mamá a través del teléfono.
Oh. Llamada telefónica. Mamá. Correcto.
―Sí, estoy aquí.
―Respóndeme. ¿Estás embarazada?
Controlo el impulso de rodar mis ojos, aunque que sé que ella no puede verlo. No quiero hablar de esto. Tengo que convencer a Pedro de que voy a estar bien en primera fila con él.
―Mamá, ahora no es un buen momento para hablar…
―… tuve que averiguarlo a través de Vanesa. Debes responder tu teléfono de vez en cuando. ―Me inclino sobre el mostrador. He estado evitando las llamadas de mi mamá por las últimas semanas. He estado tan ocupada y ella está poniéndose de nuevo toda “extraño a mi bebé”, como lo hizo antes de que papá muriera. Me estuvo sofocando todo el camino desde Portland. No puedo decir que estoy sorprendida de que ella llamara a Vanesa, sin embargo. Es un movimiento típico de mamá.
―Sí, mamá. ―Suspiro―. Pedro y yo vamos a tener un bebé.
―¿Pregúntale cuándo iban a decirnos? ―oigo a la madre de Pedro, Julia, gritar en el fondo.
Estoy feliz de que esas dos hayan congeniado y se hayan convertido muy cercanas desde que papá murió y Julia salió de rehabilitación, pero hombre, ellas realmente saben cómo conspirar contra mí y Pedro.
―Nunca, mamá ―dice Pedro al teléfono y ambas jadean.
Estiro la mano y lo palmeo en el brazo, y él se ríe. Sabe que no debe atormentarlas. Cuando ellas están juntas, las llamadas telefónicas pueden durar horas. Literalmente horas. No atormentarlas significa menos tiempo en el teléfono. Gracias a Dios que no ellas saben cómo configurarse en Skype.
―Cuando lleguemos a la fecha límite ―les digo.
―A las quince semanas ―añade Pedro, sintiéndose superior sabiendo todas estas cosas del embarazo.
―¿Cuántas tienes?
―Once semanas.
Ellos jadean de nuevo.
―¿Ibas a esperar cuatro semanas más para decirnos? Paula Chaves, eso es indignante.
La mandíbula de Pedro se tensa ante el uso de mi mamá de mi antiguo apellido. Le digo que es una vieja costumbre de ella, pero él insiste en corregirla cada vez. Sencillo. Tiempo.
Él me da esa mirada, la mirada intensa por debajo de sus cejas con la que no puedo discutir.
―En primer lugar, ya no es Paula Chaves y en segundo lugar, no queremos darle a nadie esperanzas.
Hay una pausa larga y tranquila antes de que las mamás estallen en un ataque de gritos y aplausos.
―Oh, Pau. Podemos convertir la habitación de Agustin en una guardería y… Pedro se ríe, cortando a mamá.
―No lo creo, señora Chaves.
Odio cuando Pedro se refiere a mi madre por su apellido. Ella lo odia también, pero él no va a usar su nombre de pila.
¿Qué puedo decir? A él le gusta meterse bajo la piel de mi madre.
―Lo tengo todo bajo control ―le asegura.
―¿Lo tienes todo bajo control? ―pregunta ella, su voz mezclada con escepticismo.
―Bueno, iba a guardar la sorpresa hasta después de mi última pelea, pero ya que está tan segura de que no he planeado nada, voy a decirle. ―Una sonrisa de orgullo se muestra en sus facciones y da la vuelta a la encimera de la cocina, llegando a pararse a mi lado. Trabo mi mirada con la suya, incapaz de apartar la mirada―. Compré otra casa en Portland. Paula y yo vamos a vivir allí con nuestro nuevo bebé.
Mi corazón se hincha en mi pecho y presiona contra mis pulmones que ahora se estrujan en mi caja torácica.
―¿Lo hiciste? ―Mamá y yo preguntamos al mismo tiempo.
―Lo hice.
Mamá está hablando en el fondo, algo acerca de convertir la habitación de Agustin en una guardería de todos modos, para cuando ella lo cuide, pero realmente no la escucho.
Todo lo que oigo es el rápido y desigual ritmo de mi
hinchado corazón. Agarro a Pedro, tirando de él hacia mí y besándolo con fuerza.
Lo siento sonreír contra mi boca y la devuelvo. Voy a admitir que estaba un poco preocupada acerca de cómo íbamos a manejar toda la situación de la casa. Con Luciano, la madre de Pedro, y Vanesa prácticamente viviendo en la actual casa de Pedro, opté por seguir viviendo con mamá hasta que el resto encuentre una vivienda permanente. Él arregló eso.
Compró una casa completamente nueva solo para nosotros... para su pequeña, pequeñita familia.
―¿Paula? ―llama mamá―. Paula, ¿estás ahí?
Le doy una palmada a la pantalla de mi teléfono una y otra vez sin despegar los labios de Pedro, hasta que cuelga.
―Te amo ―le digo cuando me alejo.
Mis labios rozan los suyos mientras arrastro las yemas de mis dedos por su torso, amando la manera en que sus abdominales inferiores tiemblan bajo mi tacto.
―Y creo que acabo de demostrar que te amo, también.
No voy a negar eso.
―Lo hiciste.
Agarra mi cara, tirando de mí con fuerza contra él. Nuestros labios chocan y corrientes eléctricas surgen desde las yemas de sus dedos y hacia mi cuerpo.
Estamos intercambiando energía, subiendo y subiendo mientras la energía estática fluye a través de nosotros. Estoy lista para irme, lista para hacer lo que él quiera hacer, pero hay una cosa de la que tengo que ocuparme primero.
Con Pedro, no estoy por encima de usar el sexo para conseguir lo que quiero, así que meto mi mano bajo el dobladillo de sus pantalones y agarro su longitud semi-dura en la palma de mi mano. Él gime, mordiendo mi labio inferior y haciéndome jadear.
Abro la boca y él mete su lengua dentro, robando todo el aire de mis pulmones.
Me alejo de su boca y gruñe bajo en su pecho, apretando mi culo, y jalándome hacia adelante. No tengo más remedio que envolver mis piernas bajas en sus caderas. Mi frecuencia cardiaca aumenta, sonando como diez caballos golpeando rápidamente una pista.
―Tú me quieres, ¿no? ―bromeo, moviendo minuciosamente mi mano contra él.
Él me da una especie de oscura sonrisa, una que me hace atreverme a burlarme de él.
―¿Es obvio?
Devolviéndole su mirada diabólica, chupo mi pulgar en mi boca, mojándolo con mi saliva antes de bajar a sus pantalones y presionarlo en la misma punta de
su erección. Él expulsó una exhalación fuerte mientras yo giraba y giraba mi pulgar, mezclando mi saliva con su líquido preseminal. Sus dedos se clavaron en mis caderas, amenazando con amoratarlas si no dejaba de burlarme de él. Solo hay una pregunta que tiene que responder con el fin de que deje de burlarme. Si la responde correctamente, puede tenerme de cualquier manera que quiera.
Juzgando por cuan ansioso está dirigiéndome, asumo que follar en el mostrador de la cocina no es un grito lejano en la distancia. La idea me emociona sin fin, haciéndome humedecerme entre mis muslos al instante.
―¿Me quieres en primera fila, ¿verdad? ―pregunto, apretándolo con fuerza en mi mano.
Él aprieta sus dientes, negándose a contestar, así que envuelvo su punta y pongo mi boca más cerca de la suya. Va a besarme, pero apenas dejo que nuestros labios se rocen.
―Joder, Paula ―murmura en voz baja, su polla estirándose contra su propia carne.
―¿Quieres que esté en primera fila, contigo, Pedro? ―lo intento de nuevo, mi voz sonando muy ronca.
Él asiente, su rápida y necesitada respiración chocando con la mía.
―Sí ―dice en voz baja―. Sí, te quiero justo ahí a mi lado.
¡Victoria! Aplasto mis labios a los suyos y sus dedos se enganchan debajo de mis pantalones vaqueros. Él me levanta de la silla, aparta mi sándwich y me baja sobre el mesón. Jala mis vaqueros, bajándolos por mis piernas. Mi culo desnudo toca la superficie y puedo escuchar la voz de Vanesa en la parte de atrás de mi cabeza, haciéndome soltar una risita. “Asco. ¡Maldición, la gente come aquí!”
Cuando mis vaqueros son liberados, Pedro me ataca, poniendo su cuerpo sobre el mío. La electricidad fluye de nuevo, y esta vez, ni siquiera un pulso electromagnético puede salvarnos de nosotros mismos.